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DIVINA LITURGIA DE
BEATIFICACIÓN EN RITO BIZANTINO-UCRANIANO
HOMILÍA DEL SANTO
PADRE JUAN PABLO II
Miércoles 27 de junio de 2001
1. "Nadie tiene mayor amor que el que
da la vida por sus amigos" (Jn 15, 13).
Esta solemne afirmación de Cristo resuena entre nosotros hoy con particular
elocuencia, al proclamar beatos a algunos hijos de esta gloriosa Iglesia de
Lvov de los ucranios. La mayor parte de ellos fueron asesinados por odio a
la fe cristiana. Algunos sufrieron el martirio en tiempos cercanos a nosotros, y
muchos de los presentes en esta divina liturgia los conocieron personalmente.
Esta tierra de Halytchyna, que a lo largo de la historia ha visto el desarrollo
de la Iglesia ucraniana greco-católica, quedó cubierta, como decía el
inolvidable metropolita Josyf Slipyj, "por montañas de cadáveres y ríos
de sangre".
Vuestra comunidad es viva y fecunda, y se remonta a la predicación de
los santos hermanos Cirilo y Metodio, a san Vladimiro y a santa Olga. El ejemplo
de los mártires pertenecientes a diversos períodos de la historia, y sobre
todo al siglo pasado, testimonia que el martirio es la medida más alta del
servicio a Dios y a la Iglesia. Con esta celebración queremos rendirles
homenaje y dar gracias al Señor por su fidelidad.
2. Con este sugestivo rito de beatificación deseo expresar también la
gratitud de toda la Iglesia al pueblo de Dios en Ucrania por Mykola Carneckyj y
sus 24 compañeros mártires, así como por los mártires Teodoro Romza y Emiliano
Kovc, y por la sierva de Dios Josafata Micaela Hordashevska. Como el grano de
trigo que cae en la tierra muere para dar vida a la espiga (cf. Jn 12,
24), así ellos entregaron su vida para que el campo de Dios produjera una nueva
cosecha, más abundante.
Al recordarlos, saludo a cuantos participan en esta concelebración, y en
particular a los señores cardenales Lubomyr Husar y Marian Jaworski, así como
a los obispos y a los sacerdotes de las Iglesias greco-católica y latina. Al
saludar al actual arzobispo mayor de Lvov de los ucranios, mi pensamiento va a
sus predecesores, el siervo de Dios Andrés Septyckyj, el heroico cardenal Josyf
Slipyj, y el cardenal Myroslav Lubachivsky, fallecido recientemente. Al recordar
a los pastores, mi corazón se dirige con afecto a todos los hijos e hijas de la
Iglesia greco-católica ucraniana, así como a cuantos siguen esta ceremonia a
través de la radio y la televisión desde otras ciudades y naciones.
Expreso mi agradecimiento, en particular, al señor presidente de Ucrania,
Leonid Kuchma, por su participación en esta solemne divina liturgia.
3. Los siervos de Dios, inscritos hoy en el catálogo de los beatos,
representan a todos los componentes de la comunidad eclesial: hay
entre ellos obispos y sacerdotes, monjes, monjas y laicos. Fueron probados de
muchos modos por los partidarios de las ideologías nefastas del nazismo y el
comunismo. Mi predecesor Pío XII, consciente de los sufrimientos que padecían
estos fieles discípulos de Cristo, con íntima participación manifestó su
solidaridad con "los que perseveran en la fe y resisten a los enemigos del
cristianismo con la misma fuerza indómita con que resistieron un tiempo sus
antepasados", y elogió su valentía por permanecer "fielmente unidos
al Romano Pontífice y a sus pastores" (encíclica Orientales Ecclesias,
15 de diciembre de 1952: AAS 45 [1953] 8).
Sostenidos por la gracia divina, recorrieron a fondo el camino de la victoria.
Es un camino que pasa por el perdón y la reconciliación; un camino que lleva a
la luz resplandeciente de la Pascua, después del sacrificio del Calvario. Estos
hermanos y hermanas nuestros son los representantes conocidos de una
multitud de héroes anónimos -hombres y mujeres, esposos y esposas,
sacerdotes y consagrados, jóvenes y ancianos-, que durante el siglo XX, el
"siglo del martirio", afrontaron la persecución, la violencia y la
muerte con tal de no renunciar a su fe.
No podemos menos de recordar aquí la clarividente y sólida acción pastoral
del siervo de Dios metropolita Andrés Septyckyj, cuya causa de
beatificación está en curso y al que esperamos ver un día en la gloria de los
santos. Debemos referirnos a su heroica acción apostólica para comprender la
fecundidad, inexplicable desde el punto de vista humano, de la Iglesia greco-católica
ucraniana durante los años oscuros de la persecución.
4. Yo mismo, en mi juventud, fui testigo de esta especie de
"apocalipsis". "Mi sacerdocio, ya desde su nacimiento, ha estado
inscrito en el gran sacrificio de tantos hombres y mujeres de mi generación"
(Don y misterio, BAC, Madrid 1996, p. 52). No debemos olvidarlos, puesto
que su recuerdo es una bendición. A ellos va nuestra admiración y nuestra
gratitud: como un icono del evangelio de las bienaventuranzas, vivido
hasta el derramamiento de la sangre, constituyen un signo de esperanza
para nuestro tiempo y para el futuro. Demostraron que el amor es más fuerte que
la muerte.
En su resistencia al misterio de la iniquidad pudo brillar, a pesar de la
fragilidad humana, la fuerza de la fe y de la gracia de Cristo (cf. 2 Co
12, 9-10). Su testimonio intrépido se convirtió en semilla de nuevos
cristianos (cf. Tertuliano, Apol. 50, 13: CCL 1, 171).
Junto con ellos fueron perseguidos y asesinados a causa de Cristo también los cristianos
de otras confesiones. Su martirio común es un fuerte llamamiento a la
reconciliación y a la unidad. El ecumenismo de los mártires y de los
testigos de la fe indica el camino de la unidad a los cristianos del siglo
XXI. Que su sacrificio sea una lección concreta de vida para todos. Ciertamente,
no se trata de una empresa fácil. A lo largo de los últimos siglos se han
acumulado demasiados estereotipos en el modo de pensar, demasiados
resentimientos recíprocos y demasiada intolerancia. El único medio para
despejar este camino es olvidar el pasado, pedir y ofrecer el perdón unos a
otros por las ofensas causadas y recibidas, y confiar sin reservas en la
acción renovadora del Espíritu Santo.
Estos mártires nos enseñan la fidelidad al doble mandamiento del amor:
amor a Dios y amor a los hermanos.
5. Queridos sacerdotes, queridos religiosos y religiosas,
queridos seminaristas, catequistas y estudiantes de teología,
precisamente a vosotros quisiera señalar de modo particular el ejemplo luminoso
de estos heroicos testigos del Evangelio. Sed, como ellos, fieles a Cristo hasta
la muerte. Si Dios bendice vuestra tierra con numerosas vocaciones; si los
seminarios están llenos -y esto es fuente de esperanza para vuestra Iglesia-,
se trata ciertamente de uno de los frutos de su sacrificio. Pero esto constituye
para vosotros una gran responsabilidad.
Por tanto, digo a los responsables: cuidad atentamente la formación de
los futuros sacerdotes y de los llamados a la vida consagrada, en la línea
propia de la tradición monástica oriental. Por una parte, poned de relieve el
valor del celibato por el reino de los cielos, y, por otra, ponderad también la
importancia del sacramento del matrimonio con los compromisos que entraña. El
Concilio recordó que la familia cristiana es como una "iglesia doméstica",
en la que los padres deben ser para los hijos los primeros heraldos de la fe
(cf. Lumen gentium, 11).
Exhorto a todos los hijos e hijas de la Iglesia a buscar con empeño constante
un conocimiento de Cristo cada vez más auténtico y profundo. El clero debe
procurar siempre ofrecer a los laicos una seria formación evangélica y
eclesial. Que nunca falte en los cristianos el espíritu de sacrificio y que no
se debilite la valentía de la comunidad cristiana en la defensa de los
oprimidos y los perseguidos, poniendo gran atención en escrutar los signos de
los tiempos, para responder así a los desafíos sociales y espirituales del
momento.
En este ámbito, os aseguro que seguiré con interés el desarrollo de la
tercera sesión del Sínodo de vuestra Iglesia, que se celebrará en el año
2002 y estará dedicada a la lectura eclesial de los problemas sociales de
Ucrania. La Iglesia no puede callar cuando está en juego la tutela de la
dignidad humana y el bien común.
6. "Nadie tiene mayor amor que el que da la vida por sus amigos"
(Jn 15, 13). Los mártires que hoy son declarados beatos siguieron al
buen Pastor hasta el fin. Que su testimonio no sea para vosotros simplemente un
motivo de orgullo, sino que se convierta más bien en una invitación a
imitarlos. Con el bautismo, todo cristiano está llamado a la santidad.
No a todos se pide, como a estos nuevos beatos, la prueba suprema del
derramamiento de la sangre. Pero a cada uno se ha confiado la tarea de seguir
diariamente a Cristo con fidelidad y generosidad, como hizo la beata Josafata
Micaela Hordashevska, cofundadora de la congregación de las Esclavas de María
Inmaculada. Supo vivir de modo extraordinario su adhesión diaria al Evangelio,
sirviendo a los niños, a los enfermos, a los pobres, a los analfabetos y a los
marginados, en situaciones a menudo difíciles y dolorosas.
Ojalá que la santidad sea el anhelo de todos vosotros, queridos hermanos y
hermanas de la Iglesia greco-católica ucraniana. En este camino de santidad y
renovación os acompaña María, "que precede a todos al frente del largo séquito
de los testigos de la fe en el único Señor" (Redemptoris Mater,
30).
Interceden por vosotros los santos y los beatos que en esta tierra de Ucrania
alcanzaron la corona de la justicia, y los beatos que hoy celebramos
especialmente. Que su ejemplo y su protección os ayuden a seguir a Cristo y a
servir fielmente a su Cuerpo místico, la Iglesia. Por su intercesión quiera
Dios derramar sobre vuestras heridas el óleo de la misericordia y de la
consolación, para que podáis mirar con confianza lo que os espera, con la
certeza interior de que sois hijos de un Padre que os ama tiernamente.
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