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HOMILÍA DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II DURANTE
LA MISA DE INAUGURACIÓN DEL CURSO EN LAS UNIVERSIDADES ECLESIÁSTICAS
ROMANAS
Viernes 20 de octubre de 2000
1. "Para alabanza de su gloria" (Ef
1, 11. 14).
Esta expresión de san Pablo, que acaba de resonar, nos brinda la perspectiva y
el sentido de esta celebración, con la que inauguramos el año académico de
las universidades eclesiásticas romanas. Desde el comienzo, queremos ofrecer
todo a Dios y orientarlo para su gloria: la enseñanza, el estudio, la
vida colegial, el tiempo de trabajo y de distracción, y, principalmente, la
vida personal, la oración, la ascesis y la amistad. Esta tarde queremos poner
todo nuestro ser y nuestra actividad en el altar del Señor, a fin de ofrecerlo
como sacrificio espiritual "para alabanza de su gloria".
Amadísimos hermanos y hermanas, a todos vosotros que os habéis reunido para
esta tradicional cita, os dirijo mi cordial saludo, comenzando por monseñor
Zenon Grocholewski, prefecto de la Congregación para la educación católica,
que preside esta eucaristía. Saludo, asimismo, a los rectores de las
universidades, a los miembros del claustro de profesores y a los responsables de
los seminarios y de los colegios, en los que vosotros, estudiantes, encontráis
hospitalidad y ayuda en vuestro itinerario de formación.
Doy una bienvenida especial a los alumnos que inician este año sus estudios en
las universidades y en los institutos pontificios de Roma. Quisiera que cada uno
de vosotros tomara conciencia del don que representa la posibilidad de
perfeccionar los estudios en Roma y, al mismo tiempo, se diera cuenta de la
responsabilidad que implica este privilegio. En efecto, estáis llamados a
profundizar la formación con vistas a un servicio eclesial cualificado. Por esta razón,
la Roma cristiana os acoge con sus instituciones culturales, muy consciente de
su vocación universal fundada en el testimonio de los Apóstoles y los mártires.
2. "Dichosa la nación cuyo Dios es el Señor, el pueblo que él se
escogió como heredad" (Sal 32, 12). ¡Cómo no ver a la Iglesia
en esta "nación" singular, cuyo Dios es el Señor! Ella es el
pueblo "congregado por la unidad del Padre y del Hijo y del Espíritu
Santo", según la célebre expresión de san Cipriano (cf. De Orat. Dom.
23: PL 4, 553).
Vosotros, queridos hermanos, procedéis de diversas naciones de la tierra.
Vuestros rostros forman en esta basílica un "mosaico" estupendo, en
el que las diferencias están llamadas a armonizarse para delinear una
comunidad, que recibe su forma del único Espíritu de Cristo. "En
él también vosotros -nos ha dicho san Pablo-, que habéis escuchado la verdad,
la extraordinaria noticia de que habéis sido salvados y habéis creído, habéis
sido marcados con el Espíritu Santo" (Ef 1, 13).
Al comienzo de un nuevo año de estudios, es importante que cada uno de vosotros
vuelva a sus raíces y, a través de ellas, se remonte a Cristo, en quien estas
diferencias se funden para que lleguemos a formar una sola comunidad. Es
hermoso reconocer y profesar que somos Iglesia, "nación cuyo Dios es el Señor",
pueblo que él se escogió de entre todas las naciones, para que sea en el mundo
como un "sacramento" de la unidad del género humano. No perdáis
jamás este profundo sentido del misterio de la Iglesia a la que pertenecéis.
En efecto, ella constituye el ambiente vital de la auténtica formación
cristiana; en comunión con ella queréis cumplir vuestro compromiso de estudio.
3. "¡Cuidado con la levadura de los fariseos!" (Lc 12,
1). En la página del evangelio que acabamos de proclamar Jesús alerta a sus
discípulos contra la actitud hipócrita de quien se engaña creyendo que puede
presentar cosas malas con una apariencia honrada. El Señor nos recuerda que
todo está destinado a salir a la luz, incluso las cosas escondidas y secretas.
Además, exhorta a los suyos, a quienes llama "amigos", a no temer
nada ni a nadie, sino sólo a Dios, en cuyas manos está nuestra vida. Aunque la
invitación a temer "al que tiene poder para matar y después echar en el
fuego" (Lc 12, 4) infunde un saludable temor, inmediatamente después
conforta la descripción de Dios que cuida de todas las criaturas y, con mayor
razón, de los hombres, que son valiosísimos a sus ojos.
El tema de la absoluta transparencia de todo y de todos en presencia de Dios
unifica las dos partes de la perícopa evangélica de hoy. Se trata de un
elemento esencial de la relación filial con Dios que predicó Cristo,
perfeccionando la revelación de la antigua Alianza.
Queridos profesores y estudiantes de las universidades eclesiásticas, si se
considera atentamente, vuestra tarea prioritaria es la misma que la de Jesús:
conocer y dar a conocer la auténtica imagen de Dios. "Que te
conozcan a ti, único Dios verdadero, y a tu enviado, Jesucristo" (Jn
17, 3): en esto consiste para los hombres la vida eterna, y por esto
el Hijo de Dios vino al mundo, para que "tengan vida y la
tengan en abundancia" (Jn 10, 10).
Al comienzo de un nuevo año de estudios teológicos o, en cualquier caso,
eclesiásticos, esta página del evangelio de san Lucas nos ayuda a explicitar
la referencia fundamental a la misión de Cristo y al sentido de su encarnación:
de ella recibe luz y fuerza también la misión de cada uno de vosotros, en la
diversidad de los carismas y de los ministerios.
4. Amadísimos hermanos y hermanas, hoy quisiera repetir las palabras del
concilio ecuménico Vaticano II en la declaración Gravissimum educationis:
"La Iglesia espera mucho del trabajo intenso de las facultades de ciencias
sagradas" (n. 11). En verdad, cuenta mucho con la obra que se realiza
diariamente en cada una de las universidades pontificias. En particular, como
Obispo de Roma, deseo expresar mi aprecio y mi gratitud por el
trabajo de los superiores, de los profesores y de los responsables de las
instituciones eclesiásticas de Roma. Vuestra iniciativa, queridos hermanos,
unida al elevado nivel científico y a la segura fidelidad al Magisterio,
manifiesta vuestro amor a Cristo y a la Iglesia y, diría, el auténtico espíritu
misionero con el que servís a la verdad.
En vísperas de la Jornada mundial de las misiones, me complace subrayar que el
trabajo de cuantos enseñan y estudian en las facultades eclesiásticas no está
separado ni mucho menos en contraste con el de quien trabaja, por decirlo así,
"en la vanguardia". Todos estamos al servicio de la verdad, que es el
Evangelio de Cristo Señor. El Evangelio, por su misma naturaleza, exige ser
anunciado, pero el anuncio supone un sólido y profundo conocimiento del
mensaje, para que la evangelización sea servicio eficaz a Dios, a la verdad
y al hombre.
Queridos hermanos, que la Madre del Redentor, Sede de la sabiduría, vele
por vosotros y por los compromisos de este año académico que comienza. María
es imagen y modelo de la Iglesia que acoge la Palabra divina, la custodia con
amor, la pone en práctica y la lleva al mundo. Que su asistencia materna sea
para cada uno de vosotros fuente de renovada motivación y de continuo apoyo en
el empeño, para que todas vuestras actividades tengan siempre en Dios su origen
y su coronación, "para alabanza de su gloria". Amén.
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