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HOMILÍA DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
EN EL FUNERAL DEL CARDENAL AURELIO SABATTANI

Jueves 24 de abril de 2003

 

1. "Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia. (...) Bienaventurados los que trabajan por la paz" (Mt 5, 6. 9).

Acabamos de escuchar nuevamente, durante esta celebración con la que despedimos al venerado cardenal Aurelio Sabattani, la página evangélica de las Bienaventuranzas. ¡Cuántas veces meditó en ella durante su larga existencia!

"¡Bienaventurados!". Jesús proclama bienaventurados a quienes lo han seguido día a día, yendo contra corriente con respecto a la lógica del mundo. Nos parece que, en esta legión de sus discípulos fieles, aun con las limitaciones de toda existencia humana, se sitúa también este hermano nuestro, que prestó un múltiple y generoso servicio a la Iglesia. En sufragio de su alma ofrecemos esta liturgia eucarística, pidiendo al Señor que tenga misericordia de él y le conceda la bienaventuranza prometida a los pobres de espíritu, a los mansos, a los misericordiosos, a los que trabajan por la paz y a los que tienen hambre y sed de justicia.

2. "Alegraos y regocijaos, porque vuestra recompensa será grande en los cielos" (Mt 5, 12).
Nuestra morada definitiva y nuestra "recompensa", como recuerda Jesús en el evangelio, no están en esta tierra, sino en el cielo. Era muy consciente de ello el recordado cardenal, el cual, en su testamento espiritual, recomienda a sus seres queridos que "vivan en la fe y en la gracia de Dios, lo único que tiene valor definitivo". En efecto, sabía bien que, precisamente conformando su voluntad a la de Cristo, especialmente en los momentos difíciles y dolorosos de la vida, el creyente se hace digno de las bienaventuranzas evangélicas. Sólo abandonándose con confianza en las manos del Señor y cultivando en toda circunstancia una amistad ininterrumpida con él, se llega a ser verdaderos "hijos de Dios".

3. "Para mí la vida es Cristo, y la muerte, una ganancia" (Flp 1, 21). Así podía hablar de sí el apóstol san Pablo al final de su existencia. El querido cardenal expresó sentimientos semejantes en su testamento espiritual. Reconociendo que Dios lo había colmado de continuos y singulares beneficios, se ha presentado ahora a su juicio, después de haber ejercido él mismo el oficio de juez dentro de la Iglesia. Se ha presentado con serena confianza, como declara, consciente de haber estado animado siempre por el deseo de servir a Cristo y a la Iglesia.

Cristo es "el juez de vivos y muertos, constituido por Dios", afirma el apóstol san Pedro en la primera lectura (Hch 10, 42), que acaba de proponerse a nuestra atención. El cardenal Sabattani trató de vivir en unión con él, esforzándose por poner en práctica sus enseñanzas. Este es un motivo de consuelo también para nosotros en el momento de la despedida. Quien confía en el Señor, nos ha recordado el Salmo responsorial, no teme nada, aunque camine por cañadas oscuras (cf. Sal 23).

4. Conviene releer, precisamente desde esta perspectiva, la larga historia terrena del cardenal Aurelio Sabattani y, en especial, sus últimos años, marcados por numerosos sufrimientos. Habiendo obtenido el doctorado en utroque iure, después de la ordenación sacerdotal trabajó primero en la Secretaría de Estado y luego en su diócesis de Ímola. De nuevo en Roma, fue nombrado prelado auditor de la Rota romana.

Mi venerado predecesor el siervo de Dios Pablo VI, en 1965, lo nombró arzobispo y prelado de la Santa Casa de Loreto, donde permaneció hasta 1971.

Al regresar a Roma como secretario del Tribunal supremo de la Signatura apostólica, participó en varios congresos internacionales, haciéndose apreciar como brillante y docto canonista.
Miembro del Colegio cardenalicio desde 1983 con el título de San Apolinar en las Termas, se dedicó con empeño a la administración de la justicia en calidad de prefecto del Tribunal supremo de la Signatura apostólica. A continuación, fue arcipreste de la patriarcal basílica vaticana, vicario general para la Ciudad del Vaticano y presidente de la Fábrica de San Pedro.

5. Ahora, terminada su peregrinación terrena, ha llegado a la patria celestial, que el Señor reserva a sus servidores fieles.

El misterio pascual, que estamos celebrando solemnemente en esta octava, adquiere hoy un elocuente significado para nosotros. La vida recibida con el bautismo no termina con la muerte, porque Cristo, muriendo en la cruz, ha derrotado el poder de la muerte. "En el orden humano -recordé durante el vía crucis en el Coliseo-, la muerte es la última palabra. La palabra que viene después, la palabra de la Resurrección, es una palabra exclusiva de Dios" (L'Osservatore Romano, edición en lengua española, 25 de abril de 2003, p. 5).

Por eso, en el Prefacio vamos a repetir con confiado abandono las palabras de la esperanza cristiana:  "La vida de los que en ti creemos, Señor, no termina, se transforma; y, al deshacerse nuestra morada terrenal, adquirimos una mansión eterna en el cielo".

Dentro de poco vamos a despedir en esta tierra al querido cardenal Aurelio Sabattani. Abramos el corazón a este anuncio de esperanza que nos viene de la fe. Es la misma esperanza que ha iluminado la vida sacerdotal y apostólica del cardenal Sabattani.

Que la Virgen santísima, estrechándolo entre sus brazos maternos, lo introduzca en el Paraíso, por el cual ha vivido, ha trabajado, ha sufrido y ha rezado. Que lo acojan los santos y, juntamente con ellos, sea bienaventurado para siempre en Dios. Amén.

 

 

© Copyright 2003 - Libreria Editrice Vaticana

 

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