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CAPILLA PAPAL PARA LA CANONIZACIÓN
HOMILÍA DEL SANTO PADRE
Domingo 21 de mayo de 2000
1. "No amemos de palabra ni de boca, sino con obras y
según la verdad" (1 Jn 3, 18). Esta exhortación, tomada del
apóstol Juan en el texto de la segunda lectura de esta celebración, nos invita
a imitar a Cristo, viviendo a la vez en estrecha unión con Él. Jesús mismo
nos lo ha dicho también en el Evangelio recién proclamado: "Como el
sarmiento no puede dar fruto por sí, si no permanece en la vid, así tampoco
vosotros, si no permanecéis en mí" (Jn 15,4).
A través de la unión profunda con Cristo, iniciada en el
bautismo y alimentada por la oración, los sacramentos y la práctica de las
virtudes evangélicas, hombres y mujeres de todos los tiempos, como hijos de la
Iglesia, han alcanzado la meta de la santidad. Son santos porque pusieron a Dios
en el centro de su vida e hicieron de la búsqueda y extensión de su Reino el
móvil de su propia existencia; santos porque sus obras siguen hablando de su
amor total al Señor y a los hermanos dando copiosos frutos, gracias a su fe
viva en Jesucristo, y a su compromiso de amar como Él nos ha amado, incluso a
los enemigos.
2. Dentro de la peregrinación jubilar de los mexicanos, la
Iglesia se alegra al proclamar santos a estos hijos de México: Cristóbal
Magallanes y 24 compañeros mártires, sacerdotes y laicos; José María de
Yermo y Parres, sacerdote fundador de las Religiosas Siervas del Sagrado
Corazón de Jesús, y María de Jesús Sacramentado Venegas, fundadora de las
Hijas del Sagrado Corazón de Jesús.
Para participar en esta solemne celebración, honrando así la
memoria de estos ilustres hijos de la Iglesia y de vuestra Patria, habéis
venido numerosos peregrinos mexicanos, acompañados por un nutrido grupo de
Obispos. A todos os saludo con gran afecto. La Iglesia en México se regocija al
contar con estos intercesores en el cielo, modelos de caridad suprema siguiendo
las huellas de Jesucristo. Todos ellos entregaron su vida a Dios y a los
hermanos, por la vía del martirio o por el camino de la ofrenda generosa al
servicio de los necesitados. La firmeza de su fe y esperanza les sostuvo en las
diversas pruebas a las que fueron sometidos. Son un precioso legado, fruto de la
fe arraigada en tierras mexicanas, la cual, en los albores del Tercer milenio
del cristianismo, ha de ser mantenida y revitalizada para que sigáis siendo
fieles a Cristo y a su Iglesia como lo habéis sido en el pasado.
3. En la primera lectura hemos escuchado cómo Pablo se movía
en Jerusalén "predicando públicamente el nombre del Señor. Hablaba y
discutía también con los judíos de lengua griega, que se propusieron
suprimirlo" (Hch 9, 28-29). Con la misión de Pablo se prepara la
propagación de la Iglesia, llevando el mensaje evangélico a todas las partes.
Y en esta expansión, no han faltado nunca las persecuciones y violencias contra
los anunciadores de la Buena Nueva. Pero, por encima de las adversidades
humanas, la Iglesia cuenta con la promesa de la asistencia divina. Por eso,
hemos oído que "la Iglesia gozaba de paz [...] Se iba construyendo y
progresaba en la fidelidad al Señor y se multiplicaba animada por el Espíritu
Santo" (Hch 9,31).
Bien podemos aplicar este fragmento de los Hechos de los
Apóstoles a la situación que tuvieron que vivir Cristóbal Magallanes y sus 24
compañeros, mártires en el primer tercio del siglo XX. La mayoría pertenecía
al clero secular y tres de ellos eran laicos seriamente comprometidos en la
ayuda a los sacerdotes. No abandonaron el valiente ejercicio de su ministerio
cuando la persecución religiosa arreció en la amada tierra mexicana, desatando
un odio a la religión católica. Todos aceptaron libre y serenamente el
martirio como testimonio de su fe, perdonando explícitamente a sus
perseguidores. Fieles a Dios y a la fe católica tan arraigada en sus
comunidades eclesiales a las cuales sirvieron promoviendo también su bienestar
material, son hoy ejemplo para toda la Iglesia y para la sociedad mexicana en
particular.
Tras las duras pruebas que la Iglesia pasó en México en
aquellos convulsos años, hoy los cristianos mexicanos, alentados por el
testimonio de estos testigos de la fe, pueden vivir en paz y armonía, aportando
a la sociedad la riqueza de los valores evangélicos. La Iglesia crece y
progresa, siendo crisol donde nacen abundantes vocaciones sacerdotales y
religiosas, donde se forman familias según el plan de Dios y donde los
jóvenes, parte notable del pueblo mexicano, pueden crecer con esperanza en un
futuro mejor. Que el luminoso ejemplo de Cristóbal Magallanes y compañeros
mártires os ayude a un renovado empeño de fidelidad a Dios, capaz de seguir
transformando la sociedad mexicana para que en ella reine la justicia, la
fraternidad y la armonía entre todos.
4. "Éste es su mandamiento: que creamos en el nombre de su
Hijo Jesucristo, y que nos amemos unos a otros tal como nos lo mandó" (1 Jn
3, 23). El mandato por excelencia que Jesús dio a los suyos es amarse
fraternalmente como él nos ha amado (cf. Jn 15,12). En la segunda
lectura que hemos escuchado, el mandamiento tiene un doble aspecto: creer en la
persona de Jesucristo, Hijo de Dios, confesándolo en todo momento, y amarnos
unos a otros porque Cristo mismo nos lo ha mandado. Este mandamiento es tan
fundamental para la vida del creyente que se convierte como en el presupuesto
necesario para que tenga lugar la inhabitación divina. La fe, la esperanza, el
amor llevan a acoger existencialmente a Dios como camino seguro hacia la
santidad.
Este se puede decir que fue el camino emprendido por José
María de Yermo y Parres, que vivió su entrega sacerdotal a Cristo
adhiriéndose a Él con todas sus fuerzas, a la vez que se destacaba por una
actitud primordialmente orante y contemplativa. En el Corazón de Cristo
encontró la guía para su espiritualidad, y considerando su amor infinito a los
hombres, quiso imitarlo haciendo la regla de su vida la caridad.
El nuevo Santo fundó las Religiosas Siervas del Sagrado
Corazón de Jesús y de los Pobres, denominación que recoge sus dos grandes
amores, que expresan en la Iglesia el espíritu y el carisma del nuevo santo.
Queridas hijas de San José María de Yermo y Parres: vivid con generosidad la
rica herencia de vuestro fundador, empezando por la comunión fraterna en
comunidad y prolongándoda después en el amor misericordioso al hermano, con
humildad, sencillez y eficacia, y, por encima de todo, en perfecta unión con
Dios.
5. "Permaneced en mí y yo en vosotros [...] El que
permanece en mí y yo en él, ése da fruto abundante; porque sin mí no podéis
hacer nada" (Jn 15, 4.5). En el evangelio que hemos escuchado,
Jesús nos ha exhortado a permanecer en Él, para unir consigo a todos los
hombres. Esta invitación exige llevar a cabo nuestro compromiso bautismal,
vivir en su amor, inspirarse en su Palabra, alimentarse con la Eucaristía,
recibir su perdón y, cuando sea el caso, llevar con Él la cruz. La separación
de Dios es la tragedia más grande que el hombre puede vivir. La savia que llega
al sarmiento lo hace crecer; la gracia que nos viene por Cristo nos hace adultos
y maduros a fin de que demos frutos de vida eterna.
Santa María de Jesús Sacramentado Venegas, primera mexicana
canonizada, supo permanecer unida a Cristo en su larga existencia terrena y por
eso dio frutos abundantes de vida eterna. Su espiritualidad se caracterizó por
una singular piedad eucarística, pues es claro que un camino excelente para la
unión con el Señor es buscarlo, adorarlo, amarlo en el santísimo misterio de
su presencia real en el Sacramento del Altar.
Quiso prolongar su obra con la fundación de las Hijas del
Sagrado Corazón de Jesús, que siguen hoy en la Iglesia su carisma de la
caridad con los pobres y enfermos. En efecto, el amor de Dios es universal,
quiere llegar a todos los hombres y por eso la nueva Santa comprendió que su
deber era difundirlo, prodigándose en atenciones con todos hasta el fin de sus
días, incluso cuando la energía física declinaba y las duras pruebas que
pasó a lo largo de su existencia habían mermado sus fuerzas. Fidelísima en la
observancia de las constituciones, respetuosa con los obispos y sacerdotes,
solícita con los seminaristas, Santa María de Jesús Sacramentado es un
elocuente testimonio de consagración absoluta al servicio de Dios y de la
humanidad doliente.
6. Esta solemne celebración nos recuerda que la fe comporta una
relación profunda con el Señor. Los nuevos santos nos enseñan que los
verdaderos seguidores y discípulos de Jesús son aquellos que cumplen la
voluntad de Dios y que están unidos a Él mediante la fe y la gracia.
Escuchar la Palabra de Dios, armonizar la propia existencia,
dando el primer espacio a Cristo, hace que la vida del ser humano se configure a
Él. "Permaneced en mí y yo en vosotros", sigue siendo la invitación
de Jesús que debe resonar continuamente en cada uno de nosotros y en nuestro
ambiente. San Pablo, acogiendo este mismo llamado pudo exclamar: "vivo yo,
pero no soy yo; es Cristo quien vive en mí" (Gal 2,20). Que la
Palabra de Dios proclamada en esta liturgia haga que nuestra vida sea auténtica
permaneciendo existencialmente unidos al Señor, amando no sólo de palabra sino
con obras y de verdad (cf. 1 Jn 3,18). Así nuestra vida será realmente
"por Cristo, con Él y en Él".
Estamos viviendo el Gran Jubileo del Año 2000. Entre sus
objetivos está el de "suscitar en cada fiel un verdadero anhelo de
santidad" (Tertio millennio adveniente, 42). Que el ejemplo de estos
nuevos Santos, don de la Iglesia en México a la Iglesia universal, mueva a
todos los fieles, con todos los medios a su alcance y sobre todo con la ayuda de
la gracia de Dios, a buscar con valentía y decisión la santidad.
Que la Virgen de Guadalupe, invocada por los mártires en el
momento supremo de su entrega, y a la que San José María de Yermo y Santa
María de Jesús Sacramentado Venegas profesaron tan tierna devoción, acompañe
con su materna protección los buenos propósitos de quienes honran hoy a los
nuevos Santos y ayude a los que siguen sus ejemplos, guíe y proteja también a
la Iglesia para que, con su acción evangelizadora y el testimonio cristiano de
todos sus hijos, ilumine el camino de la humanidad en el tercer milenio. Amen.
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