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MISA DE FUNERAL POR EL CARDENAL VINCENZO FAGIOLO
HOMILÍA DEL SANTO PADRE
Martes 26 de septiembre de 2000
1. "Muchos de los que duermen en el polvo
despertarán" (Dn 12, 2).
Las palabras de Daniel, que hemos escuchado en la primera lectura, sobrepasan el
horizonte histórico y se remontan a los últimos tiempos, para anunciar la
resurrección de los muertos con expresiones que Cristo mismo citará en el
Evangelio. Hablando del juicio final, Jesús afirma: "Viene la hora
en que los que están en el sepulcro oirán la voz del Hijo de Dios: los
que hayan hecho el bien saldrán a una resurrección de vida; los que hayan
hecho el mal, a una resurrección de condena" (Jn 5, 28-29).
Señores cardenales, venerados hermanos en el episcopado y en el sacerdocio,
queridos fieles, a la luz de la fe en Cristo, vida y resurrección nuestra (cf.
Jn 11, 25), celebramos hoy las exequias del querido y venerado cardenal
Vincenzo Fagiolo, que el viernes pasado, a la edad de 82 años, concluyó su
peregrinación terrena. Pertenece, así lo creemos, a la multitud de los que
"hicieron el bien", y por eso confiamos en que ahora esté esperando
que la voz de Cristo lo llame a la "resurrección de vida".
2. "Los que enseñaron a muchos la justicia brillarán, como las
estrellas, por toda la eternidad" (Dn 12, 3).
En este momento me agrada recordar al fallecido purpurado como "maestro de
justicia". El estudio y la enseñanza del derecho canónico constituyeron
una constante de su vida. La vocación sacerdotal y luego la llamada al
episcopado transfiguraron esta inclinación según la perspectiva evangélica.
Educar en la verdadera justicia, la justicia de Cristo: este fue el
ministerio que el cardenal Fagiolo ejerció durante toda su vida. Tendió
constantemente a este objetivo en las diversas situaciones en las que le fue
poniendo la obediencia: de las aulas universitarias al magisterio
episcopal en la archidiócesis de Chieti-Vasto, y de las oficinas de la
Conferencia episcopal italiana a las de la Curia romana.
Con ocasión de su nombramiento episcopal, monseñor Fagiolo eligió como lema
la expresión paulina "Plenitudo legis dilectio" (Rm 13, 10).
Ella resume admirablemente toda la vida de este "hombre de Iglesia"
que, en el amor de Cristo, supo reconocer y esmerarse por cumplir toda ley, y
gastó su vida en testimoniar con la enseñanza y con las obras esta verdad. En
una entrevista reciente, había afirmado: "Todo en la Iglesia va
adelante con el amor, todo tiene como fin el crecimiento
del amor".
3. "Dios, rico en misericordia, (...) nos ha hecho
vivir con Cristo" (Ef 2, 4).
Al fijar la mirada con el apóstol san Pablo en el misterio de la encarnación,
pasión, muerte y resurrección de Cristo, reconocemos que nuestra justicia auténtica
es don de la misericordia divina. En efecto, la gracia de Dios, derramada con
abundancia sobre nosotros mediante la sangre de Cristo crucificado, nos libera
del pecado y de la "segunda muerte" (cf. Ap 20, 14), y nos abre
la puerta de la vida eterna. El gran jubileo que estamos viviendo invita a los
creyentes a renovar la fe en este misterio de amor, proclamando a
todos: "Por pura gracia estáis salvados" (Ef 2, 5).
El cardenal Vincenzo Fagiolo se durmió en el Señor precisamente durante el Año
jubilar, después de haber vivido una parte considerable de él. Seguramente
esto le habrá consolado en la última etapa del camino hacia el encuentro con
Cristo. Sabía que podía presentarse ante el tribunal de Dios llevando consigo,
por decirlo así, los frutos recientísimos de la indulgencia jubilar.
4. "Padre, este es mi deseo: que los que me confiaste estén
conmigo, donde yo estoy" (Jn 17, 24).
La voluntad salvífica de Cristo, reflejo perfecto de la del Padre eterno,
resplandece con toda su claridad en el evangelio de san Juan. El Padre quiere
que el Hijo dé la vida eterna a cuantos creen en él, y los resucite en el último
día (cf. Jn 6, 39-40). En obediencia a esta voluntad
misericordiosa, el Verbo se encarnó, vino a la tierra y se entregó a sí
mismo, para que los hombres tengan vida y la tengan en abundancia (cf. Jn 10,
10).
Esta luminosa verdad evangélica nos consuela cada vez que despedimos a un
hermano fallecido. Sin duda, en el cardenal Vincenzo Fagiolo, Cristo reconoce a
uno de los que "el Padre le ha confiado para que estén con él". Nos
consuela pensar que Cristo, en quien el cardenal creyó y esperó, quiere que
ahora esté con él en el paraíso.
Verdaderamente en esta voluntad de Cristo, más firme que la roca, encuentra
fundamento nuestra esperanza de la paz sin fin.
5. "Laetatus sum in eo quod dixerunt mihi: In domum Domini
laetantes ibimus" (Salmo responsorial).
Queridos hermanos, ahora nuestro venerado hermano está a las puertas de la
Jerusalén santa. Hace ya treinta años, en previsión de este momento, había
escrito un testamento espiritual, confirmado con una apostilla posterior. Leemos
en él: "Aunque me inquieta el pensamiento de tener que morir, me
consuela la esperanza de que nuestro Señor Jesucristo, por los méritos de su
pasión y muerte, en su gran misericordia me abrirá con benignidad las puertas
de su eterna y bienaventurada morada". Y después de haber dado gracias por
los dones de la vida, de la fe y del sacerdocio, el cardenal añadía: "El agradecimiento más vivo y grande va a la bienaventurada Virgen María,
dulce Madre de la confianza: (...) para ella es el último beso de la vida
que se apaga" Desde esta perspectiva, expresaba el deseo de que en su
funeral se entonara la antífona mariana del Salve Regina.
A la Madre de Jesús y Madre nuestra, en esta celebración animada por la
esperanza, le encomendamos de corazón a nuestro querido hermano el cardenal
Vincenzo Fagiolo. Estamos convencidos de que lo acogerá y lo introducirá en la
casa del Señor, donde podrá gozar eternamente de la plenitud de la paz. Amén.
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