 |
SOLEMNIDAD DE LOS
SANTOS APÓSTOLES PEDRO Y PABLO
HOMILÍA DEL SANTO
PADRE JUAN PABLO II
Viernes 29 de junio de 2001
1. "Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo"
(Mt 16, 16).
¡Cuántas veces hemos repetido esta profesión de fe, que un día pronunció
Simón, hijo de Jonás, en Cesarea de Filipo! ¡Cuántas veces yo mismo he
encontrado en estas palabras una fuerza interior para proseguir la misión que
la Providencia me ha confiado!
Tú eres el Cristo. Todo el Año santo nos impulsó a fijar la mirada en
"Jesucristo, único Salvador, ayer, hoy y siempre". Cada una de las
celebraciones jubilares fue una incesante profesión de fe en Cristo,
renovada en común dos mil años después de la Encarnación. A la pregunta,
siempre actual, de Jesús a sus discípulos: "Y vosotros ¿quién decís
que soy yo?" (Mt 16, 15), los cristianos del año 2000 han
respondido una vez más uniendo su voz a la de Pedro: "Tú eres el
Cristo, el Hijo de Dios vivo".
2. "¡Bienaventurado tú, Simón, hijo de Jonás!, porque eso no te
lo ha revelado ni la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en el
cielo" (Mt 16, 17).
Después de dos milenios, la "roca" sobre la que está fundada la
Iglesia sigue siendo la misma: es la fe de Pedro. "Sobre esta
piedra" (Mt 16, 18) Cristo construyó su Iglesia, edificio
espiritual que ha resistido al embate de los siglos. Desde luego, sólo sobre
bases humanas e históricas no hubiera podido resistir el asalto de tantos
enemigos.
A lo largo de los siglos, el Espíritu Santo ha iluminado a hombres y mujeres,
de todas las edades, vocaciones y condiciones sociales, para que se convirtieran
en "piedras vivas" (1 P 2, 5) de esta construcción. Son los
santos, que Dios suscita con inagotable creatividad, mucho más numerosos que
los que señala solemnemente la Iglesia como ejemplo para todos. Una sola fe;
una sola "roca"; una sola piedra angular: Cristo, Redentor del
hombre.
"¡Bienaventurado tú, Simón, hijo de Jonás!". La bienaventuranza
de Simón es la misma que escuchó María santísima de labios de Isabel:
"Bienaventurada tú, que has creído, porque lo que ha dicho el Señor se
cumplirá" (Lc 1, 45).
Es la bienaventuranza reservada también a la comunidad de los creyentes de hoy,
a la que Jesús repite: ¡Bienaventurada tú, Iglesia del año 2000,
que conservas intacto el Evangelio y sigues proponiéndolo con renovado
entusiasmo a los hombres del comienzo de un nuevo milenio!
En la fe, fruto del misterioso encuentro entre la gracia divina y la humildad
humana que confía en ella, se halla el secreto de la paz interior y de la alegría
del corazón que anticipan en cierta medida la felicidad del cielo.
3. "He combatido bien mi combate, he corrido hasta la meta, he
conservado la fe" (2 Tm 4, 7).
La fe se "conserva" dándola (cf. Redemptoris missio,
2). Esta es la enseñanza del apóstol san Pablo. Es lo que ha acontecido desde
que los discípulos, el día de Pentecostés, al salir del Cenáculo y bajo el
impulso del Espíritu Santo, se dispersaron en todas las direcciones. Esta misión
evangelizadora prosigue en el tiempo y es la manera normal como la
Iglesia administra el tesoro de la fe. Todos debemos participar activamente
en su dinamismo.
Con estos sentimientos os dirijo mi más cordial saludo a vosotros, queridos y
venerados hermanos, que estáis en torno a mí. De modo especial os saludo a
vosotros, queridos arzobispos metropolitanos, que habéis sido nombrados
a lo largo del último año y habéis venido a Roma para el tradicional rito de
la imposición del palio. Procedéis de veintiún países de los cinco
continentes. En vuestros rostros contemplo el rostro de vuestras
comunidades: una inmensa riqueza de fe y de historia, que en el pueblo de
Dios se compone y se armoniza como en una sinfonía.
Saludo también a los nuevos obispos, ordenados durante este año. También
vosotros provenís de diversas partes del mundo. En los diferentes miembros del
cuerpo eclesial, que representáis aquí, hay esperanzas y alegrías, pero no
faltan ciertamente las heridas. Pienso en la pobreza, en los conflictos, a
veces incluso en las persecuciones. Pienso en la tentación del secularismo, de
la indiferencia y del materialismo práctico, que mina el vigor del testimonio
evangélico. Todo esto no debe debilitar, sino intensificar en nosotros,
venerados hermanos en el episcopado, el anhelo de llevar la buena nueva del amor
de Dios a todos los hombres.
Oremos para que la fe de san Pedro y san Pablo sostenga nuestro testimonio común
y nos disponga, si fuera necesario, a llegar hasta el martirio.
4. Precisamente el martirio fue el coronamiento del testimonio de Cristo
que dieron los dos apóstoles que hoy celebramos. Con algunos años de
diferencia, uno y otro derramaron su sangre aquí en Roma, consagrándola de una
vez para siempre a Cristo. El martirio de san Pedro marcó la vocación de Roma
como sede de sus sucesores en el primado que Cristo le confirió al servicio de
la Iglesia: servicio a la fe, servicio a la unidad y
servicio a la misión (cf. Ut unum sint, 88).
Es urgente este anhelo de fidelidad total al Señor; es cada vez más intenso el
deseo de la unidad plena de todos los creyentes. Soy consciente de que,
"después de siglos de duras polémicas, las otras Iglesias y comunidades
eclesiales escrutan cada vez más con una mirada nueva este
ministerio de unidad" (ib., 89). Esto vale de modo particular para
las Iglesias ortodoxas, como pude notar también en los días pasados durante
mi visita a Ucrania. ¡Cómo quisiera que llegara cuanto antes el día de la
reconciliación y de la comunión recíproca!
Con este espíritu, me alegra dirigir mi cordial saludo a la delegación del
patriarcado de Constantinopla, guiada por su eminencia Jeremías,
metropolita de Francia y exarca de España, a quien el patriarca ecuménico
Bartolomé I ha enviado para la celebración de San Pedro y San Pablo. Su
presencia añade una nota particular de alegría a nuestra fiesta. Que esos dos
santos apóstoles intercedan por nosotros, para que nuestro compromiso común
nos estimule a preparar el restablecimiento de la unidad, plena y armoniosa, que
deberá caracterizar a la comunidad cristiana en el mundo. Cuando esto
acontezca, el mundo podrá reconocer más fácilmente el auténtico rostro de
Cristo.
5. "He conservado la fe" (2 Tm 4, 7). Así afirma el apóstol
san Pablo haciendo el balance de su vida. Y sabemos de qué modo la conservó:
dándola, difundiéndola, haciéndola fructificar lo más posible. Hasta la
muerte.
Del mismo modo, la Iglesia está llamada a conservar el "depósito" de
la fe, comunicándolo a todos los hombres y a todo el hombre. Para esto
el Señor la envió al mundo, diciendo a los Apóstoles: "Id, pues, y
haced discípulos a todas las gentes" (Mt 28, 19). Ahora, al
comienzo del tercer milenio, este mandato misionero es más válido que
nunca. Más aún, frente a la amplitud del nuevo horizonte, debe recuperar
la lozanía de los comienzos (cf. Redemptoris missio, 1).
Si san Pablo viviera hoy, ¿cómo expresaría el anhelo misionero que distinguió
su acción al servicio del Evangelio? Y san Pedro ciertamente no dejaría de
animarlo en este generoso impulso apostólico, tendiéndole la mano en señal de
comunión (cf. Ga 2, 9).
Así pues, encomendemos a la intercesión de estos dos santos apóstoles el
camino de la Iglesia al comienzo del nuevo milenio. Invoquemos a María, la
Reina de los Apóstoles, para que en todas partes el pueblo cristiano crezca en
la comunión fraterna y en el impulso misionero.
Quiera Dios que cuanto antes toda la comunidad de los creyentes proclame con un
solo corazón y una sola alma: "Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios
vivo". Tú eres nuestro Redentor, nuestro único Redentor, ayer, hoy y
siempre. Amén.
|