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CELEBRACIÓN ECUMÉNICA DE VÍSPERAS EN EL VII CENTENARIO DEL NACIMIENTO DE SANTA BRÍGIDA DE SUECIA, COPATRONA DE EUROPA

HOMILÍA DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II

Viernes 4 de octubre de 2002

 

1. "Pues no quise saber entre vosotros sino a Jesucristo, y este crucificado" (1 Co 2, 2). Las palabras del apóstol san Pablo, que han resonado durante esta celebración ecuménica, tuvieron un eco singular en la actividad y en la experiencia mística de santa Brígida de Suecia, de cuyo nacimiento conmemoramos el VII centenario. En las diversas etapas de su existencia, en las que fue primero esposa, madre y educadora, después viuda y por último iniciadora de un nuevo camino de vida consagrada, la santa se inspiró constantemente en el misterio de la pasión y muerte de Cristo. Sus ojos no se cansaron de contemplar el rostro del Crucificado.

La recordamos esta tarde, a la vez que damos  gracias al Señor por una hija tan ilustre y tan santa de la noble tierra de Suecia, vinculada a la ciudad de Roma y testigo singular de las profundas raíces cristianas de la civilización europea.

2. Me complace saludaros cordialmente a vosotros, queridos hermanos y hermanas que participáis en esta solemne liturgia de Vísperas en honor de santa Brígida. Mi pensamiento va en particular a mis hermanos en el episcopado, al clero y a los religiosos y religiosas presentes.

Con espíritu de fraternidad y amistad saludo a los distinguidos representantes de las Iglesias luteranas. Vuestra presencia en esta oración es motivo de profunda alegría. Espero que nuestro encuentro en el nombre del Señor contribuya a fomentar nuestro diálogo ecuménico y acorte el camino hacia la plena unidad de los cristianos.

Deseo enviar un saludo especial a sus majestades el rey y la reina de Suecia, representados aquí por su hija, la princesa Victoria.

Saludo respetuosamente a las demás autoridades religiosas y civiles aquí presentes, así como a los organizadores, a los oradores y a los participantes en el simposio sobre "El camino de la belleza para un mundo más justo y más digno", en conmemoración del VII centenario del nacimiento de santa Brígida. Dirijo un saludo afectuoso a las queridas religiosas de la Orden del Santísimo Salvador de Santa Brígida, presentes con la abadesa general.

3. Aquí, junto a las tumbas de los Apóstoles y en los lugares santificados por la sangre de los mártires, santa Brígida pasó muchas horas en oración durante su estancia en Roma. Aquí sacó fuerza y firmeza para poder realizar ese extraordinario compromiso caritativo, misionero y social, que hizo de ella una de las personas más notables de su tiempo.

Contemplando al Señor crucificado y en íntima unión con su Pasión fue capaz, con determinación profética, de completar la misión que Cristo le había confiado para el bien de la Iglesia y de la sociedad de aquella época.

La estatua de mármol colocada en el exterior de la basílica vaticana, junto a la entrada llamada comúnmente puerta de la Plegaria, expresa muy bien el fervor de su vida y de su espiritualidad. Santa Brígida está representada en actitud de oración, con el libro de sus "Revelaciones" abierto, llevando un bastón y una alforja de peregrino, mientras contempla a Cristo crucificado.

4. Deseo poner de relieve otro aspecto de la personalidad de esta gran misionera de la fe, a la que quise proclamar copatrona de Europa:  su anhelo activo y diligente de la unidad de los cristianos. En una época compleja y difícil de la historia eclesial y europea, esta discípula invicta del Señor no dejó de trabajar por la cohesión y el auténtico progreso de la unidad de los creyentes. Me complace repetir aquí cuanto he recordado recientemente a las religiosas Brígidas en un mensaje enviado precisamente con ocasión del VII centenario de su nacimiento. Santa Brígida -he escrito-, "como mujer de unidad, se nos presenta como testigo de ecumenismo. Su personalidad armoniosa inspira la vida de la Orden, cuyo origen se remonta a ella en la dirección de un ecumenismo espiritual y a la vez operativo" (Mensaje a la reverenda madre Tekla Famiglietti, abadesa general de la Orden del Santísimo Salvador, n. 6). Se trata de una herencia espiritual que conviene recoger y de un compromiso común que es preciso proseguir con gozosa generosidad. Pero, puesto que la unidad de la Iglesia es una gracia del Espíritu, somos conscientes de que ante todo es necesario implorarla constantemente en la oración, y después construirla con tenacidad incansable, dando cada uno su contribución personal.

5. Amadísimos hermanos y hermanas, hoy se celebra la fiesta de san Francisco de Asís. De todos son conocidas la admiración y la devoción que esta terciaria franciscana sentía por el Poverello de Asís. Entre las numerosas peregrinaciones que realizó a los principales santuarios de su época, destaca la del verano de 1352 a Asís. Fue una visita que le dejó en la mente y en el corazón un recuerdo imborrable.

Que estos dos grandes santos, que tanta influencia han ejercido en la vida de la Iglesia y en la historia del continente europeo, nos ayuden a ser, como ellos, testigos valientes de Cristo y de su perenne mensaje de salvación. Interceda por nosotros María, de quien santa Brígida fue siempre muy devota, para que contribuyamos eficazmente a la instauración del reino de Cristo y a la construcción de la civilización del amor.

 

 

© Copyright 2002 - Libreria Editrice Vaticana

 

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