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VISITA PASTORAL A LA PARROQUIA ROMANA DE SANTA EDITH STEIN

HOMILÍA DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II

 Domingo 20 de mayo de 2001

 

1. "El Paráclito, el Espíritu Santo, que enviará el Padre en mi nombre, será quien os lo enseñe todo y os vaya recordando todo lo que os he dicho" (Jn 14, 26). Esta es la gran promesa que hizo Jesús durante la última Cena. Al acercarse el momento de la cruz, tranquiliza a los Apóstoles, diciéndoles que no se quedarán solos:  el Espíritu Santo, el Paráclito, estará con ellos y los sostendrá en la gran misión de llevar el anuncio del Evangelio a todo el mundo.

En la lengua original griega, el término Paráclito indica al que acompaña, para proteger y ayudar a una persona. Jesús vuelve al Padre, pero continúa la obra de enseñanza y animación de sus discípulos mediante el don del Espíritu.

¿En qué consiste la misión del Espíritu Santo prometido? Como acabamos de escuchar en el texto tomado del evangelio de san Juan, es Jesús mismo quien la explica:  "Será él quien os lo enseñe todo y os vaya recordando todo lo que os he dicho" (Jn 14, 26). Jesús ya ha comunicado todo lo que quería decir a los Apóstoles:  con él, Verbo encarnado, se ha completado la revelación. El Espíritu hará "recordar", es decir, comprender en plenitud y vivir concretamente las enseñanzas de Jesús. Esto es lo que sucede aún hoy en la Iglesia. Como afirma el concilio ecuménico Vaticano II, bajo la guía y con la luz y la fuerza del Espíritu Santo, "la Iglesia camina a través de los siglos hacia la plenitud de la verdad divina, hasta que se cumplan en ella plenamente las palabras de Dios" (Dei Verbum, 8).

2. Amadísimos hermanos y hermanas de la parroquia de Santa Edith Stein, me alegra estar con vosotros en este VI domingo del tiempo pascual, y celebrar con vosotros la Eucaristía. Saludo con afecto al cardenal vicario, al monseñor vicegerente, a vuestro celoso párroco, don Stefano Ranfi, a sus colaboradores y a todos los fieles de esta joven comunidad parroquial. Doy las gracias en particular a los que, en nombre de todos vosotros, me han dirigido amables palabras de bienvenida y me han felicitado por mi 81° cumpleaños, que acabo de celebrar. ¡81 años! Ya es algo. Espero que sigáis orando por mí para que, con total adhesión a los designios de la Providencia divina, desempeñe el ministerio que me ha sido confiado.

Saludo con benevolencia y afecto a los niños que durante esta misa recibirán por primera vez la sagrada Comunión. Les recomiendo vivamente que permanezcan unidos a Jesús que hoy, en el pan eucarístico, entra en profunda comunión con sus jóvenes vidas. Queridos niños, confiad en Jesús. Amadlo y cumplid siempre su palabra para que, gracias al don del Espíritu Santo, que transforma realmente el pan y el vino en su Cuerpo y en su Sangre, habite siempre en vosotros y vosotros permanezcáis siempre en él.

A vosotros, que me escucháis ahora, y a todos los niños y niñas que durante este año recibirán la primera Comunión en sus parroquias de Roma y de todo el mundo, les recomiendo que acudan a menudo al sacramento de la confesión, para que el encuentro con Jesús presente en la Eucaristía se realice con corazón puro y disponible a la acción de la gracia. A vuestras familias, y a todas las familias de la parroquia, les pido que favorezcan una relación estable y profunda con Jesús, a través de la participación asidua en el catecismo y en la misa dominical.

3. Amadísimos hermanos y hermanas, vuestra comunidad parroquial empezó su camino dentro de la comunidad diocesana el 11 de octubre de 1998, día en que tuve la alegría de proclamar santa a la hija de Israel y mártir carmelita Edith Stein, sor Teresa Benedicta de la Cruz, a la que invocáis como vuestra patrona especial.

También una comunidad como la vuestra, que desea ser fiel a su vocación misionera, tiene mucho que aprender de esta gran santa contemporánea. Por eso, os invito a conocer y profundizar cada vez más, individualmente y en comunidad, su vida, sus escritos y sus enseñanzas. Me complace en esta ocasión recordar la frase que Edith Stein escribió en 1933, cuando se presentó a la madre priora del monasterio de las carmelitas de Colonia, en Alemania:  "Ninguna actividad humana puede ayudarnos, sino sólo la pasión de Cristo. Mi deseo es participar en ella".

Participar en la pasión de Cristo es el secreto para realizar una comunidad verdadera y eficazmente misionera. Por eso, me congratulo  con  vosotros por las hermosas iniciativas de oración y formación que ya estáis realizando, o habéis programado, teniendo en cuenta la carencia  de espacios y ambientes, que todos esperamos se solucione cuanto antes.

Me refiero, en particular, a los momentos comunitarios de oración, como son, por ejemplo, el vía crucis por las calles del barrio y en las familias, y la visita de la imagen peregrina de nuestra Señora de Fátima. Me ha complacido vuestra oportuna iniciativa pastoral de la carta mensual a los cristianos, que se envía a todas las familias a fin de ayudarlas a prepararse, con adecuadas catequesis, para las fiestas principales del año litúrgico. En este marco, deseo expresar mi aprecio también a los que están comprometidos en los grupos de evangelización de las familias, así como a los adultos y a los jóvenes que forman parte de las corales.

4. Para favorecer la participación en la pasión de Cristo y, por consiguiente, en una fructuosa obra de anuncio del Evangelio en vuestro barrio, os aliento a participar en la adoración eucarística que se celebra todos los viernes. Poner a Jesús Eucaristía en el centro de la vida personal y comunitaria, también con esta piadosa costumbre, significa depositar en él las esperanzas que alimentamos para una siembra del Evangelio cada vez más eficaz y valiente. Tened la seguridad de que la Eucaristía produce en la Iglesia frutos maravillosos y, a menudo, inesperados.

Junto con vosotros también encomiendo al Señor la misión popular que habéis programado para el próximo mes de octubre. Será una misión dirigida sobre todo a los jóvenes, y, aunque su animación correrá a cargo de los alumnos del Pontificio Seminario Romano Mayor, debe implicar a todos los miembros de vuestra comunidad. Espero de corazón que, con la misión y gracias a la oración de todos, los jóvenes encuentren a Cristo en su vida, permitan que les hable al corazón y opten por él. Quiera el Señor que también en esta comunidad parroquial, como en toda la diócesis, gracias a la oración y al compromiso de muchas personas y familias se susciten numerosas y santas vocaciones sacerdotales,  religiosas y misioneras, vocaciones que la Iglesia necesita hoy más que nunca.

5. "El ángel (...) me enseñó la ciudad santa, Jerusalén, que bajaba del cielo, enviada por Dios trayendo la gloria" (Ap 21, 10). La visión de la Jerusalén celestial, descrita de modo impresionante en el Apocalipsis, nos muestra la meta hacia la que tienden la Iglesia y la humanidad entera. Es la meta de la comunión plena y definitiva de los hombres con Dios. Teniéndola a la vista, los creyentes se comprometen a vivir el Evangelio y contribuyen al mismo tiempo a la construcción de una ciudad terrena según el corazón de Dios.

María, a la que durante este mes de mayo veneramos e imploramos con devoción especial como nuestra Madre celestial, proteja siempre vuestra comunidad y toda la diócesis de Roma. Ella, la primera que acogió en su seno virginal al Verbo divino, nos ayude a asemejarnos cada vez más a su divino Hijo, dispuestos a anunciar fielmente la palabra del Evangelio y a testimoniarlo con la coherencia de nuestra vida. Amén.

 

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