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MISA EN SUFRAGIO DE LOS PAPAS PABLO VI Y JUAN PABLO I
HOMILÍA DE SU SANTIDAD JUAN PABLO II
Jueves 28 de septiembre de 2000
1. "Tened
ceñida la cintura y encendidas las lámparas" (Lc 12, 35).
En el evangelio, Cristo invita muchas veces a sus discípulos a la vigilancia.
Se trata, más bien, de un verdadero mandato: ¡vigilad!, ¡estad
preparados! Ese mandato resuena hoy para nosotros, venerados hermanos, durante
esta celebración, en la que nos reunimos en torno al altar del Señor para
ofrecer su sacrificio en favor de las almas elegidas de los Sumos Pontífices
Pablo VI y Juan Pablo I. Y es conmovedor, en este momento, pensar en ellos e
imaginarlos a ambos "con la cintura ceñida y las lámparas
encendidas", preparados, gracias a sus virtudes personales y a su
ministerio, para su encuentro definitivo con Cristo Señor.
En el Papa Luciani, en particular, se verificó a la letra la bienaventuranza de
los servidores a quienes el señor, al "llegar entrada la noche" (Lc
12, 38), encuentra en vela. La impresión profunda que dejó en el corazón de
los fieles, a pesar de los pocos días que duró su pontificado, atestigua que
era vigilante, en su solicitud por toda la Iglesia.
2. Este año la tradicional celebración en sufragio de mis venerados
predecesores Pablo VI y Juan Pablo I adquiere, debido a este tiempo de gracia
jubilar, un significado especial y una ulterior eficacia espiritual.
Si se considera atentamente, esta eficacia no redunda sólo en beneficio de las
almas de nuestros hermanos difuntos, sino también de todos nosotros, aquí
reunidos en oración. En efecto, si podemos ofrecer sufragios en su favor,
ellos, del otro lado del umbral de la muerte, nos invitan a meditar en la meta
última de la peregrinación terrena.
3. "¿Quién podrá apartarnos del amor de Cristo?" (Rm 8,
35). Es el apóstol san Pablo quien formula esta pregunta. Conocemos la
respuesta: el pecado aparta al hombre de Dios, pero el misterio de la
encarnación, pasión, muerte y resurrección de Cristo ha restablecido la
alianza perdida. Nada ni nadie podrá apartarnos jamás del amor de Dios Padre,
revelado y actuado en Cristo Jesús, mediante el poder del Espíritu Santo. La
muerte misma, privada del veneno del pecado, ya no atemoriza: para quien
cree, se ha transformado en un sueño que preludia el descanso eterno en la
tierra prometida.
El libro de la Sabiduría nos ha recordado que "el justo, aunque muera
prematuramente, encontrará el descanso", porque "agradó a Dios y
Dios lo amó" (Sb 4, 7. 10). ¡Qué gran amor sintió el Padre
por los venerados Pontífices Pablo VI y Juan Pablo I! Los llamó a la fe,
al sacerdocio, al episcopado y al ministerio petrino. Los enriqueció con
innumerables dones de sabiduría y de virtud. Y nosotros, mientras rogamos a
Dios por ellos, con la seguridad de que "la gracia y la misericordia son
para sus elegidos" (Sb 4, 15), le damos gracias por haberlos donado
a la Iglesia, que fue y sigue siendo edificada por su testimonio y su servicio.
4. "Mi alma tiene sed de Dios, del Dios vivo" (Sal 41, 3).
Esta sed, que los Papas Montini y Luciani experimentaron intensamente, se saciará
cuando "entremos y veamos el rostro de Dios" (cf. Sal 41, 3).
En el ejército de los espíritus bienaventurados, que ya contemplan la gloria
divina, acaban de entrar dos Pontífices romanos: Pío IX y Juan XXIII. A
su especial intercesión encomendamos hoy nuestra oración de sufragio,
para que, en la liturgia del cielo, Pablo VI y Juan Pablo I avancen "hacia
la casa de Dios, entre cantos de júbilo y alabanza, en el bullicio de la
fiesta" (Sal 41, 5).
Que los acoja, ante el trono del Altísimo, la santísima Virgen María, en cuya
inmaculada belleza podrán admirar, finalmente perfecta, la de la Iglesia, a la
que amaron y sirvieron en la tierra.
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