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MISA DE BEATIFICACIÓN DE SIETE SIERVOS DE DIOS

HOMILÍA DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II 

Domingo 7 de octubre de 2001


1. "El justo vivirá por su fe" (Ha 2, 4). Con estas palabras llenas de confianza y esperanza el profeta Habacuc se dirige al pueblo de Israel en un momento particularmente agitado de su historia. Releídas por el apóstol san Pablo a la luz del misterio de Cristo, estas mismas palabras se utilizan para expresar un principio universal:  con la fe es como el hombre se abre a la salvación que le viene de Dios.

Hoy tenemos la alegría de contemplar este gran misterio de salvación actualizado en los nuevos beatos. Son los justos que por su fe viven con Dios eternamente:  Ignacio Maloyan, obispo y mártir; Nicolás Gross, padre de familia y mártir; Alfonso María Fusco, presbítero; Tomás María Fusco, presbítero; Emilia Tavernier Gamelin, religiosa; Eugenia Picco, virgen; y María Eutimia Üffing, virgen.

Estos ilustres hermanos nuestros, elevados ahora a la gloria de los altares, supieron traducir su fe indómita en Cristo en una extraordinaria experiencia de amor a Dios y de servicio al prójimo.

2. Monseñor Ignacio Maloyan, que murió mártir a la edad de 46 años, nos recuerda el combate espiritual de todo cristiano, cuya fe está expuesta a los ataques del mal. De la Eucaristía sacaba, día a día, la fuerza necesaria para cumplir con generosidad y celo su ministerio sacerdotal, dedicándose a la predicación, a la pastoral de los sacramentos y al servicio de los más pobres. A lo largo de su existencia vivió plenamente las palabras de san Pablo:  "Dios no nos ha dado un espíritu cobarde, sino un espíritu de energía, amor y buen juicio" (2 Tm 1, 7). Frente a los peligros de la persecución, el beato Ignacio no aceptó ninguna componenda, declarando a quienes lo amenazaban:  "A Dios no le agrada que reniegue de Jesús mi Salvador. Derramar la sangre por mi fe es el deseo más vivo de mi corazón". Que su ejemplo ilumine hoy a todos los que quieren ser auténticos testigos del Evangelio, para la gloria de Dios y la salvación de sus hermanos.

3. En su vida de madre de familia y de religiosa fundadora de las Religiosas de la Providencia, Emilia Tavernier Gamelin fue modelo de abandono valiente a la Providencia. Su atención a las personas y a las situaciones la llevó a inventar formas nuevas de caridad. Tenía un corazón abierto a todas las necesidades, sirviendo especialmente a los pobres y a los humildes, a quienes deseaba tratar como reyes. Considerando que lo había recibido todo del Señor, daba con generosidad. Ese era el secreto de su alegría profunda, incluso en la adversidad. Con espíritu de confianza total en Dios y con un sentido agudo de la obediencia, como el "siervo" del evangelio, cumplió su deber de estado como un mandamiento divino, buscando hacer en todo la voluntad del Señor. Que la nueva beata sea un modelo de contemplación y acción para las religiosas de su instituto y para las personas que trabajan con ellas.

4. Los dos nuevos beatos de Alemania nos remontan a un período sombrío del siglo XX. Nuestra mirada se dirige al beato Nicolás Gross, periodista y padre de familia. Con perspicacia comprendió que la ideología nacionalsocialista no era compatible con la fe cristiana. Valientemente tomó la pluma para defender la dignidad del hombre. Nicolás Gross amó mucho a su mujer y a sus hijos. Pero ni siquiera este vínculo que lo unía a su familia lo llevó a abandonar a Cristo y su Iglesia.
Sabía muy bien que "si hoy no arriesgamos nuestra vida, ¿cómo podremos presentarnos luego ante Dios y ante nuestro pueblo?". Por esta convicción fue conducido al patíbulo, pero precisamente por ello se le abrieron las puertas del cielo. En el beato mártir Nicolás Gross se cumple lo que anunció el profeta:  "El justo vivirá por su fe" (Ha 2, 4).

5. La beata sor Eutimia dio un testimonio totalmente diferente. La religiosa de la Misericordia se dedicó al cuidado de los enfermos, en particular de los prisioneros de guerra y de los trabajadores extranjeros. Por esta razón, la llamaban también "mamá Eutimia". Después de la guerra debió encargarse de la lavandería, en vez de la asistencia a los enfermos. Hubiera preferido atender a los hombres más que a las máquinas; sin embargo, siguió siendo una religiosa compasiva, que tenía para todos una sonrisa y una palabra amable. Así expresaba su deseo:  "El Señor debe servirse de mí y convertirme en un rayo de sol que ilumina todos los días". Vivió según el lema:  cualquier cosa que hagamos, somos siempre unos "siervos inútiles, pues hemos hecho lo que teníamos que hacer" (Lc 17, 10). Su grandeza reside en la fidelidad a lo pequeño.

6. "Si tuvierais  fe como un granito de mostaza...", exclama Jesús conversando con los discípulos (Lc 17, 6).

Una fe genuina y tenaz guió la vida y la obra del beato don Alfonso María Fusco, fundador de las Religiosas de San Juan Bautista. Desde que era muchacho, el Señor puso en su corazón el deseo apasionado de dedicar su vida al servicio de los más pobres, especialmente de los niños y los jóvenes, que encontraba en gran número en su ciudad natal, Angri, en Campania. Para ello emprendió el camino del sacerdocio y llegó a ser, en cierto sentido, "el don Bosco del sur". Desde el principio quiso comprometer en su obra a algunas jóvenes que compartían su ideal, proponiéndoles como lema las palabras de san Juan Bautista:  "Parate viam Domini", "Preparad el camino del Señor" (Lc 3, 4). Confiando en la divina Providencia, el beato Alfonso María y las religiosas bautistinas realizaron una labor que superaba con mucho sus expectativas. De una simple casa de acogida surgió un Instituto que hoy está presente en dieciséis países y cuatro continentes, junto a los "pequeños" y los "últimos".

7. La singular vitalidad de la fe, testimoniada por el evangelio de hoy, aflora también en la vida y la actividad de don Tomás María Fusco, fundador del instituto de las Hijas de la Caridad de la Preciosísima Sangre. En virtud de la fe supo vivir, en el mundo, la realidad del reino de Dios de un modo muy especial. Entre sus jaculatorias, había una que apreciaba en particular:  "Creo en ti, Dios mío; aumenta mi fe". Esto es precisamente lo que piden los Apóstoles a Jesús en el evangelio de hoy (cf. Lc 17, 6). En efecto, el beato Tomás María había comprendido que la fe es ante todo un don, una gracia. Nadie puede conquistarla o ganarla por sí solo. Sólo se puede pedir, implorar de lo alto. Por eso, iluminados por la valiosa enseñanza del nuevo beato, no nos cansemos jamás de invocar el don de la fe, porque "el justo vivirá por su fe" (Ha 2, 4).

8. La síntesis vital entre contemplación y acción, realizada a partir de la participación diaria en la Eucaristía, fue el fundamento de la experiencia espiritual y del impulso de caridad de Eugenia Picco. En su vida se esforzó siempre por ponerse a la escucha de la voz del Señor, según la invitación de la liturgia dominical de hoy (cf. Antífona del salmo responsorial), sin huir jamás de los servicios que le exigía su amor al prójimo. En Parma se ocupó de la pobreza de la gente, respondiendo a las necesidades de los jóvenes y de las familias indigentes y asistiendo a las víctimas de la guerra que entonces ensangrentaba a Europa. También ante el sufrimiento, con los inevitables momentos de dificultad y desasosiego que entraña, la beata Eugenia Picco supo transformar la experiencia del dolor en ocasión de purificación y crecimiento interior. Aprendamos de la nueva beata el arte de escuchar la voz del Señor, para ser testigos creíbles del evangelio de la caridad en los albores de este milenio.

9. "Mirabilis Deus in sanctis suis!". Juntamente con las comunidades en las que los nuevos beatos vivieron y por las que gastaron sus mejores energías humanas y espirituales, queremos dar gracias a Dios, "admirable en sus santos". Al mismo tiempo, le pedimos, por su intercesión, que nos ayude a responder con renovado ardor a la vocación universal a la santidad. Amén.

 

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