"Bendito sea Dios Padre, y su Hijo unigénito, y el Espíritu Santo, porque ha
tenido misericordia de nosotros" (Antífona de entrada).
1. En este primer domingo después de Pentecostés, la Iglesia nos invita a
celebrar el misterio de la santísima Trinidad. Lo hacemos, amadísimos hermanos y
hermanas, en el estupendo escenario de las cumbres nevadas, de los verdes
valles llenos de flores y frutos, de los numerosos lagos y torrentes que
embellecen vuestra tierra. En esta meditación nos guía la primera lectura, que
nos impulsa a contemplar la Sabiduría divina cuando "afirmó los cielos (...),
condensó las nubes en lo alto (...), dio fuerza a las fuentes del abismo (...),
fijó sus términos al mar (...), echó los cimientos de la tierra" (Pr 8,
27-29).
Ahora bien, nuestra mirada no se dirige sólo a la creación, "obra de los dedos
de Dios" (Salmo responsorial); está atenta especialmente a las
personas de nuestro entorno. Con afecto os saludo, queridos hermanos y
hermanas de esta espléndida región situada en el centro de Europa. Quisiera
estrechar la mano a cada uno para saludarlo personalmente y decirle: "El Señor
está contiguo y te ama".
Saludo fraternalmente a los obispos de Suiza, con su presidente, mons. Amédée
Grab, obispo de Coira, y mons. Kurth Koch, obispo de Basilea, al que doy las
gracias por las palabras que me ha dirigido en nombre de todos vosotros. Saludo
cordialmente al señor presidente de la Confederación Helvética y a las demás
autoridades que nos honran con su presencia.
Deseo dirigir un saludo particular y lleno de afecto a todos los jóvenes
católicos de Suiza, con los que me reuní ayer por la tarde en el Palacio de
deportes Bern Expo, donde escuchamos juntos la exigente y entusiasmante
invitación de Jesús: "¡Levántate!". Queridos jóvenes amigos, sabed que el Papa
os ama, os acompaña con su oración diaria, cuenta con vuestra colaboración para
el anuncio del Evangelio y os anima con confianza en el camino de la vida
cristiana.
2. "Lo que creemos de tu gloria, porque tú lo revelaste...", diremos en el
Prefacio. Nuestra asamblea eucarística es testimonio y proclamación de la
gloria del Altísimo y de su presencia operante en la historia. Sostenidos por el
Espíritu que el Padre nos ha enviado por medio de su Hijo, "nos gloriamos en las
tribulaciones, sabiendo que la tribulación produce constancia; la constancia,
virtud probada; la virtud, esperanza" (Rm 5, 3-4).
Amadísimos hermanos, pido al Señor que me permita estar en medio de vosotros
como testigo de esperanza, de la esperanza que "no defrauda", porque se
funda en el amor de Dios que "ha sido derramado en nuestros corazones por el
Espíritu Santo" (Rm 5, 5). El mundo tiene hoy especial necesidad de un
suplemento de esperanza.
3. "Eres un solo Dios, un solo Señor" (Prefacio). Las tres Personas,
iguales y distintas, son un solo Dios. Su distinción real no menoscaba la
unidad de la naturaleza divina.
Cristo nos propuso a sus discípulos como modelo esta comunión profundísima:
"Como tú, Padre, estás en mí y yo en ti, que también ellos sean uno en nosotros,
para que el mundo crea que tú me has enviado" (Jn 17, 21). La celebración
del misterio de la santísima Trinidad constituye cada año para los
cristianos una fuerte llamada al compromiso en favor de la unidad. Es una
llamada dirigida a todos, pastores y fieles, e impulsa a todos a tomar
cada vez mayor conciencia de la propia responsabilidad dentro de la Iglesia,
Esposa de Cristo. Ante esas palabras de Cristo no podemos por menos de sentir la
urgencia del compromiso ecuménico. Reafirmo, también en esta
circunstancia, la voluntad de avanzar por el camino difícil, pero lleno de
alegría, de la plena comunión de todos los creyentes.
Sin embargo, no cabe duda de que el esfuerzo que realizan los católicos por
vivir la unidad en su interior es una notable contribución a la causa ecuménica.
En la carta apostólica
Novo millennio ineunte destaqué la necesidad de
"hacer de la Iglesia la casa y la escuela de la comunión" (n. 43),
dirigiendo la mirada del corazón "hacia el misterio de la Trinidad que habita en
nosotros, y cuya luz ha de ser reconocida también en el rostro de los hermanos"
(ib.). Así se alimenta la "espiritualidad de comunión" que, partiendo de
los lugares donde se forma el hombre y el cristiano, impregna las parroquias,
las asociaciones y los movimientos. Una Iglesia local en donde florezca la
espiritualidad de comunión sabrá purificarse constantemente de las "toxinas"
del egoísmo, que engendran celos, desconfianzas, afán de prepotencia y
enfrentamientos perjudiciales.
4. La evocación de estos peligros suscita espontáneamente en nosotros una
oración al Espíritu Santo, que Jesús prometió enviarnos: "Cuando venga el
Espíritu de la verdad, os guiará hasta la verdad plena" (Jn 16, 13).
¿Qué es la verdad? Jesús dijo un día: "Yo soy el camino, la verdad y la
vida" (Jn 14, 6). Así pues, la formulación correcta de la pregunta no
debe ser "¿Qué es la verdad?, sino "¿Quién es la verdad?".
Esta es la pregunta que se plantea también el hombre del tercer milenio.
Queridos hermanos y hermanas, no podemos callar la respuesta, porque nosotros la
conocemos. La verdad es Jesucristo, que vino al mundo para revelarnos y
donarnos el amor del Padre. Estamos llamados a testimoniar esta verdad
con la palabra y sobre todo con la vida.
5. Amadísimos hermanos, la Iglesia es misión. También hoy necesita
"profetas" capaces de despertar en las comunidades la fe en el Verbo revelador
del Dios rico en misericordia (cf. Ef 2, 4). Ha llegado el tiempo de
preparar a generaciones jóvenes de apóstoles que no tengan miedo de
anunciar el Evangelio. Para todo bautizado es esencial pasar de una fe
rutinaria a una fe madura, que se manifieste en opciones personales
claras, convencidas y valientes.
Sólo una fe así, celebrada y compartida en la liturgia y en la caridad fraterna,
puede alimentar y fortificar a la comunidad de los discípulos del Señor y
edificarla como Iglesia misionera, liberada de falsos miedos porque está segura
del amor del Padre.
6. "El amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu
Santo" (Rm 5, 5). No es mérito nuestro; es un don gratuito. No
obstante el peso de nuestros pecados, Dios nos ha amado y nos ha redimido con la
sangre de Cristo. Su gracia nos ha sanado en lo más profundo.
Por eso, podemos exclamar con el salmista: "¡Qué admirable es tu nombre en toda
la tierra!". ¡Qué grande ha sido en mí, en los demás, en todos los seres
humanos!
Esta es la verdadera fuente de la grandeza del hombre, esta es la raíz de
su dignidad indestructible. En todo ser humano se refleja la imagen de
Dios. Aquí radica la más profunda "verdad" del hombre, que en ningún caso puede
ignorarse o violarse. Cualquier ultraje hecho al hombre es, en
definitiva, un ultraje a su Creador, que lo ama con amor de Padre.
Suiza tiene una gran tradición de respeto al hombre. Es una tradición
marcada por el signo de la cruz: la Cruz Roja.
Cristianos de este noble país, estad siempre a la altura de vuestro glorioso
pasado. En todo ser humano sabed reconocer y honrar la imagen de Dios. En el
hombre, creado por Dios, se refleja la gloria de la santísima Trinidad.
Así pues, digamos: "Gloria al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo; al Dios que
es, que era y que vendrá" (Aleluya). Amén.
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