 |
ESTACIÓN CUARESMAL EN LA BASÍLICA DE SANTA SABINA
HOMILÍA
DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
Miércoles de Ceniza, 28 de febrero de 2001
1. "Reconciliaos con Dios (...). Ahora es el
momento favorable" (2 Co 5, 20; 6, 2).
Esta es la invitación que la liturgia nos dirige al inicio de la Cuaresma,
exhortándonos a tomar conciencia del don de la salvación que, en Cristo, se
ofrece a todo hombre.
Hablando del "momento favorable", el apóstol san Pablo se refiere a
la "plenitud de los tiempos" (cf. Ga 4, 4), es decir, el tiempo
en el que Dios, mediante Jesús, "escuchó" y "socorrió" a
su pueblo, realizando plenamente las promesas de los profetas (cf. Is 49,
8). En Cristo se cumple el tiempo de la misericordia y del perdón, el tiempo de
la alegría y de la salvación.
Desde el punto de vista histórico, el "momento favorable" es el
tiempo en el que la Iglesia anuncia el Evangelio a los hombres de toda raza y
cultura, para que se conviertan y se abran al don de la redención. De esa
forma, la vida queda íntimamente transformada.
2. "Ahora es el momento favorable".
Dentro del año litúrgico, la Cuaresma, que comienza hoy, es un "momento
favorable" para acoger con mayor disponibilidad la gracia de Dios.
Precisamente por esto, suele definirse "signo sacramental de nuestra
conversión" (Oración colecta del I domingo de Cuaresma):
signo e instrumento eficaz de aquel radical cambio de vida que en los creyentes
se ha de renovar constantemente. La fuente de ese extraordinario don divino es
el Misterio pascual, el misterio de la muerte y resurrección de Cristo, del que
brota la redención para todo hombre, para la historia y para el universo
entero.
A este misterio de sufrimiento y amor alude, en cierto modo, el tradicional rito
de la imposición de la ceniza, iluminado por las palabras que lo acompañan:
"Convertíos y creed en el Evangelio" (Mc 1, 15). También a
ese mismo misterio se refiere el ayuno que hoy observamos, para iniciar un
camino de verdadera conversión, en el que la unión con la pasión de Cristo
nos permita afrontar y vencer el combate contra las fuerzas del mal (cf. Oración
colecta del miércoles de Ceniza).
3. "Ahora es el momento favorable".
Con esta conciencia, emprendamos el itinerario cuaresmal, prosiguiendo
idealmente el gran jubileo, que ha constituido para la Iglesia entera un
extraordinario tiempo de penitencia y reconciliación. Ha sido un año de
intenso fervor espiritual, durante el cual se ha derramado en abundancia sobre
el mundo la misericordia divina. Para que este tesoro de gracia siga
enriqueciendo espiritualmente al pueblo cristiano, en la carta apostólica Novo
millennio ineunte ofrecí indicaciones concretas sobre cómo actuar en esta
nueva fase de la historia de la Iglesia.
Entre esas indicaciones, quisiera recordar aquí algunas que corresponden
muy bien a las características peculiares del tiempo cuaresmal. La primera de
todas es la contemplación del rostro del Señor: rostro que en
Cuaresma se presenta como "rostro doliente" (cf. nn. 25-27). En
la liturgia, en las Stationes cuaresmales, así como en la práctica
piadosa del vía crucis, la oración contemplativa nos permite unirnos al
misterio de Aquel que, aunque no tuvo pecado, Dios lo hizo pecado por nosotros
(cf. 2 Co 5, 21). Siguiendo el ejemplo de los santos, todo
bautizado está llamado a seguir más de cerca a Jesús que, subiendo a Jerusalén
y previendo su pasión, dice a sus discípulos: "Tengo que recibir un
bautismo" (Lc 12, 50). Así, el camino cuaresmal se convierte para
nosotros en seguimiento dócil del Hijo de Dios, que se hizo Siervo obediente.
4. El camino al que nos invita la Cuaresma se realiza, ante todo, con la oración:
en estas semanas, las comunidades cristianas deben transformarse en auténticas
"escuelas de oración". Otro objetivo privilegiado es acercar a los
fieles al sacramento de la reconciliación, para que cada uno pueda
"redescubrir a Cristo como mysterium pietatis, en el que Dios nos
muestra su corazón misericordioso y nos reconcilia plenamente consigo" (Novo
millennio ineunte, 37). Además, la experiencia de la misericordia de Dios
no puede por menos de suscitar el compromiso de la caridad, impulsando a
la comunidad cristiana a "apostar por la caridad" (cf. ib.,
IV). En la escuela de Cristo, la comunidad cristiana comprende mejor la exigente
opción preferencial por los pobres, viviendo la cual "se testimonia el
estilo del amor de Dios, su providencia, su misericordia" (ib, 49).
5. "En nombre de Cristo os lo pedimos: reconciliaos con
Dios" (2 Co 5, 20).
En el mundo de hoy aumenta la necesidad de pacificación y perdón. En el Mensaje
para esta Cuaresma destaqué ese deseo recurrente de perdón y reconciliación.
La Iglesia, apoyándose en las palabras de Cristo, anuncia el perdón y el amor
a los enemigos. Al hacerlo, "es consciente de que introduce en el
patrimonio espiritual de la humanidad entera una nueva forma de relacionarse con
los demás: una forma ciertamente ardua, pero llena de esperanza" (n.
4). He aquí el don que ofrece también a los hombres de nuestro tiempo.
"Reconciliaos con Dios": resuenan con insistencia en nuestro
corazón estas palabras. Hoy -nos dice la liturgia- es el "momento
favorable" para nuestra reconciliación con Dios. Conscientes de ello,
recibiremos la imposición de la ceniza, dando los primeros pasos en el
itinerario cuaresmal. Prosigamos con generosidad por ese camino, conservando
la mirada fija en Cristo crucificado. En efecto, la cruz es la salvación de la
humanidad: sólo partiendo de la cruz es posible construir un futuro de
esperanza y de paz para todos.
|