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VISITA PASTORAL
A LA PARROQUIA ROMANA DE SANTA MARÍA «STELLA
MARIS»
HOMILÍA DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
Domingo 28 de febrero de 1999
1. «Éste es mi Hijo amado, en quien tengo mi
complacencia; escuchadlo» (Mt 17, 5).
La invitación que el Padre dirige a los discípulos, testigos
privilegiados del extraordinario acontecimiento de la transfiguración,
resuena de nuevo hoy para nosotros y para toda la Iglesia. Como Pedro,
Santiago y Juan, también nosotros estamos invitados a subir al monte Tabor
junto con Jesús y a quedar fascinados por el resplandor de su gloria. En este
segundo domingo de Cuaresma contemplamos a Cristo envuelto en luz, en
compañía de los autorizados portavoces del Antiguo Testamento, Moisés y
Elías. A él le renovamos nuestra adhesión personal: es el «Hijo amado»
del Padre.
Escuchadlo. Esta apremiante exhortación nos impulsa a
intensificar el camino cuaresmal. Es una invitación a dejar que la luz de
Cristo ilumine nuestra vida y nos comunique la fuerza para anunciar y
testimoniar el Evangelio a nuestros hermanos. Como bien sabemos, es un
compromiso que implica a veces muchas dificultades y sufrimientos. También lo
subraya san Pablo, al dirigirse a su fiel discípulo Timoteo: «Toma parte en
los duros trabajos del Evangelio» (2 Tm 1, 8).
La experiencia de la transfiguración de Jesús prepara a los
Apóstoles para afrontar los dramáticos acontecimientos del Calvario,
presentándoles anticipadamente lo que será la plena y definitiva revelación
de la gloria del Maestro en el misterio pascual. Al meditar en esta página
evangélica, nos preparamos para revivir también nosotros los acontecimientos
decisivos de la muerte y resurrección del Señor, siguiéndolo por el camino
de la cruz, para llegar a la luz y a la gloria. En efecto, «sólo por la
pasión podemos llegar con él al triunfo de la resurrección» (Prefacio).
2. Amadísimos hermanos y hermanas de la parroquia de Santa
María «Stella maris», me alegra ser hoy huésped de vuestra hermosa
comunidad que, aunque desde el punto de vista geográfico se encuentra lejos
de la casa del Obispo de Roma, está siempre muy cerca de su corazón de
pastor y siempre presente en sus oraciones, junto con todas las demás
parroquias romanas.
Saludo con afecto al cardenal vicario y al obispo auxiliar del
sector. No podemos olvidar que durante muchos años monseñor Riva, ahora
enfermo, desempeñó este encargo. Oremos por su salud. Saludo también a
vuestro querido párroco, don Francesco dell'Uomo, a los sacerdotes que
colaboran con él, y a todos los presentes. Dirijo un saludo particular a
todos los habitantes de Ostia.
Mi saludo va, asimismo, a los grupos que se reúnen en la
parroquia y comparten el camino de formación y catequesis con el objetivo
fundamental de aprender a vivir cada vez con mayor profundidad el Evangelio en
la vida diaria. Donde se estudia, se vive, se trabaja y se sufre, allí se
siente más la necesidad de testimoniar con gestos concretos la buena nueva de
la salvación.
3. A vosotros, queridos jóvenes, os animo cordialmente a
continuar vuestro itinerario espiritual, personal y comunitario, para que
crezcáis en vuestra conciencia de ser Iglesia. Mi presencia, hoy, quiere ser
una invitación para todos, pero especialmente para vosotros, queridos
muchachos y muchachas, a ser apóstoles de Cristo en esta zona, a fin de que
el mensaje evangélico sea levadura de auténtico progreso y fraternidad
solidaria.
Queridos jóvenes, el Papa tiene confianza en vosotros y os
invita a difundir, con el entusiasmo y la sencillez que os caracterizan, el
Evangelio en el nuevo milenio cada vez más cercano. Quiera Dios que en la
Jornada mundial de la juventud del año 2000, que tendrá lugar en Roma en
agosto del Año santo, también vosotros, jóvenes de esta parroquia, estéis
dispuestos a acoger a vuestros coetáneos procedentes de diferentes naciones
del mundo. Estad preparados para compartir con vuestros hermanos y hermanas,
en la vida diaria y en los lugares de encuentro y sana diversión, la única
fe en Cristo Redentor del hombre y la alegría de estar unidos en el abrazo de
la misma Iglesia, fundada en el testimonio de los apóstoles Pedro y Pablo.
Sentíos «misioneros» de fidelidad y esperanza en esta Iglesia que es
vuestra, dentro de la cual cada uno tiene una misión propia que cumplir.
4. Amadísimos feligreses de Santa María, «Stella maris»,
sé que en vuestra comunidad se presta singular atención a la celebración
del sacramento de la penitencia o confesión. Me complace y doy gracias al
Señor por ello. En este «tiempo fuerte» de la Cuaresma, más intenso aún
por la coincidencia con el año dedicado a la reflexión sobre Dios Padre,
renuevo cordialmente la exhortación a acudir con confianza a este sacramento
de curación espiritual, pues actualiza para cada uno, de modo sacramental, la
llamada de Jesús a la conversión y el camino de vuelta al Padre, de quien el
hombre se aleja por el pecado. Como recuerda el Catecismo de la Iglesia
católica, este sacramento está destinado a consagrar el proceso personal
y eclesial de arrepentimiento y conversión del cristiano pecador (cf. n.
1423).
Pero, para que el sacramento de la penitencia se celebre en la
verdad, es necesario que la confesión de los pecados brote de una
confrontación seria y atenta con la palabra de Dios y de un contacto vivo con
la persona de Cristo. Para este fin, se requiere una catequesis apropiada que,
como recuerda el Catecismo, tiene como objetivo poner en comunión con
Jesús, el único que puede guiarnos al amor del Padre, en el Espíritu Santo,
introduciéndonos en la vida misma de la santísima Trinidad (cf. n. 426).
5. Oh Dios, «que nos has mandado escuchar a tu Hijo, el
predilecto, alimenta nuestro espíritu con tu palabra» (Oración colecta).
Así hemos orado al comienzo de nuestra celebración eucarística. La
actividad pastoral está ordenada totalmente a esta apertura del espíritu,
para que el creyente escuche la palabra del Señor y acepte dócilmente su
voluntad. Escuchar realmente a Dios, significa obedecerle. De aquí brota el
celo apostólico indispensable para evangelizar: sólo quien conoce
profundamente al Señor y se convierte a su amor podrá transformarse en
mensajero y testigo intrépido en toda circunstancia.
¿No es verdad que, precisamente por conocer a Cristo, su
persona, su amor y su verdad, cuantos lo experimentan personalmente sienten un
deseo irresistible de anunciarlo a todos, de evangelizar y de guiar también a
los demás al descubrimiento de la fe? Os deseo de corazón a cada uno que
este anhelo de Cristo, fuente de auténtico espíritu misionero, os anime cada
vez más.
6. «Abraham partió, como le había dicho Yahveh» (Gn
12, 4).
Abraham, ejemplo y modelo del creyente, confía en Dios.
Llamado por Yahveh, deja su tierra, con toda la seguridad que implica,
sostenido sólo por la fe y la obediencia confiada en su Señor. Dios le pide
el «riesgo» de la fe, y él obedece, convirtiéndose así, por la fe, en
padre de todos los creyentes.
Como Abraham, también nosotros queremos proseguir nuestro
camino cuaresmal, renunciando a nuestra seguridad y abandonándonos a la
voluntad divina. Nos anima la certeza de que el Señor es fiel a sus promesas,
a pesar de nuestra debilidad y de nuestros pecados.
Con espíritu auténticamente penitencial, hagamos nuestras
las palabras del Salmo responsorial: «Que tu misericordia, Señor,
venga sobre nosotros, como lo esperamos de ti».
Virgen, Estrella de la evangelización, ayúdanos a acoger las
palabras de tu Hijo, para anunciarlas con generosidad y coherencia a nuestros
hermanos. María, «Stella maris», protege a esta comunidad parroquial, a los
habitantes de Ostia y a toda la diócesis de Roma. Amén.
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