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VIGILIA PASCUAL
HOMILÍA DE JUAN PABLO II
Sábado, 19 de abril de 2003
1. "No os asustéis. ¿Buscáis a Jesús el Nazareno, el crucificado? No está aquí. Ha resucitado" (Mc 16,6).
Al alba del primer día después
del sábado, como narra el Evangelio, algunas mujeres van al sepulcro para
embalsamar el cuerpo de Jesús que, crucificado el viernes, rápidamente había
sido envuelto en una sábana y depositado en el sepulcro. Lo buscan, pero no lo
encuentran: ya no está donde había sido sepultado. De Él sólo
quedan las señales de la sepultura: la tumba vacía, las vendas, la sábana.
Las mujeres, sin embargo, quedan turbadas a la vista de un "joven
vestido con una túnica blanca", que les anuncia: "No está aquí.
Ha resucitado".
Esta desconcertante noticia,
destinada a cambiar el rumbo de la historia, desde entonces sigue resonando de
generación en generación: anuncio antiguo y siempre nuevo. Ha resonado una vez
más en esta Vigilia pascual, madre de todas las vigilias, y se está
difundiendo en estas horas por toda la tierra.
2. ¡Oh sublime misterio de esta Noche Santa! Noche en la cual revivimos
¡el extraordinario acontecimiento de la Resurrección! Si Cristo hubiera quedado prisionero del
sepulcro, la humanidad y toda la
creación, en cierto modo, habrían perdido su sentido. Pero Tú, Cristo, ¡has resucitado
verdaderamente!
Entonces se cumplen las
Escrituras que hace poco hemos escuchado de nuevo en la liturgia de la
Palabra, recorriendo las etapas de todo el designio salvífico. Al comienzo de
la creación "Vio Dios todo lo que había hecho: y era muy bueno"
(Gn 1,31). A Abrahán había prometido: "Todos los pueblos del
mundo se bendecirán con tu descendencia" (Gn 22,18). Se ha
repetido uno de los cantos más antiguos de la tradición hebrea, que expresa el
significado del antiguo éxodo, cuando "el Señor salvó a Israel de las
manos de Egipto" (Ex 14,30). Siguen cumpliéndose en nuestros días
las promesas de los Profetas: "Os infundiré mi espíritu, y haré que
caminéis..." (Ez 36,27).
3. En esta noche de Resurrección todo
vuelve a empezar desde el "principio"; la creación recupera su
auténtico significado en el plan de la salvación. Es como un nuevo comienzo
de la historia y del cosmos, porque "Cristo ha resucitado, primicia de
todos los que han muerto" (1 Co 15,20). Él, "el último
Adán", se ha convertido en "un espíritu que da vida"
(1 Co 15,45).
El mismo pecado de nuestros
primeros padres es cantado en el Pregón pascual como "felix
culpa", "¡feliz culpa que mereció tal Redentor!". Donde abundó el
pecado, ahora
sobreabundó la Gracia y "la piedra que desecharon los arquitectos es
ahora la piedra angular" (Salmo resp.) de un edificio espiritual
indestructible.
En esta Noche Santa ha nacido el
nuevo pueblo con el cual Dios ha sellado una alianza eterna con la sangre
del Verbo encarnado, crucificado y resucitado.
4. Se entra a formar parte del pueblo de los
redimidos mediante el Bautismo. "Por el bautismo -nos ha recordado
el apóstol Pablo en su Carta a los Romanos- fuimos sepultados con Él en la
muerte, para que, así como Cristo fue despertado de entre los muertos por la
gloria del Padre, así también nosotros andemos en una vida nueva" (Rm
6,4).
Esta exhortación va dirigida
especialmente a vosotros, queridos catecúmenos, a quienes dentro de poco
la Madre Iglesia comunicará el gran don de la vida divina. De diversas Naciones
la divina Providencia os ha traído aquí, junto a la tumba de San Pedro, para
recibir los Sacramentos de la iniciación cristiana: el Bautismo, la
Confirmación y la Eucaristía. Entráis así en la Casa del Señor, sois
consagrados con el óleo de la alegría y podéis alimentaros con el Pan del
cielo.
Sostenidos por la fuerza del Espíritu
Santo, perseverad en vuestra fidelidad a Cristo y proclamad con valentía
su Evangelio.
5. Queridos hermanos y hermanas
aquí presentes. También nosotros, dentro de unos instantes, nos uniremos a los
catecúmenos para renovar las promesas de nuestro Bautismo. Volveremos a
renunciar a Satanás y a todas sus obras para seguir firmemente a Dios y sus
planes de salvación. Expresaremos así un compromiso más fuerte de vida
evangélica.
Que María, testigo gozosa del
acontecimiento de la Resurrección, ayude a todos a caminar "en una vida
nueva"; que haga a cada uno consciente de que, estando nuestro hombre
viejo crucificado con Cristo, debemos considerarnos y comportarnos como hombres
nuevos, personas que "viven para Dios, en Jesucristo" (cf. Rm
6, 4.11).
Amén. ¡Aleluya!
© Copyright 2003 - Libreria Editrice Vaticana
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