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XVI JORNADA
MUNDIAL DE LA JUVENTUD
HOMILÍA DEL SANTO
PADRE JUAN PABLO II
Domingo de Ramos 8 de abril de 2001
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1. "¡Hosanna!", "¡crucifícale!". Con
estas dos palabras, gritadas probablemente por la misma multitud a pocos días
de distancia, se podría resumir el significado de los dos acontecimientos que
recordamos en esta liturgia dominical.
Con la aclamación: "Bendito el que viene", en un arrebato de
entusiasmo, la gente de Jerusalén, agitando ramos de palma, acoge a Jesús que
entra en la ciudad montado en un borrico. Con la palabra: "¡Crucifícale!",
gritada dos veces con creciente vehemencia, la multitud reclama del gobernador
romano la condena del acusado que, en silencio, está de pie en el pretorio.
Por tanto, nuestra celebración comienza con un "¡Hosanna!" y
concluye con un "¡Crucifícale!". La palma del triunfo y la
cruz de la Pasión: no es un contrasentido; es, más bien, el centro
del misterio que queremos proclamar. Jesús se entregó voluntariamente a la
Pasión, no fue oprimido por fuerzas mayores que él. Afrontó libremente
la muerte en la cruz, y en la muerte triunfó.
Escrutando la voluntad del Padre, comprendió que había llegado la
"hora", y la aceptó con la obediencia libre del Hijo y con infinito
amor a los hombres: "Sabiendo que había llegado su hora de pasar
de este mundo al Padre, habiendo amado a los suyos que estaban
en el mundo, los amó hasta el extremo" (Jn 13, 1).
2. Hoy contemplamos a Jesús que se acerca al término de su vida y se
presenta como el Mesías esperado por el pueblo, que fue enviado por Dios y vino
en su nombre a traer la paz y la salvación, aunque de un modo diverso de como
lo esperaban sus contemporáneos.
La obra de salvación y de liberación realizada por Jesús perdura a lo largo
de los siglos. Por este motivo la Iglesia, que cree con firmeza que él
está presente aunque de modo invisible, no se cansa de aclamarlo con
la alabanza y la adoración. Por consiguiente, nuestra asamblea proclama una vez
más: "¡Hosanna! Bendito el que viene en nombre del Señor".
3. La lectura de la página evangélica ha puesto ante nuestros ojos las
escenas terribles de la pasión de Jesús: su sufrimiento físico y
moral, el beso de Judas, el abandono de los discípulos, el proceso en presencia
de Pilato, los insultos y escarnios, la condena, la vía dolorosa y la crucifixión.
Por último, el sufrimiento más misterioso: "¡Dios mío, Dios mío!
¿por qué me has abandonado?". Un fuerte grito, y luego la muerte.
¿Por qué todo esto? El inicio de la plegaria eucarística nos dará la
respuesta: "El cual (Cristo), siendo inocente, se entregó a la
muerte por los pecadores, y aceptó la injusticia de ser contado entre los
criminales. De esta forma, al morir, destruyó nuestra culpa, y al resucitar,
fuimos justificados" (Prefacio).
Así pues, en esta celebración expresamos nuestra gratitud y nuestro amor a
Aquel que se sacrificó por nosotros, al Siervo de Dios que, como había dicho
el profeta, no se rebeló ni se echó atrás, ofreció la espalda a los que lo
golpeaban, y no ocultó su rostro a insultos y salivazos (cf. Is 50,
4-7).
4. Pero la Iglesia, al leer el relato de la Pasión, no se limita a
considerar únicamente los sufrimientos de Jesús; se acerca con emoción y
confianza a este misterio, sabiendo que su Señor ha resucitado. La luz de la
Pascua hace descubrir la gran enseñanza que encierra la Pasión: la
vida se afirma con la entrega sincera de sí hasta afrontar la muerte por los
demás, por Dios.
Jesús no entendió su existencia terrena como búsqueda del poder, como afán
de éxito y de hacer carrera, o como voluntad de dominio sobre los demás. Al
contrario, renunció a los privilegios de su igualdad con Dios, asumió la
condición de siervo, haciéndose semejante a los hombres, y obedeció al
proyecto del Padre hasta la muerte en la cruz. Y así dejó a sus discípulos y
a la Iglesia una enseñanza muy valiosa: "Si el grano de trigo no cae
en tierra y muere, queda él solo; pero si muere, da mucho fruto" (Jn
12, 24).
5. El domingo de Ramos se celebra también, desde hace años, la Jornada
mundial de la juventud, vuestra jornada, amadísimos jóvenes, que habéis
venido de las diversas parroquias de la diócesis de Roma y de otras partes del
mundo. Juntamente con vosotros, saludo con afecto y esperanza también a
vuestros coetáneos que, en las diferentes Iglesias particulares, celebran hoy
la XVI Jornada mundial de la juventud, la primera del nuevo milenio.
Saludo en particular a los jóvenes de la delegación canadiense,
encabezada por el arzobispo de Toronto, cardenal Ambrozic, que se encuentran
entre nosotros para acoger la cruz en torno a la cual se reunirán los jóvenes
de los cinco continentes durante la próxima Jornada mundial de 2002. A todos y
a cada uno reafirmo una vez más con fuerza que la cruz de Cristo es el camino
de vida y salvación, el camino para llegar a la palma del triunfo en el día
de la resurrección.
¿Qué vemos en la cruz que se eleva ante nosotros y que, desde hace dos mil años,
el mundo no deja de interrogar y la Iglesia de contemplar? Vemos a Jesús, el
Hijo Dios que se hizo hombre para que el hombre vuelva a Dios. Él, sin pecado,
está ahora ante nosotros crucificado. Es libre, aunque esté clavado al madero.
Es inocente, a pesar de la inscripción que anuncia el motivo de su condena.
No le han quebrantado ningún hueso (cf. Sal 34, 21), porque es la
columna fundamental de un mundo nuevo. No han rasgado su túnica (cf. Jn
19, 24), porque vino para reunir a todos los hijos de Dios que estaban dispersos
por el pecado (cf. Jn 11, 52). Su cuerpo no será enterrado, sino puesto
en un sepulcro excavado en la roca (cf. Lc 23, 53), porque no puede
sufrir corrupción el cuerpo del Señor de la vida, que ha vencido a la muerte.
6. Amadísimos jóvenes, Jesús murió y resucitó, y ahora vive para
siempre. Dio su vida. Pero nadie se la quitó; la entregó "por
nosotros" (Jn 10, 18). Por medio de su cruz hemos recibido la vida.
Gracias a su muerte y a su resurrección el Evangelio triunfó y nació la
Iglesia.
Queridos jóvenes, mientras entramos confiados en el nuevo siglo y en el nuevo
milenio, el Papa os repite las palabras del apóstol san Pablo: "Si
morimos con él, viviremos con él; si sufrimos con él, reinaremos con él"
(2 Tm 2, 11). Porque sólo Jesús es el camino, la verdad y la vida (cf. Jn
14, 6).
Entonces, ¿quién nos separará del amor de Cristo? El Apóstol dio la
respuesta también por nosotros: "Estoy seguro de que ni la muerte ni
la vida ni los ángeles ni los principados ni lo presente ni lo futuro ni las
potestades ni la altura ni la profundidad ni otra criatura alguna podrá
separarnos del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús, Señor nuestro" (Rm
8, 38-39).
¡Gloria y alabanza a ti, oh Cristo, Verbo de Dios, salvador del mundo!
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