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HOMILÍA DEL
SANTO PADRE JUAN PABLO II DURANTE LA CEREMONIA DE BEATIFICACIÓN DE
44 MÁRTIRES Domingo 5 de
marzo
1. "Te alabaré, oh Dios mi salvador; a tu nombre doy
gracias, porque me has ayudado y liberado" (Si 51, 1-2).
Tú, Señor, me has ayudado. Siento resonar en mi corazón estas palabras del
libro del Sirácida, mientras contemplo los prodigios que Dios realizó en la
existencia de estos hermanos y hermanas en la fe, que alcanzaron la palma del
martirio. Hoy tengo la alegría de elevarlos a la gloria de los altares,
presentándolos a la Iglesia y al mundo como testimonio luminoso de la fuerza
de Dios en la fragilidad de la persona humana.
Tú, oh Dios, me has liberado. Así proclaman Andrés de Soveral, Ambrosio
Francisco Ferro y sus veintiocho compañeros, sacerdotes diocesanos, laicos y
laicas; Nicolás Bunkerd Kitbamrung, sacerdote diocesano; María Estrella
Adela Mardosewicz y diez hermanas, religiosas profesas del instituto de la
Sagrada Familia de Nazaret; Pedro Calungsod y Andrés de Phú Yên, laicos
catequistas.
Sí, el Todopoderoso fue su valioso apoyo en el tiempo de la prueba, y ahora
experimentan la alegría de la recompensa eterna. Estos dóciles servidores
del Evangelio, cuyos nombres están escritos para siempre en el cielo, aunque
vivieron en períodos históricos distantes entre sí y en ambientes
culturales muy diversos, tienen en común una experiencia idéntica de
fidelidad a Cristo y a la Iglesia. Los une la misma confianza incondicional en
el Señor y la misma pasión profunda por el Evangelio.
¡Te alabaré, oh Dios, mi salvador! Con su vida entregada por la causa de
Cristo, estos nuevos beatos, los primeros del Año jubilar, proclaman que Dios
es "Padre" (cf. Si 51, 10), que Dios es "protector"
y "ayuda" (cf. Si 51, 2); que es nuestro salvador y acoge la
súplica de cuantos confían en él con todo su corazón (cf. Si 51,
11).
2. Estos son los sentimientos que embargan nuestro corazón al evocar el
significativo recuerdo de la celebración del V Centenario de la evangelización
de Brasil, que tiene lugar este año. En aquel inmenso país, no fueron pocas
las dificultades para la implantación del Evangelio. La presencia de la
Iglesia se fue consolidando lentamente mediante la acción misionera de varias
órdenes y congregaciones religiosas y de sacerdotes del clero diocesano. Los
mártires que hoy son beatificados provenían, a finales del siglo XVII, de
las comunidades de Cunhaú y Uruaçu de Río Grande del Norte. Andrés de
Soveral, Ambrosio Francisco Ferro, presbíteros, y sus 28 compañeros laicos
pertenecen a esa generación de mártires que regó el suelo patrio, fecundándolo
para la generación de los nuevos cristianos. Son las primicias del trabajo
misionero, los protomártires de Brasil. A uno de ellos, Mateo Moreira,
estando aún vivo, le arrancaron el corazón por la espalda, pero todavía
tuvo fuerzas para proclamar su fe en la Eucaristía, diciendo:
"Alabado sea el santísimo Sacramento".
Hoy, una vez más, resuenan las palabras de Cristo evocadas en el
Evangelio: "No temáis a los que matan el cuerpo, pero no pueden
matar el alma" (Mt 10, 28). La sangre de católicos
indefensos, muchos de ellos anónimos, niños, ancianos y familias enteras,
servirá de estímulo para fortalecer la fe de las nuevas generaciones de
brasileños, recordando, sobre todo, el valor de la familia como auténtica e
insustituible formadora en la fe y generadora de valores morales.
3. "Alabaré tu nombre sin cesar, te cantaré himnos de acción de
gracias" (Si 51, 10). La vida sacerdotal del padre Nicolás
Bunkerd Kitbamrung fue un auténtico himno de alabanza al Señor. Hombre de
oración, el padre Nicolás sobresalió en la enseñanza de la fe, en la búsqueda
de los alejados y en su amor a los pobres. Procurando siempre dar a conocer a
Cristo a quienes nunca habían oído su nombre, el padre Nicolás afrontó las
dificultades de una misión en las montañas y en el interior de Birmania. La
fuerza de su fe fue patente a todos cuando perdonó a los que lo habían
acusado falsamente, privándolo de su libertad y haciéndolo sufrir mucho. En
la cárcel, el padre Nicolás animó a los demás prisioneros, les enseñó el
catecismo y les administró los sacramentos. Su testimonio de Cristo se
refleja en las palabras de san Pablo: "Atribulados en todo, mas no
aplastados; perplejos, mas no desesperados; perseguidos, mas no abandonados;
derribados, mas no aniquilados. Llevamos siempre en nuestro cuerpo por todas
partes la muerte de Jesús, a fin de que también la vida de Jesús se
manifieste en nuestro cuerpo" (2 Co 4, 8-10). Que, por
intercesión del beato Nicolás, la Iglesia en Tailandia sea bendecida y
fortalecida en su tarea de evangelización y servicio.
4. Dios fue verdadero "protector" y "ayuda" también
para las mártires de Nowogródek, para la beata María Estrella Mardosewicz y
las diez hermanas, religiosas profesas de la congregación de la Sagrada
Familia de Nazaret, nazaretanas. Fue para ellas una ayuda durante toda su
vida, y después, en el momento de la terrible prueba, cuando esperaron
durante una noche entera la muerte; lo fue, sobre todo, a lo largo del camino
hacia el lugar de la ejecución, y, por último, en el momento del
fusilamiento.
¿De dónde sacaron la fuerza para entregarse a sí mismas a cambio de la
salvación de los condenados en la cárcel de Nowogródek? ¿De dónde sacaron
la audacia para aceptar con valentía la condena a muerte, tan cruel e
injusta? Dios las había preparado lentamente para ese momento de una prueba más
grande. La semilla de la gracia sembrada en su corazón en el momento del
santo bautismo y cultivada después con gran esmero y responsabilidad, arraigó
profundamente y dio el fruto más hermoso, que es la entrega de la vida.
Cristo dice: "Nadie tiene mayor amor que el que da su
vida por sus amigos" (Jn 15, 13). Sí, no existe un amor
más grande que éste: estar dispuestos a dar la vida por los hermanos.
Os damos gracias, beatas mártires de Nowogródek, por el testimonio de amor,
por el ejemplo de heroísmo cristiano y por la confianza en la fuerza del Espíritu
Santo. "Os he elegido y os he destinado para que vayáis y deis fruto, y
que vuestro fruto permanezca" (Jn 15, 16). Sois la mayor herencia
de la congregación de la Sagrada Familia de Nazaret. Sois la herencia de toda
la Iglesia de Cristo para siempre y especialmente en Bielorrusia.
5. "A todo aquel que me confiese ante los hombres, yo también le
confesaré ante mi Padre que está en los cielos" (Mt 10, 32). Ya
desde su niñez, Pedro Calungsod confesó firmemente a Cristo y respondió
generosamente a su llamada. Los jóvenes de hoy pueden obtener estímulo y
fuerza del ejemplo de Pedro, cuyo amor a Jesús lo impulsó a dedicar los años
de la adolescencia a enseñar la fe como catequista laico. Dejando a su
familia y a sus amigos, Pedro aceptó de buen grado el desafío que le había
propuesto el padre Diego de San Vitores de unirse a él en la misión a los
chamorros. Con espíritu de fe, caracterizado por una fuerte devoción eucarística
y mariana, Pedro acometió la exigente tarea que se le pedía y afrontó con
valentía los numerosos obstáculos y dificultades que encontró. Frente al
peligro inminente, Pedro no quiso abandonar al padre Diego sino que, como
"buen soldado de Cristo", prefirió morir junto con el misionero.
Hoy el beato Pedro Calungsod intercede por los jóvenes, en particular por los
de su tierra natal, Filipinas, y los desafía.
Jóvenes amigos, no dudéis en seguir el ejemplo de Pedro, que "agradó a
Dios y fue amado por él" (Sb 4, 10), y que, habiendo alcanzado la
perfección en tan breve tiempo, vivió una vida plena (cf. Sb 4,
13).
6. "A todo aquel que me confiese ante los hombres, yo también le
confesaré ante mi Padre que está en los cielos" (Mt 10, 32).
Andrés de Phú Yên, en Vietnam, hizo suyas estas palabras del Señor con una
intensidad heroica. Desde el día en que recibió el bautismo, a la edad de
dieciséis años, se dedicó a cultivar una profunda vida espiritual. En medio
de las dificultades que afrontaban quienes se adherían a la fe cristiana,
vivió como testigo fiel de Cristo resucitado, y anunció sin descanso el
Evangelio a sus hermanos en el seno de la asociación de catequistas "La
casa de Dios". Por amor al Señor, consagró todas sus fuerzas al
servicio de la Iglesia, asistiendo a los sacerdotes en su misión. Perseveró
hasta el don de la sangre, para permanecer fiel al amor de Cristo, a quien se
había entregado totalmente. Las palabras que repetía avanzando resueltamente
por el camino del martirio son la expresión de lo que animó toda
su existencia: "Devolvamos amor por amor a nuestro Dios,
devolvamos vida por vida".
El beato Andrés, protomártir de Vietnam, se presenta hoy como modelo a la
Iglesia de su país. Que todos los discípulos de Cristo encuentren en él
fuerza y apoyo en la prueba, y se preocupen por intensificar su intimidad con
el Señor, su conocimiento del misterio cristiano, su fidelidad a la Iglesia y
su sentido de la misión.
7. "Así pues, no temáis" (Mt 10, 31). Esta es la
invitación de Cristo. Y esta es también la exhortación de los nuevos
beatos, que permanecieron firmes en su amor a Dios y a sus hermanos, aun en
medio de las pruebas. Esta invitación nos llega como aliento durante el Año
jubilar, tiempo de conversión y profunda renovación espiritual. Que no nos
asusten las pruebas y las dificultades; que los obstáculos no nos impidan
hacer opciones valientes y coherentes con el Evangelio.
¿Qué podemos temer, si Cristo está con nosotros? ¿Por qué dudar, si
estamos de parte de Cristo y aceptamos el compromiso y la responsabilidad de
ser sus discípulos? Que la celebración del jubileo nos confirme en esta
decidida voluntad de seguir el Evangelio. Los nuevos beatos son un ejemplo
para nosotros, y nos ofrecen su ayuda.
María, Reina de los mártires, que al pie de la cruz compartió hasta el
fondo el sacrificio de su Hijo, nos sostenga al testimoniar con valentía
nuestra fe.
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