The Holy See
back up
Search
riga

HOMILÍA DE SU SANTIDAD JUAN PABLO II

 JUBILEO NACIONAL DE LA IGLESIA RUMANA

Martes 9 de mayo de 2000 

 

1. "La luz vino al mundo" (Jn 3, 19).

El gran jubileo ha sido convocado precisamente para celebrar esta venida:  el ingreso del Verbo eterno, "Dios de Dios, Luz de Luz", en nuestra historia hace dos mil años. Naciendo de la Virgen María en nuestra carne mortal, reveló al mundo el amor del Padre:  "Tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único" (Jn 3, 16).

La luz del amor de Dios apareció en Belén en la "plenitud de los tiempos" y, después del "prodigioso duelo" con las tinieblas del pecado, resplandeció en la Pascua de Resurrección. El gran jubileo, abierto con el gozo de Navidad, culmina en la gloria de Pascua.

Con la fe pascual, la Iglesia anuncia al mundo  que  en Cristo el hombre ha sido  redimido, sanado de su enfermedad mortal. Con esta fe, el Sucesor de Pedro ha llamado a los fieles a celebrar el Año jubilar, para que, en el nombre de Jesucristo, crucificado y resucitado, todo hombre encuentre la salvación (cf. Hch 4, 10). Este primitivo anuncio cristiano resuena, en virtud del mismo Espíritu, de generación en generación, para llegar a todas las naciones.

2. El evangelio de Cristo fecunda la historia de los pueblos y los invita a abrirse al misterio del reino de Dios mediante el servicio humilde, pero necesario, de la santa Iglesia apostólica, reunida en torno al Obispo de Roma, siervo de los siervos de Dios, y de los obispos en comunión con él. Hermanos y hermanas de la querida nación rumana, con esta certeza os congregáis hoy aquí, en la basílica vaticana, para celebrar vuestro jubileo. Me alegra daros a todos mi cordial bienvenida.
En primer lugar, saludo con afecto tanto a los obispos de la Iglesia greco-católica como a los de la Iglesia latina, expresando mi agradecimiento en particular a monseñor Lucian Muresan, arzobispo de Fagaras y Alba Julia y presidente de la Conferencia episcopal rumana. Saludo, asimismo, a los sacerdotes, a los religiosos, a las religiosas y a los laicos que participan en gran número en esta peregrinación nacional. Extiendo mi cordial saludo a todos los hermanos y hermanas en la fe que, desde Rumanía, se unen espiritualmente a nosotros para esta importante y casi histórica celebración.

3. Han pasado ya tres siglos desde el Sínodo de la Iglesia rumana de Transilvania, que el 7 de mayo de 1700, en Alba Julia, concluyó el camino hacia la unión con la Sede de Pedro, emprendido algunos años antes. Aquel acto expresaba la voluntad de los obispos, de los sacerdotes y de los fieles, que veían así restablecida su unión con Roma, aun conservando y salvaguardando el rito oriental, el calendario, la lengua litúrgica de los rumanos y sus costumbres y tradiciones. Con aquel acto se daba la respuesta que los tiempos permitían al inagotable anhelo de unidad presente en el corazón de numerosos discípulos sinceros de Cristo.

De corazón damos gracias hoy a Dios omnipotente por todos los beneficios concedidos durante estos trescientos años de comunión y, al mismo tiempo, le imploramos un futuro sereno y próspero en nombre del Señor Jesucristo.

Para realizar sus maravillas, Dios se sirve de hombres, que elige con esmero y da a su pueblo.
¡Cómo no recordar aquí a los beneméritos pastores de vuestra Iglesia, los obispos Atanasio Anghel, Inocencio Micu-Klein y Pedro Aron, con cuya labor la Unión no sólo resistió las numerosas dificultades, sino también dio frutos fecundos de bien para toda la población! Me limito sólo a recordar el nuevo florecimiento de la vida religiosa, el desarrollo de las escuelas, la atención a las condiciones de vida y a los derechos civiles de la gente, una valiosa contribución a la cultura nacional y a la misma ciencia. El conocido escritor Ion Eliade Radulescu pudo afirmar que desde Blaj "se elevó el sol de los rumanos".

4. La Iglesia greco-católica rumana, siguiendo fielmente a Cristo, su esposo, ha experimentado el sufrimiento y la cruz, sobre todo durante el siglo pasado, cuando el cruel régimen ateo decretó su supresión. Se intentó aplastar al hombre sobre la faz de la tierra, hacerle olvidar que existen el cielo y un amor mayor que cualquier miseria humana. Gracias a Dios, este designio no logró imponerse definitivamente. Cristo ha resucitado, y con él todas las comunidades cristianas en Rumanía.
Con ocasión de mi inolvidable visita a vuestra tierra, que realicé el año pasado precisamente en estos días, quise orar en Bucarest ante las tumbas de los mártires de la fe, en el cementerio católico de Belu, rindiendo así homenaje al inmenso sacrificio de tantos obispos, sacerdotes y fieles, que aceptaron el martirio como suprema confirmación de su fidelidad a Cristo y a los Sucesores de Pedro.

Hoy, mientras celebramos el jubileo de la Unión, deseo expresar una vez más mi agradecimiento y mi admiración por su testimonio. Doy gracias, en particular, al amadísimo cardenal Alexandru Todea, que, a pesar de la cárcel y el aislamiento, siguió intrépido cumpliendo sus deberes de pastor e introdujo a la Iglesia greco-católica en la nueva realidad que ha surgido con la llegada de las libertades democráticas.

Queridos hermanos, conservad en vuestro corazón el recuerdo vivo del martirio y transmitidlo a las generaciones futuras, para que siga inspirando un testimonio cristiano siempre generoso y auténtico. El martirio es, ante todo, una fuerte experiencia espiritual:  brota de un corazón que ama al Señor como suma verdad y bien supremo e irrenunciable. Ojalá que este tesoro de vuestra Iglesia dé abundantes frutos también en la libertad reconquistada.

5. Quiero dirigir ahora un saludo particularmente afectuoso también a los fieles de la Iglesia latina. También ellos, después de experimentar por largo tiempo la privación de la libertad, han podido reforzar y ampliar las estructuras pastorales:  la vida religiosa ha vuelto a florecer; la catequesis se ha reanudado con vigor; las obras de caridad, a menudo proyectadas con la participación y la ayuda de los católicos de otros países, dan una contribución significativa al renacimiento de la nación y abren a una nueva colaboración, que ensancha los horizontes en nombre de la solidaridad en Cristo.

Queridos hermanos y hermanas, mantened el compromiso primario de dar a conocer al Señor Jesús y llevar a la gente a su encuentro, para que sane los corazones heridos, edifique conciencias rectas y preocupadas por el bien común, y abra a esperanzas fundadas no en lo efímero del consumismo y de la búsqueda del bienestar material a toda costa, sino en los valores verdaderos, que son los únicos que dan un futuro seguro y feliz, porque se basan en la Palabra que no defrauda.

6. Amadísimos fieles católicos de Rumanía, podéis sentiros orgullosos del importante papel que habéis desempeñado en la historia de vuestra nación y que debéis seguir desempeñando con entusiasmo, aprovechando vuestras ricas tradiciones. De este modo, contribuiréis a promover el crecimiento de la sociedad entera.

Sin embargo, para poder realizar esto con mayor rapidez y eficacia, es necesario restablecer plenamente la unidad entre los discípulos de Cristo. La unidad de la Iglesia es un don del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, que debemos invocar incesantemente. También es un compromiso encomendado a cada uno de nosotros, un camino que jamás debemos cansarnos de recorrer con perseverancia, aunque a veces algunas dificultades puedan intentar desanimarnos.

Teniendo fija  vuestra mirada en Jesús, autor y consumador de la fe (cf. Hb 12, 2), profundizad cada vez más en vuestro compromiso en favor de la unidad y jamás dejéis de trabajar para que un día no muy lejano se convierta en una realidad consoladora para todos.

7. "El que obra la verdad, va a la luz" (Jn 3, 21).

Oremos en esta celebración para que toda la comunidad católica que está en Rumanía, la greco-católica, la latina y la armenia, "viva con sinceridad en el amor" (Ef 4, 15), a fin de reflejar plenamente en su rostro la luz de Cristo y ser así, a su vez, luz para las personas a las que es enviada.

Obispos, sacerdotes y personas consagradas; familias, jóvenes y adolescentes:  creced en todo hacia Cristo, de quien todo el cuerpo recibe fuerza para edificarse en la caridad (cf. Ef 4, 16).

Algunas fuentes antiguas llaman a vuestra patria "Jardín de la Virgen María". Esta hermosa imagen hace pensar en el amor solícito con el que la Madre de Dios cuida de sus hijos. Ella, que con su presencia y su oración animó a la primera comunidad cristiana, guíe y sostenga la vida de la Iglesia greco-católica así como la de la latina, para que, también gracias al Año jubilar, resplandezcan sin mancha ni arruga para gloria de Dios. Amén.

 

top