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HOMILÍA DEL PAPA JUAN PABLO II
EN EL FUNERAL DEL CARDENAL JAN
PIETER SCHOTTE, c.i.c.m

Basílica de San Pedro
Viernes 14 de enero de 2005

 

1. "Bienaventurados los que trabajan por la paz..." (Mt 5, 9). Las palabras de Cristo nos iluminan y consuelan en esta ceremonia fúnebre, con la que nos despedimos de nuestro venerado hermano el querido cardenal Jan Pieter Schotte.

Él fue un hombre de paz. Para él el valor de la paz fue uno de los puntos fundamentales de su largo e intenso servicio a la Iglesia universal y, en particular, a la Santa Sede. Estaba tan convencido de que el cristiano debe testimoniar la paz, que eligió como lema episcopal:  "Parare viam Domino pacis" (Preparar el camino al Señor de la paz). En este lema se percibe la referencia a san Juan Bautista, patrono de la Congregación del Corazón Inmaculado de María, a la que pertenecía.
En efecto, la misión del Bautista fue "preparar los caminos al Señor" (cf. Lc 1, 76). El cardenal Schotte quiso añadir la mención explícita de la paz, poniéndola junto al nombre del Señor -"Parare viam Domino pacis"-, para poner de relieve que sólo acogiendo a Cristo y su Evangelio se puede alcanzar la paz verdadera (cf. Sb 3, 3).

2. Después de desempeñar importantes funciones en el seno de su familia religiosa, el difunto cardenal, durante más de treinta años, puso generosa e incansablemente a disposición de la Curia romana sus múltiples dotes de inteligencia, humanidad y espiritualidad, ocupando diversos cargos. Pienso en el trabajo que realizó primero en la Secretaría de Estado, después en la Comisión pontificia "Iustitia et pax", de la que lo llamé, luego, a desempeñar el cargo de secretario general del Sínodo de los obispos. Por lo demás, no puedo olvidar la labor que llevó a cabo como presidente de la Oficina para los asuntos laborales de la Sede apostólica.

Artífice incansable de comunión, colaboró activamente en la solicitud pastoral universal del Sucesor de Pedro.

3. Recordamos a este querido y venerado hermano nuestro como testigo del amor que proviene de Dios y constituye el fundamento de la unidad de la Iglesia (cf. 1 Jn 3, 14-16). Nos consuela la esperanza de que ya está contemplando cara a cara al "Señor de la paz", a quien tanto amó y sirvió generosamente durante su vida.

Que Dios misericordioso lo acoja en su reino de paz. Que la Virgen Inmaculada lo acompañe a recibir el premio prometido a los siervos buenos y fieles del Evangelio. Amén.

 

© Copyright 2005 - Libreria Editrice Vaticana

 

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