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HOMILÍA DEL SANTO
PADRE JUAN PABLO II AL FINAL DEL CANTO DEL "TEDEUM" Y DE LAS
VÍSPERAS
Lunes 31 de diciembre de 2001
1. "Señor, ¿es este el tiempo?": ¡cuántas
veces el hombre se hace esta pregunta, especialmente en los momentos dramáticos
de la historia! Siente el vivo deseo de conocer el sentido y la dinámica de los
acontecimientos individuales y comunitarios en los que se encuentra implicado.
Quisiera saber "antes" lo que sucederá "después", para que
no lo tome por sorpresa.
También los Apóstoles tuvieron este deseo. Pero Jesús nunca secundó esta
curiosidad. Cuando le hicieron esa pregunta, respondió que sólo el Padre
celestial conoce y establece los tiempos y los momentos (cf. Hch 1, 7).
Pero añadió: "Recibiréis la fuerza del Espíritu Santo, que vendrá
sobre vosotros, y seréis mis testigos (...) hasta los confines de la
tierra" (Hch 1, 8), es decir, los invitó a tener una actitud
"nueva" con respecto al tiempo.
Jesús nos exhorta a no escrutar inútilmente lo que está reservado a Dios -que
es, precisamente, el curso de los acontecimientos-, sino a utilizar el tiempo
del que cada uno dispone -el presente-, difundiendo con amor filial el Evangelio
en todos los rincones de la tierra. Esta reflexión es muy oportuna también
para nosotros, al concluir un año y a pocas horas del inicio del año nuevo.
2. "Al llegar la plenitud de los tiempos, envió Dios a su Hijo,
nacido de mujer" (Ga 4, 4). Antes del nacimiento de Jesús, el
hombre estaba sometido a la tiranía del tiempo, como el esclavo que no sabe lo
que piensa su amo. Pero cuando "el Verbo se hizo carne, y puso su morada
entre nosotros" (Jn 1, 14), esta perspectiva cambió totalmente.
En la noche de Navidad, que celebramos hace una semana, el Eterno entró en la
historia, el "todavía no" del tiempo, medido por el devenir
inexorable de los días, se unió misteriosamente con el "ya" de la
manifestación del Hijo de Dios. En el insondable misterio de la Encarnación,
el tiempo alcanza su plenitud. Dios abraza la historia de los hombres en la
tierra para llevarla a su cumplimiento definitivo.
Por tanto, para nosotros, los creyentes, el sentido y el fin de la historia
y de todas las vicisitudes humanas están en Cristo. En él, Verbo eterno
hecho carne en el seno de María, la eternidad nos envuelve, porque Dios ha
querido hacerse visible, revelando el fin de la historia misma y el destino de
los esfuerzos de todas las personas que viven en la tierra.
Precisamente por eso en esta liturgia, mientras nos despedimos del año 2001,
sentimos la necesidad de renovar, con íntima alegría, nuestra gratitud a Dios
que, en su Hijo, nos ha introducido en su misterio dando inicio al tiempo nuevo
y definitivo.
3. Te Deum laudamus; te Dominum confitemur.
Con estas palabras del antiguo himno elevamos a Dios la expresión de nuestra
profunda gratitud por el bien que nos ha concedido a lo largo de los doce meses
pasados.
Mientras desfilan ante nuestros ojos los numerosos acontecimientos del año
2001, quisiera saludar con afecto al cardenal vicario, acompañado por
los obispos auxiliares y numerosos párrocos, mis valiosos
colaboradores en el servicio pastoral en la Iglesia de Roma. Extiendo mi saludo
al señor alcalde y a los miembros de la Junta y del Concejo, así como a
las demás autoridades presentes y a cuantos están aquí en representación de
las diversas instituciones ciudadanas.
Desde esta basílica, tan querida para los romanos, envío mi saludo y mi
felicitación a toda la población de la ciudad y, de modo especial, a
cuantos pasan estos días de fiesta en medio de privaciones y dificultades. A
todos aseguro mi recuerdo, así como mi intensa y ferviente oración, a la vez
que invito a cada uno a proseguir con tesón su camino, confiando en la
Providencia, siempre amorosa en sus misteriosos designios.
4. Resuena aún en nuestra ciudad el eco del gran jubileo, que ha
marcado profundamente la vida de Roma y de sus habitantes, derramando en la
comunidad de los creyentes una gran riqueza de gracia. La Asamblea diocesana
de junio de 2001, preparada esmeradamente en las parroquias y en las realidades
eclesiales, ha vuelto a proponer el compromiso de la misión permanente como
objetivo al que es preciso tender con decisión durante estos años, según las
indicaciones de la carta apostólica Novo millennio ineunte y del
programa pastoral diocesano, que se inspira en ella.
Roma siente una constante necesidad de anunciar y encontrar a Cristo en la
escucha de su palabra, en la Eucaristía y en la caridad. Por tanto, es preciso
que aumente el celo apostólico en el corazón de los sacerdotes, de los
religiosos, de las religiosas y de los numerosos laicos que han aceptado su
llamada a ser testigos del Señor en las familias y en los lugares de trabajo.
A todos repito lo que escribí en el mensaje enviado a la Asamblea diocesana del
pasado mes de junio: "Remad mar adentro para llevar el anuncio del
Evangelio a los hogares, los ambientes y los barrios, (...) a toda la
ciudad" (n. 4: L'Osservatore Romano, edición en lengua española,
29 de junio de 2001, p. 2).
Ojalá que cada comunidad cristiana sea escuela de oración y gimnasio de
santidad, una familia de familias, donde la acogida del Señor y la fraternidad
vivida en torno a la Eucaristía se traduzcan en el impulso de una renovada
evangelización.
5. Hay otro gran objetivo, relacionado con la misión permanente, indicado
por el programa pastoral diocesano y que será objeto de singular reflexión en
la Asamblea diocesana de junio de 2002: la pastoral vocacional.
Cada parroquia y comunidad está llamada a la oración constante, para que el Señor
envíe obreros a su mies, y a una dinámica y confiada labor de formación de
los jóvenes y las familias, a fin de que se comprenda la llamada de Dios en su
fuerza liberadora y se la acoja con alegría y gratitud.
Me dirijo sobre todo a vosotros, queridos párrocos y queridos sacerdotes, para
que la alegría de ser ministros de Cristo y la generosidad del servicio a la
Iglesia se manifiesten siempre con evidencia en vuestra vida. Se trata de una
condición importante para la eficacia de la pastoral vocacional. En la base de
toda vocación sacerdotal y religiosa hay casi siempre un sacerdote que, con su
ejemplo y su dirección espiritual, ha introducido y acompañado a la persona
que buscaba por el camino del "don" y del "misterio".
6. Te Deum laudamus! Esta tarde, de nuestro corazón agradecido se
eleva este canto de alabanza y de acción de gracias. Acción de gracias por los
beneficios recibidos, por las metas apostólicas alcanzadas y por el bien
realizado. Quisiera dar gracias, de modo especial, por las trescientas
parroquias de nuestra ciudad que he podido visitar hasta ahora. Pido a Dios la
fuerza para proseguir, hasta que él quiera, el servicio fiel a la Iglesia de
Roma y al mundo entero.
Sin embargo, amadísimos hermanos y hermanas, al final de un año es
particularmente necesario tomar conciencia también de nuestras debilidades y de
los momentos en que no hemos sido plenamente fieles al amor de Dios. Pidamos
perdón al Señor por nuestras faltas y omisiones: Miserere nostri,
Domine, miserere nostri. Sigamos abandonándonos con confianza a la bondad
del Señor. Él no dejará de tener misericordia con nosotros y de ayudarnos a
proseguir nuestro compromiso apostólico.
7. In Te, Domine, speravi: non confundar in aeternum!
Confiamos y nos abandonamos en tus manos, Señor del tiempo y de la eternidad. Tú
eres nuestra esperanza: la esperanza de Roma y del mundo, el apoyo de los
débiles y el consuelo de los extraviados, la alegría y la paz de quien te
acoge y te ama.
Mientras termina este año y la mirada se proyecta ya al nuevo, el corazón se
abandona con confianza a tus misteriosos designios de salvación.
Fiat misericordia tua, Domine, super nos, quaemadmodum speravimus in te.
Que tu misericordia esté siempre con nosotros: en ti hemos esperado. Sólo
esperamos en ti, oh Cristo, Hijo de la Virgen María, dulce Madre tuya y
nuestra.
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