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MISA DE NOCHEBUENA
HOMILÍA
DEL PAPA JUAN PABLO II
Viernes 24 de diciembre de 2004
1. “Adoro Te devote,
latens Deitas”.
En esta Noche resuenan en mi corazón las primeras palabras del célebre
himno eucarístico, que me acompaña día a día en este año dedicado
particularmente a la Eucaristía.
En el Hijo de la Virgen, “envuelto en pañales” y “acostado en
un pesebre” (cf. Lc 2,12), reconocemos y adoramos “el pan bajado
del cielo” (Jn 6,41.51), el Redentor venido a la tierra para dar
la vida al mundo.
2. ¡Belén! La ciudad donde
según las Escrituras nació Jesús, en lengua hebrea, significa “casa
del pan”. Allí, pues, debía nacer el Mesías, que más tarde diría de
sí mismo: “Yo soy el pan de vida” (Jn 6,35.48).
En Belén nació Aquél que, bajo el signo del pan partido, dejaría el
memorial de la Pascua. Por esto, la adoración del Niño Jesús, en esta Noche
Santa, se convierte en adoración eucarística.
3. Te adoramos, Señor, presente
realmente en el Sacramento del altar, Pan vivo que das vida al hombre. Te
reconocemos como nuestro único Dios, frágil Niño que estás
indefenso en el pesebre. “En la plenitud de los tiempos, te hiciste hombre
entre los hombres para unir el fin con el principio, es decir, al hombre con
Dios” (cf. S. Ireneo, Adv. haer., IV,20,4).
Naciste en esta Noche, divino Redentor nuestro, y, por nosotros, peregrino
por los senderos del tiempo, te hiciste alimento de vida eterna.
¡Acuérdate de nosotros, Hijo eterno de Dios, que te encarnaste en el seno
de la Virgen María! Te necesita la humanidad entera, marcada por tantas
pruebas y dificultades.
¡Quédate con nosotros, Pan vivo bajado del Cielo para nuestra salvación!
¡Quédate con nosotros para siempre! Amén.
© Copyright 2004 - Libreria Editrice Vaticana
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