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PRIMERAS VÍSPERAS DE LA SOLEMNIDAD DE SANTA MARÍA, MADRE DE DIOS
Y CANTO DEL "TE DEUM"

HOMILÍA DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II

Martes 31 de diciembre de 2002 

 

1. "Nacido de mujer, nacido bajo la ley" (Ga 4, 4).

Con esta expresión, el apóstol san Pablo resume el misterio del Hijo de Dios, "engendrado, no creado, de la misma naturaleza del Padre".

"Tu Patris sempiternus es Filius", acabamos de cantar en el himno Te Deum. En el abismo inescrutable de Dios tiene su origen "ab aeterno" la misión de Cristo, destinada a "recapitular todo en Cristo, lo que está en los cielos y lo que está en la tierra" (Ef 1, 10).

El tiempo, iniciado con la creación, alcanza su plenitud cuando es "visitado" por Dios en la Persona del Hijo unigénito. En el momento en que Jesús nace en Belén, acontecimiento de alcance incalculable en la historia de la salvación, la bondad de Dios adquiere un "rostro" visible y tangible (cf. Tt 3, 4).

Ante el Niño, al que María envuelve en pañales y acuesta en el pesebre, todo parece detenerse. Aquel que es el Alfa y la Omega, el principio y el fin, gime en los brazos de una mujer:  ¡el Creador ha nacido entre nosotros!

En Jesús, el Padre celestial ha querido rescatarnos del pecado y adoptarnos como hijos (cf. Ga 4, 5). Junto con María, adoremos en silencio un misterio tan grande.

2. Este es el sentimiento que nos embarga, mientras celebramos las primeras Vísperas de la solemnidad de Santa María, Madre de Dios. La liturgia hace coincidir esta significativa fiesta mariana con el fin y el inicio del año. Por eso, esta tarde, al contemplar el misterio de la maternidad divina de la Virgen, elevamos el cántico de nuestra gratitud porque está a punto de concluir el año 2002, a la vez que se perfila en el horizonte de la historia el 2003. Demos gracias a Dios desde lo más hondo de nuestro corazón por todos los beneficios que nos ha concedido durante los doce meses pasados.

Pienso, en particular, en la generosa respuesta de tantos jóvenes a la propuesta cristiana; pienso en la creciente sensibilidad eclesial ante los valores de la paz, de la vida y de la conservación de la creación; pienso también en algunos pasos significativos dados en el arduo camino ecuménico. Por todo esto demos gracias a Dios, pues sus dones preceden y acompañan siempre todos los gestos positivos que realizamos.

3. Me alegra vivir estos momentos, como cada año, con todos vosotros, amadísimos hermanos y hermanas, que representáis a la comunidad diocesana de Roma. A cada uno dirijo un cordial saludo. Saludo al cardenal vicario, a los obispos auxiliares, a los sacerdotes y a las religiosas comprometidos en el servicio pastoral en las diversas parroquias y en las oficinas diocesanas. Saludo al señor alcalde de Roma, a los miembros de la Junta y del Concejo municipal, así como a las demás autoridades provinciales y regionales. Mi saludo se extiende a todos los que viven en nuestra ciudad y en nuestra región, en particular a cuantos se encuentran en situaciones de dificultad y necesidad.

El camino de la Iglesia en Roma se ha caracterizado este año por un compromiso especial en favor de las vocaciones sacerdotales y religiosas. En este tema, decisivo para el presente y el futuro de la evangelización, centró su atención la asamblea diocesana del pasado mes de junio. Hacia este mismo objetivo convergen las diferentes iniciativas y actividades pastorales organizadas por la diócesis. La atención a las vocaciones se inserta justamente dentro de la opción en favor del espíritu misionero que, después  de  la Misión ciudadana, constituye  la  línea fundamental de la vida y de la pastoral de la Iglesia de Roma.

4. Todos deben sentirse implicados en esta vasta acción misionera y vocacional. Pero corresponde en primer lugar a los sacerdotes trabajar por las vocaciones, ante todo viviendo con alegría el gran don y misterio que Dios ha puesto en ellos, para "engendrar" nuevas y santas vocaciones.

La pastoral vocacional ha de ser una prioridad para las parroquias, llamadas a ser escuelas de santidad y de oración, gimnasios de caridad y de servicio a los hermanos, y especialmente para las familias que, como células vitales, forman la comunidad parroquial. Cuando entre los esposos reina el amor, los hijos crecen moralmente sanos, y florecen más fácilmente las vocaciones al sacerdocio y a la vida consagrada.

En este año, que he querido proclamar "Año del Rosario", os invito particularmente a vosotras, queridas familias de Roma, a rezar todos los días el rosario, para que en vuestro seno se cree el clima favorable a la escucha de Dios y al cumplimiento fiel de su voluntad.

5. "Fiat misericordia tua, Domine, super nos, quemadmodum speravimus in te:  Que tu  misericordia, Señor, venga sobre nosotros, como lo esperamos de ti".

¡Tu misericordia, Señor! En esta liturgia de fin de año, además de la alabanza y la acción de gracias, realizamos un sincero examen de conciencia personal y comunitario. Pedimos perdón al Señor por las faltas que hemos cometido, conscientes de que Dios, rico en misericordia, es infinitamente más grande que nuestros pecados.

"En ti esperamos". En ti, Señor, -reafirmamos esta tarde- reside nuestra esperanza. Tú, en la Navidad, has traído la alegría al mundo, irradiando tu luz sobre el camino de los hombres y de los pueblos. Las ansias y las angustias no pueden apagarla; el esplendor de tu presencia nos consuela constantemente.

Que todo hombre y toda mujer de buena voluntad encuentren y experimenten la fuerza de tu amor y de tu paz. Que la ciudad de Roma y la humanidad entera te acojan como su único Salvador. Este es mi deseo para todos; un deseo que pongo en las manos de María, Madre de Dios, Salus populi romani.

 

 

© Copyright 2002 - Libreria Editrice Vaticana

 

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