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 MISA CONCELEBRADA CON LOS SACERDOTES DE AOSTA  

HOMILÍA DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II

20 de julio de 2001

 

1. "¿Cómo pagaré al Señor todo el bien que me ha hecho? Alzaré el cáliz de la salvación, invocando su nombre" (Salmo responsorial).

Las palabras del Salmo responsorial, que acabamos de escuchar, se adaptan muy bien a esta liturgia eucarística, que tengo la alegría de celebrar juntamente con vosotros, amadísimos sacerdotes de la diócesis de Aosta. Os saludo cordialmente a cada uno y os doy las gracias por haber venido aquí, a Les Combes, donde estoy a punto de concluir mi saludable estancia entre los montes del Valle de Aosta. Saludo, en particular, a vuestro obispo, y le agradezco de corazón su solícita cercanía, que he apreciado mucho. Saludo a la comunidad salesiana, que con generosidad me hospeda en esta casa. Renuevo mi gratitud a todos los que durante estos días han contribuido, de diversas maneras, a que tuviera una estancia serena. Por cada uno ofrezco al Señor esta celebración eucarística.

2. "Te ofreceré un sacrificio de alabanza" (Salmo responsorial).

El "sacrificio de alabanza" por excelencia es la Eucaristía. Cada vez que la celebramos, ofrecemos al Padre, por el Hijo, en el Espíritu Santo, el sacrificio agradable a él, para la salvación del mundo.

La vida y la misión del sacerdote están íntimamente vinculadas a la realización de este sacrificio eucarístico. Es más, se puede decir que el presbítero está llamado a identificarse con él, a convertirse él mismo en "sacrificio de alabanza". Pienso, en este momento, en los innumerables santos sacerdotes que se han inmolado juntamente con Cristo al servicio del pueblo cristiano.

Pienso en los que han difundido el buen olor de Cristo en vuestra tierra, sirviendo a la Iglesia de san Anselmo, a la que pertenecéis. "Han cumplido al Señor sus votos, en presencia de todo el pueblo" (cf. Salmo responsorial).

3. El evangelio de hoy, tomado de san Mateo, nos ayuda a profundizar en esta verdad, cuando refiere la célebre expresión  que  el Señor dirigió a los fariseos:  "Si comprendierais lo que significa:  "Misericordia quiero y no sacrificio"..." (Mt 12, 7).

En realidad, en la Eucaristía se hace presente todo el misterio de la misericordia divina, que se reveló y cumplió en la pasión, muerte y resurrección del Hijo de Dios. El sacrificio que él, Sacerdote de la Alianza nueva y eterna, ofreció al Padre y ordenó perpetuar en el memorial eucarístico, no se realiza según la antigua ley, sino según el Espíritu, y lleva a cabo la redención de la humanidad porque cumple el designio misericordioso de Dios sobre ella.

En esta línea, en este mismo misterio, se sitúa también -por bondad del Señor que nos ha llamado- nuestro servicio sacerdotal y toda nuestra existencia. El sacerdote, tal como Jesús mismo lo quiso, uniéndolo indisolublemente a los sacramentos de la Eucaristía y de la reconciliación, es ministro de Cristo, de su sacrificio y de su misericordia.

4. Amadísimos hermanos, entregándoos de nuevo idealmente la Carta que escribí a los sacerdotes de todo el mundo para el Jueves santo de este año, oro en particular por vosotros y por cuantos trabajan en esta diócesis. Que la experiencia de la misericordia divina os santifique y os convierta en ministros generosos del perdón y la reconciliación.

¡Todo es gracia! Lo es, de modo singular, la vida del sacerdote, ministro de la gracia divina y, por ello, llamado a "vivir con sentido de infinita gratitud el don del ministerio" (Carta a los sacerdotes con motivo del Jueves santo de 2001, n. 10:  L'Osservatore  Romano, edición en lengua española, 6 de abril de 2001, p. 7).

Queridos sacerdotes, no temáis dedicar tiempo y energías al sacramento de la reconciliación. Hoy, más que nunca, el pueblo  de Dios necesita redescubrirlo, en su  sobria dignidad litúrgica, como  camino  ordinario  para el perdón de  los  pecados  graves  y  también en su  benéfica función "humanizadora" (cf. ib., 12-13). Que el santo cura de Ars sea vuestro modelo y guía.

Vele sobre vosotros y sobre vuestro ministerio la Virgen santísima, Madre de la misericordia. A ella os encomiendo a todos vosotros y a vuestras comunidades. Por mi parte, os aseguro un recuerdo constante en la oración, para que repitáis todos los días con gratitud:  "¿Cómo pagaré al Señor todo el bien que me ha hecho? Alzaré el cáliz de la salvación, invocando su nombre".

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