"Ahora, en Cristo Jesús, vosotros, los que en otro tiempo estabais lejos, habéis
llegado a estar cerca por la sangre de Cristo. Porque él es nuestra paz" (Ef
2, 13 s).
1. Con estas palabras de la carta a los Efesios, el Apóstol anuncia que
Cristo es nuestra paz. En él hemos sido reconciliados; ya no somos
extraños, sino conciudadanos de los santos y familiares de Dios, edificados
sobre el cimiento de los apóstoles y profetas, teniendo como piedra angular a
Cristo mismo (cf. Ef 2, 19 s).
Hemos escuchado las palabras de san Pablo con ocasión de esta celebración, para
la que nos hemos reunido en la veneranda basílica edificada sobre la tumba del
apóstol san Pedro. Saludo de corazón a los participantes en la Conferencia
ecuménica convocada con motivo del cuadragésimo aniversario de la promulgación
del decreto
Unitatis redintegratio del concilio Vaticano II. Dirijo mi
saludo a los cardenales, a los patriarcas y a los obispos participantes, a los
delegados fraternos de las demás Iglesias y comunidades eclesiales, a los
consultores, a los huéspedes y a los colaboradores del Consejo pontificio para
la promoción de la unidad de los cristianos. Os doy las gracias por haber
reflexionado atentamente sobre el significado de este importante decreto y sobre
las perspectivas actuales y futuras del movimiento ecuménico. Esta tarde nos
hallamos reunidos aquí para alabar a Dios, de quien procede toda dádiva buena
y todo don perfecto (St 1, 17), y para darle gracias por los grandes
frutos que ha dado el Decreto, durante los cuarenta años transcurridos, con la
ayuda del Espíritu Santo.
2. La aplicación de este decreto conciliar, querido por mi predecesor el beato
Papa Juan XXIII y promulgado por el Papa Pablo VI, ha sido desde el inicio una
de las prioridades pastorales de mi pontificado (cf.
Ut unum sint, 99).
Puesto que la unidad ecuménica no es un atributo secundario de la comunidad de
los discípulos (cf. ib., 9), y la actividad ecuménica no es sólo un
apéndice que se añade a la actividad tradicional de la Iglesia (cf. ib.,
20), sino que se funda en el plan salvífico de Dios de congregar a todos
en la unidad (cf. ib., 5), corresponden a la voluntad de nuestro Señor
Jesucristo, que quiso una sola Iglesia y oró al Padre, la víspera de su muerte,
para que todos sean uno (cf. Jn 17, 21).
Buscar la unidad es fundamentalmente adherirse a la oración de Jesús. El
concilio Vaticano II, que hizo suyo este deseo de nuestro Señor, no introdujo
ninguna novedad. Guiado e iluminado por el Espíritu de Dios, puso nuevamente de
relieve el sentido verdadero y profundo de la unidad y de la catolicidad de la
Iglesia. El camino ecuménico es el camino de la Iglesia (cf.
Ut unum sint,
7), la cual no es una realidad replegada sobre sí misma, sino
permanentemente abierta a la dinámica misionera y ecuménica (cf. ib., 5).
El compromiso en favor del restablecimiento de la comunión plena y visible entre
todos los bautizados no corresponde sólo a algunos expertos en ecumenismo; atañe
a todos los cristianos, de todas las diócesis y parroquias, de todas las
comunidades en la Iglesia. Todos están llamados a asumir este compromiso,
haciendo suya la oración de Jesús, para que todos sean uno. Todos están llamados
a rezar y a trabajar por la unidad de los discípulos de Cristo.
3. Hoy, ante un mundo que avanza hacia su unificación, este camino ecuménico es
más necesario que nunca, y la Iglesia debe afrontar nuevos desafíos para cumplir
su misión evangelizadora. El Concilio constató que la división entre los
cristianos "es un escándalo para el mundo y perjudica a la causa santísima de
predicar el Evangelio" (Unitatis redintegratio, 1). Por tanto, la
actividad ecuménica y la actividad misionera están unidas y son los dos caminos
por los cuales la Iglesia cumple su misión en el mundo y expresa concretamente
su catolicidad. En nuestra época asistimos al crecimiento de un humanismo
erróneo sin Dios y constatamos con profundo dolor los conflictos que
ensangrientan al mundo. En esta situación la Iglesia, con mayor razón, está
llamada a ser signo e instrumento de la unidad y de la reconciliación con Dios y
entre los hombres (cf.
Lumen gentium, 1).
El Decreto sobre el ecumenismo ha sido uno de los modos concretos como la
Iglesia ha respondido a esta situación, poniéndose a la escucha del Espíritu del
Señor, que enseña a leer atentamente los signos de los tiempos (cf.
Ut unum
sint, 3). Nuestra época siente una profunda nostalgia de la paz. La Iglesia,
signo creíble e instrumento de la paz de Cristo, no puede dejar de esforzarse
por superar las divisiones de los cristianos y convertirse así, cada vez más, en
testigo de la paz que Cristo ofrece al mundo.
En esta triste situación, no podemos por menos de recordar las conmovedoras
palabras del Apóstol: "Os exhorto, pues, yo, preso por el Señor, a que viváis
de una manera digna de la vocación con que habéis sido llamados, con toda
humildad, mansedumbre y paciencia, soportándoos unos a otros por amor, poniendo
empeño en conservar la unidad del Espíritu con el vínculo de la paz" (Ef
4, 1-3).
4. Los numerosos encuentros ecuménicos en todos los niveles de la vida eclesial,
los diálogos teológicos y el redescubrimiento de los testigos comunes de la fe
han confirmado, profundizado y enriquecido la comunión con los demás cristianos,
comunión ya existente en cierta medida, aunque aún no de modo pleno. Ya no
consideramos a los demás cristianos como lejanos o extraños, sino que vemos en
ellos a hermanos y hermanas. "La fraternidad universal de los cristianos se ha
convertido en una firme convicción ecuménica. (...) Los cristianos se han
convertido a una caridad fraterna que abarca a todos los discípulos de Cristo" (Ut
unum sint, 42). Damos gracias a Dios al constatar cómo, durante estos
últimos decenios, muchos fieles en todo el mundo han sentido el deseo ardiente
de la unidad de todos los cristianos. Doy gracias de corazón a los que han sido
instrumento del Espíritu y han orado y trabajado por este itinerario de
acercamiento y reconciliación.
Sin embargo, todavía no hemos llegado a la meta de nuestro camino ecuménico: la
comunión plena y visible en la misma fe, en los mismos sacramentos y en el mismo
ministerio apostólico. Gracias a Dios, se han superado muchas diferencias e
incomprensiones, pero son aún numerosos los obstáculos diseminados a lo largo
del camino. A veces no sólo persisten equívocos y prejuicios, sino también una
desidia y una estrechez de corazón deplorables (cf.
Novo millennio ineunte,
48), y sobre todo diferencias en materia de fe, que se concentran en gran parte
en torno al tema de la Iglesia, de su naturaleza y de sus ministerios. Por
desgracia, nos hallamos también ante problemas nuevos, especialmente en el campo
ético, donde afloran ulteriores divisiones, que impiden el testimonio común.
5. Sé bien que es causa de muchos sufrimientos y desilusiones el hecho de que
todas estas razones -como expliqué en la encíclica
Ecclesia de Eucharistia
(nn. 43-46)- nos impiden participar ya desde ahora en el Sacramento de la
unidad, compartiendo el Pan eucarístico y bebiendo en el Cáliz común de la mesa
del Señor.
Todo esto no debe inducir a la resignación; al contrario, debe animar a
continuar y a perseverar en la oración y en el compromiso en favor de la unidad.
Aunque probablemente el camino por recorrer es todavía largo y arduo,
ciertamente estará lleno de alegría y esperanza. En efecto, cada día descubrimos
y experimentamos la acción y el impulso del Espíritu de Dios; con alegría
constatamos que actúa también en las Iglesias y comunidades eclesiales que
todavía no están en plena comunión con la Iglesia católica. Reconocemos "las
riquezas de Cristo y las obras de virtud en la vida de otros que dan testimonio
de Cristo, a veces hasta el derramamiento de la sangre" (Unitatis redintegratio, 4). En vez de lamentarnos de lo que todavía no es posible,
debemos estar agradecidos y alegrarnos de lo que ya existe y es posible.
Realizar desde ahora lo que es posible nos hace crecer en la unidad y nos
infunde entusiasmo para superar las dificultades. Un cristiano no puede
renunciar jamás a la esperanza, perder la valentía y el entusiasmo. La unidad de
la única Iglesia, que ya existe en la Iglesia católica sin posibilidad de
perderse, nos garantiza que un día también se hará realidad la unidad de todos
los cristianos (cf. ib. 4).
6. ¿Cómo imaginar el futuro ecuménico? Ante todo, debemos reforzar los
fundamentos de la actividad ecuménica, es decir, la fe común en todo lo que se
expresa en la profesión bautismal, en el Credo apostólico y en el Credo
niceno-constantinopolitano. Este fundamento doctrinal manifiesta la fe profesada
por la Iglesia desde el tiempo de los Apóstoles. A partir de esta fe debemos
desarrollar luego el concepto y la espiritualidad de comunión. "Comunión
de los santos" y plena comunión no significan uniformidad abstracta, sino
riqueza de legítima diversidad de dones compartidos y reconocidos por todos,
según el conocido adagio: "In necessariis unitas, in dubiis libertas, in
omnibus caritas".
7. Espiritualidad de comunión significa, además, capacidad de sentir al
hermano cristiano, en la unidad profunda que nace del bautismo, "como "uno que
me pertenece", para saber compartir... y atender a sus necesidades, para
ofrecerle una verdadera y profunda amistad" (Novo millennio ineunte, 43).
Espiritualidad de comunión "es también capacidad para ver ante todo lo
que hay de positivo en el otro, para acogerlo y valorarlo como regalo de Dios:
un "don para mí", además de ser un don para el hermano que lo ha recibido
directamente. En fin, espiritualidad de comunión es saber "dar espacio"
al hermano, llevando mutuamente la carga de los otros (cf. Ga 6, 2) y
rechazando las tentaciones egoístas que continuamente nos acechan y engendran
competitividad, afán de hacer carrera, desconfianza y envidias. No nos hagamos
ilusiones: sin este camino espiritual de poco servirían los instrumentos
externos de la comunión. Se convertirían en medios sin alma, máscaras de
comunión, más que sus modos de expresión y crecimiento" (Novo millennio ineunte, 43).
Por tanto, en síntesis, espiritualidad de comunión significa compartir
juntos el camino hacia la unidad en la profesión íntegra de la fe, en los
sacramentos y en el ministerio eclesiástico (cf.
Lumen gentium, 14; Unitatis redintegratio, 2).
8. Para concluir, quisiera referirme en particular al ecumenismo espiritual que,
según las palabras del decreto
Unitatis redintegratio, es el alma y el
corazón de todo el movimiento ecuménico (cf. n. 8;
Ut unum sint, 15-17 y
21-27). Os doy las gracias a todos por haber subrayado durante la Conferencia
este aspecto central para el futuro del ecumenismo. No existe verdadero
ecumenismo sin conversión interior y purificación de la memoria, sin santidad de
vida en conformidad con el Evangelio y, sobre todo, sin una intensa y asidua
oración que se haga eco de la oración de Jesús. A este propósito, constato con
alegría el desarrollo de iniciativas de oración común y también la formación de
grupos de estudio que comparten recíprocamente las tradiciones de espiritualidad
(cf. Directorio ecuménico, 114).
Debemos comportarnos como los Apóstoles juntamente con María, la Madre de Dios,
después de la Ascensión del Señor: se reunieron en el Cenáculo e invocaron la
venida del Espíritu (cf. Hch 1, 12-14). Sólo él, que es el Espíritu de
comunión y de amor, puede concedernos la comunión plena, que tan ardientemente
deseamos.
"Veni creator Spiritus!". Amén.
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