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SANTA MISA CELEBRADA EN EL PALACIO DE DEPORTES DE ATENAS

HOMILÍA DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II

Sábado 5 de mayo de 2001


Queridos hermanos y hermanas: 


1. "Lo que adoráis sin conocer, eso os vengo yo a anunciar" (Hch 17, 23).

Estas palabras que san Pablo pronunció en el Areópago de Atenas y que se hallan recogidas en los Hechos de los Apóstoles, constituyen uno de los primeros anuncios de la fe cristiana en Europa. "Teniendo en cuenta el papel de Grecia en la formación de la cultura antigua, se comprende por qué aquel discurso puede ser considerado en cierto modo como el símbolo mismo del encuentro del Evangelio con la cultura humana" (Carta sobre la peregrinación a los lugares vinculados a la historia de la salvación, 9).

"A los santificados en Cristo Jesús, llamados a ser santos, con cuantos en cualquier lugar invocan el nombre de Jesucristo, Señor nuestro, (...) gracia a vosotros y paz de parte de Dios, Padre nuestro, y del Señor Jesucristo" (1 Co 1, 2-3). Con estas palabras del Apóstol a la comunidad de Corinto, os saludo con afecto a todos vosotros, obispos, sacerdotes y laicos católicos que vivís en Grecia.
Agradezco ante todo a monseñor Fóscolos, arzobispo de los católicos de Atenas y presidente de la Conferencia episcopal de Grecia, su acogida y sus palabras cordiales. Saludo también a todos los cardenales, obispos, sacerdotes, religiosos y religiosas presentes en esta celebración. Reunidos esta mañana para la celebración eucarística, pediremos al apóstol san Pablo que nos conceda su celo en la fe y en el anuncio del Evangelio a todas las naciones, así como su solicitud por la unidad de la Iglesia. Me alegra la presencia en esta divina liturgia de fieles de otras confesiones cristianas, que testimonian así su atención a la vida de la comunidad católica y su fraternidad común en Cristo.

2. San Pablo recuerda claramente que no podemos encerrar a Dios en nuestros modos de ver y actuar totalmente humanos. Si queremos acoger al Señor, estamos llamados a la conversión. Este es el camino que se nos propone, un camino que nos hace seguir a Cristo para vivir como él, hijos en el Hijo. Podemos considerar nuestra experiencia personal y la de la Iglesia como una experiencia pascual; debemos purificarnos para cumplir plenamente la voluntad divina, aceptando que Dios, con su gracia, transforme nuestro ser y nuestra existencia, como aconteció con san Pablo que, de perseguidor, se hizo misionero (cf. Ga 1, 11-24). Así pasamos por la prueba del Viernes santo, con sus sufrimientos, con las noches de la fe, con las incomprensiones mutuas. Pero vivimos también momentos de luz, como el alba de Pascua, en los que el Resucitado nos comunica su alegría y nos lleva a la verdad completa. Considerando de este modo nuestra historia personal y la historia de la Iglesia, no podemos por menos de perseverar en la esperanza, con la seguridad de que el Señor de la historia nos conduce por sendas que sólo él conoce. Pidamos al Espíritu Santo que nos impulse a ser, con nuestras palabras y nuestras obras, testigos de la buena nueva y de la caridad de Dios. Dado que el Espíritu suscita el celo misionero en su Iglesia, es él quien llama y envía, y el verdadero apóstol es ante todo un hombre "que escucha", un servidor abierto a la acción de Dios.

3. Evocar en Atenas la vida y la actividad de san Pablo significa ser invitados a anunciar el Evangelio hasta los confines de la tierra, proponiendo a nuestros contemporáneos la salvación realizada por Cristo y mostrándoles los caminos de santidad y de vida moral recta que constituyen las respuestas a la llamada del Señor. El Evangelio es una buena nueva universal, que todos los pueblos pueden comprender.

San Pablo, al dirigirse a los atenienses, no quiere esconder nada de la fe que había recibido. Como todo apóstol, debe custodiar fielmente el depósito (cf. 2 Tm 1, 14). Si toma como punto de partida las referencias habituales de sus oyentes y sus modos de pensar, es para ayudarles a comprender mejor el Evangelio que va a anunciarles. San Pablo se apoya en el conocimiento natural de Dios y en el profundo deseo espiritual que sus interlocutores pueden tener para prepararlos a acoger la revelación del Dios único y verdadero.

Si pudo citar ante los atenienses a autores de la antigüedad clásica es porque, en cierto sentido, su cultura personal se había forjado en el helenismo. Así, se sirvió de ella para anunciar el Evangelio con palabras que pudieran impresionar a sus interlocutores (cf. Hch 17, 17). ¡Qué lección! Para anunciar la buena nueva a los hombres de este tiempo, la Iglesia debe estar atenta a los diversos aspectos de sus culturas y a sus medios de comunicación, sin que ello la lleve a alterar su mensaje o a reducir su sentido y su alcance. "El cristianismo del tercer milenio debe responder cada vez mejor a esta exigencia de inculturación" (Novo millennio ineunte, 40). El discurso magistral de san Pablo invita a los discípulos de Cristo a entablar un diálogo realmente misionero con sus contemporáneos, respetando lo que son, pero también presentándoles de forma clara y fuerte el Evangelio, así como sus implicaciones y sus exigencias en la vida de las personas.

4. Hermanos y hermanas, vuestro país cuenta con una larga tradición de sabiduría y humanismo. Desde los orígenes del cristianismo, los filósofos se dedicaron  a "mostrar  el vínculo entre la razón y la religión. (...) Se inició así un camino que, abandonando las tradiciones antiguas particulares, se abría a un proceso más conforme a las exigencias de la razón universal" (Fides et ratio, 36). Esta labor de los filósofos y de los primeros apologistas cristianos permite entablar, siguiendo el modelo de san Pablo y de su discurso de Atenas, un diálogo fecundo entre la fe cristiana y la filosofía.

A ejemplo de san Pablo y de las primeras comunidades, urge aprovechar las ocasiones de diálogo con nuestros contemporáneos, sobre todo en los lugares donde está en juego el futuro del hombre y de la humanidad, para que las decisiones que se tomen no se guíen únicamente por intereses políticos y económicos que no tienen en cuenta la dignidad de las personas y las exigencias que de ella derivan, sino para que haya aquel suplemento de alma que recuerda el lugar insigne y la dignidad del hombre. Los areópagos donde los cristianos de hoy deben dar testimonio son numerosos (cf. Redemptoris missio, 37). Os exhorto a estar presentes en el mundo; como el profeta Isaías, los cristianos están puestos como centinelas encima de la muralla (cf. Is 21, 11-12), para discernir los desafíos humanos de las situaciones presentes, para percibir en la sociedad los gérmenes de esperanza y para mostrar al mundo la luz de la Pascua, que ilumina con un nuevo día todas las realidades humanas.

San Cirilo y san Metodio, los dos hermanos de Salónica, escucharon la llamada del Resucitado:  "Id por todo el mundo y proclamad la buena nueva a toda la creación" (Mc 16, 15). Fueron al encuentro de los pueblos eslavos y les anunciaron el Evangelio en su propia lengua. "No sólo desarrollaron su misión respetando plenamente la cultura existente entre los pueblos eslavos, sino que, junto con la religión, la promovieron y acrecentaron de forma eminente e incesante" (Slavorum apostoli, 26). Que su ejemplo y su oración nos ayuden a responder cada vez mejor a la exigencia de inculturación y a alegrarnos de la belleza de este rostro multiforme de la Iglesia de Cristo.

5. San Pablo, en su experiencia personal de creyente y en su ministerio de apóstol, comprendió que el único camino de salvación es Cristo, el cual, por gracia, reconcilia a los hombres entre sí y con Dios. "Porque él es nuestra paz:  el que de los dos pueblos hizo uno, derribando el muro que los separaba, la enemistad" (Ef 2, 14). El Apóstol se hizo luego defensor de la unidad, en el seno de las comunidades y también entre ellas, pues ardía en él "la solicitud por todas las Iglesias" (2 Co 11, 28).

El celo por la unidad de la Iglesia debe arder también en todos los discípulos de Cristo. Por desgracia, "la triste herencia del pasado nos afecta todavía al cruzar el umbral del nuevo milenio. (...) Queda aún mucho camino por recorrer" (Novo millennio ineunte, 48). Sin embargo, eso no debe desalentarnos. Nuestro amor al Señor nos impulsa a comprometernos cada vez más en favor de la unidad. Para dar nuevos pasos en ese sentido es importante "recomenzar desde Cristo" (ib., 29).

"La confianza de poder alcanzar, incluso en la historia, la comunión plena y visible de todos los cristianos se apoya en la oración de Jesús, no en nuestras capacidades. (...) El recuerdo del tiempo en que la Iglesia respiraba con "dos pulmones" ha de impulsar a los cristianos de Oriente y Occidente a caminar juntos, en la unidad de la fe y en el respeto de las legítimas diferencias, acogiéndose y apoyándose mutuamente como miembros del único Cuerpo de Cristo" (ib., 48).

La Virgen María acompañó con su oración y su presencia materna la vida y la misión de la primera comunidad cristiana, en torno a los Apóstoles (cf. Hch 1, 14). Recibió con ellos al Espíritu de Pentecostés. Que ella vele sobre el camino que debemos recorrer ahora, para avanzar hacia la unidad plena con nuestros hermanos de Oriente y para cumplir todos, con disponibilidad y entusiasmo, la misión que Cristo Jesús encomendó a su Iglesia. Que la Virgen María, tan venerada en vuestro país y especialmente en los santuarios de las islas, como Virgen de la Anunciación en la isla de Tinos, y con la advocación de Nuestra Señora de la Misericordia en Faneromeni, en la isla de Syros, nos lleve siempre a su Hijo Jesús (cf. Jn 2, 5). Él es el Cristo, el Hijo de Dios, "la luz verdadera que ilumina a todo hombre, que viene a este mundo" (Jn 1, 9).

Con la fuerza de la esperanza que nos infunde Cristo y sostenidos por la oración fraterna de todos los que nos han precedido en la fe, continuemos nuestra peregrinación terrena como verdaderos mensajeros de la buena nueva, con la alegría de la alabanza pascual que habita en nuestro corazón y deseosos de compartirla con todos: 

"Alabad al Señor todas las naciones; aclamadlo, todos los pueblos:  firme es su misericordia con nosotros, su fidelidad dura por siempre" (Sal 116). Amén.

La paz sea con vosotros. ¡Dios bendiga a Grecia!

 

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