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CARTA DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
AL CARDENAL JOSYF SLIPYJ EN EL PRIMER MILENIO
DE L BAUTISMO DE LA REGIÓN DE "RUS"

 

A nuestro venerable hermano
cardenal de la Santa Iglesia Romana Josyf Slipyj,
arzobispo mayor de Lvov de los Ucranios.

1. Al recibirte en audiencia, venerable hermano nuestro, juntamente con otros representantes de la jerarquía católica ucrania, el día 20 del pasado mes de noviembre, tú mismo recordaste que se acercaba el final del primer milenio desde que fue llevada a las región de "Rus" la fe cristiana. Además nos manifestaste el deseo de prepararos debidamente, con toda la comunidad de vuestra Iglesia, para este gran jubileo .durante los próximos diez años. Entre los diversos proyectos para esta celebración jubilar resalta ciertamente la gran peregrinación que organizaréis a Tierra Santa, es decir, a los lugares donde el divino Redentor dijo en otro tiempo estas palabras: "Id, pues; enseñad a todas las gentes, bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo" (Mt 28, 19). Este plan que manifestó vuestro Episcopado, nos conmovió profundamente. Porque tiene en consideración los acontecimientos pasados y recientes, que están vinculados con toda la obra evangelizadora de Ucrania, cuyas proezas tanto nos interesan y llevamos tan dentro del corazón.

2. Ahora bien, el carácter mismo de esta conmemoración que evoca los orígenes del nombre cristiano en "Rus", nos permite también abarcar, como con una mirada del espíritu, lo que ha sido este milenio; y nos introduce igualmente en el curso y sucesión de los acontecimientos vinculados con la historia del pueblo y de la nación, en los que se ve claramente la mano de la divina Providencia: de esa Providencia, decimos, que por los complicados momentos críticos del destino, todo lo dispuso de antemano y todo lo encamina también a ese mismo fin que responde plenamente a los designios de su misericordia. Animados, pues, por el impulso de la fe viva, debemos confiar en la justicia divina, que es, al mismo tiempo, misericordia, y confiar en esta misma misericordia en la que se manifiesta finalmente la justicia. Ciertamente, en ella encuentra su justa medida no sólo la vida de cada uno de los hombres "que viene al mundo", sino también la historia de los pueblos y de las naciones, por medio de la cual la divina Providencia traza la historia de cada uno de nosotros.

3. Así, pues, recordemos los días en que Vladimiro, príncipe de Kiev, y con él toda la región "Rus" aceptó el Evangelio de Jesucristo y recibió la gracia del bautismo. Realmente en sus arcanos designios ya había preparado Dios providentísimo este feliz y jubiloso acontecimiento, desde los comienzos del siglo IX, cuando la todavía joven y reducida población de Kiev comenzó a entablar relaciones políticas y comerciales con Bizancio. Estas relaciones emprendidas con los griegos —lo mismo que con los vecinos pueblos eslavos que habían abrazado antes la fe cristiana— contribuyeron mucho a extender eficazmente la misma religión entre los habitantes de "Rus". Evidentemente, los primeros en convertirse fueron —aunque pocos y sólo aisladamente— los soldados del Príncipe Inguario, así como los comerciantes que habían conocido a gentes del extranjero. Vino después la Princesa Olga, mujer de Inguario, que, al morir su esposo, le sucedió en el Imperio, y fue la primera casa real en profesar el nombre cristiano. Entonces muchos boyardos de su séquito siguieron el ejemplo que ella dio. Así, pues, llegamos al año 988 en que el príncipe Vladimiro, nieto de la citada Olga, determinó ofrecer la fe cristiana a todos los habitantes de su nación, e incluso mandó que todos los habitantes de la capital fueran bautizados pública y conjuntamente en el río Borístenes (Dniéper), ante él, su familia y el clero griego. De este modo, pues, comenzó la propagación de la fe, primero dentro de las fronteras de su principado, luego por los lugares limítrofes de la provincia "Rus", que se extienden hacia el Oriente y el Norte. Por lo tanto, al acercarse el milenio de este acontecimiento histórico, hay que alegrarse mucho, porque lo que Cristo Señor mandó a los Apóstoles antes de la Ascensión, también se realizó felizmente dentro de la santa región "Rus". Es necesario igualmente dar gracias de corazón a Dios Uno y Trino, en cuyo nombre fueron bautizados vuestros antepasados.

4. La fe cristiana llegó a "Rus", de Kiev, desde Roma por la ciudad misma de Constantinopla. Pues desde allí partieron los primeros misioneros católicos que llevaron consigo el Evangelio a vuestros padres, a quienes, al mismo tiempo, purificaron en la fuente del bautismo. Evidentemente esto ocurrió cuando la Iglesia mantenía su unidad en Occidente y Oriente, aunque se alimentaba de las dos diferentes tradiciones y pertenecía a las dos culturas diversas de la humanidad: de donde brotaban insignes riquezas de la Iglesia universal. Hasta el siglo XI no vino la división que tanto dolor y amargura causó tanto a los cristianos de aquel tiempo, como a los discípulos de Cristo de las épocas siguientes, hasta nuestros días. Pero como "Rus" de Kiev —robustecida ya con la fe cristiana que recibió al terminar el siglo X después de Cristo— se encontrase por su situación geográfica en el ámbito mismo de la autoridad de la Iglesia Oriental, cuyo centro venía a ser el Patriarcado de Constantinopla, no es de extrañar que confluyesen muchas veces en la misma "Rus" diversas vías emprendidas para restaurar la unidad rota. Por el momento, baste recordar los diálogos mantenidos en orden a la unidad al fin del siglo XIV, así como los esfuerzos realizados —¡qué pena!, sin éxito feliz— en los Concilios de Constancia y Basilea y finalmente en el Concilio de Florencia, donde Isidoro, Metropolita de Kiev, promovió diligentemente y pidió con insistencia la anhelada unión de la Iglesia Oriental y Occidental. Sin embargo, terminado el Concilio, consta que el mismo Isidoro Metropolita, a quien el Sumo Pontífice, mientras tanto, había designado su Legado a latere en Lituania, Livonia, Rusia y había elevado a la dignidad de padre cardenal y a quien su pueblo había alabado grandemente por la conseguida unión de las Iglesias, tuvo que padecer mucho por su diligente actividad ecuménica, incluso fue llevado a la cárcel en Moscú; huyendo de allí finalmente regresó a Roma, donde dirigiría toda la causa de la unidad. Pero las difíciles condiciones que prevalecían en su patria hicieron que se anulasen por fin las mejores esperanzas de unión propuestas en el Concilio de Florencia. Sin embargo, el deseo de volver a la comunión con la Sede Apostólica nunca desapareció entre los obispos rutenos, que en el mes de diciembre de 1594 y en julio de 1595 manifestaron que estaban dispuestos a emprender el camino de la unión con Roma, y por tanto enviaron algunos legados suyos para tratar este asunto. Así, pues, la llama de la unidad que encendió el Metropolita Isidoro en el Concilio de Florencia y que, por circunstancias más fuertes del exterior se extinguiera durante más de 150 años, se encendió de nuevo y abrió el camino para la unión Brest-Litovsk, de la que hablaremos después. De cualquier modo todos estos hechos y acontecimientos dan testimonio de que la Iglesia jamás quedó tranquila en el triste estado de su unidad rota, y lo juzgó siempre contrario a la voluntad de Cristo Señor. Por más que la Iglesia estime mucho y respete completamente las diversas tradiciones y las diferencias, tanto de la historia como de la cultura espiritual entre los pueblos que abraza, sin embargo, no cesa de buscar caminos para reparar esta unidad. Las palabras de la oración sacerdotal de Jesús: "Padre santo, guárdalos... para que sean uno" (Jn 17, 11), habían sido tan importantes, que, después no pudieron olvidarlas los discípulos y seguidores del que las había pronunciado en la víspera de su muerte en la cruz.

5. De estas fuentes y lugares, pues, nació la unión de las Iglesias que tuvo lugar en 1596 en Brest-Litovsk. Esa unión penetró toda la historia sucesiva de los pueblos rutenos y lituanos y polacos, que entonces formaban un sólo reino. Pero aunque esa historia común pertenece al pasado, sin embargo la fuerza religiosa y eclesial de aquella unión de Brest persiste todavía y da frutos abundantes. El origen de esta fecundidad fue y es, sin duda, la sangre derramada por San Josafat, obispo y mártir, que marcó como con un sello la difícil obra de unir a la Iglesia dividida, entre el siglo XVI y XVII. Además, esa unión dio frutos igualmente en la vida de muchos obispos y sacerdotes y de otros intrépidos confesores de la fe hasta nuestros días. Antes, lo mismo que hoy, la Sede Apostólica concede peculiar importancia a esta unión que brilla incluso en la misma diferencia del rito bizantino y de la tradición eclesial, en la lengua litúrgica eslava, en el canto eclesiástico y en todas las formas de piedad que tan profundamente grabadas están en la historia de vuestro pueblo. Pues estas cosas descubren su espíritu y, en cierto modo, establecen su mismo carácter propio y también al mismo tiempo su diversidad. Esto se comprueba, por ejemplo, cada vez que los hijos e hijas de Ucrania, habiendo tenido que dejar su nación, permanecen siempre unidos, incluso cuando son emigrantes, con su Iglesia, que gracias a su tradición, lengua y liturgia, es como su "patria" espiritual en las naciones extranjeras. En realidad en cada una de estas cosas se descubren las cualidades propias de la cruz de Cristo, que tantos de vosotros, queridísimos hermanos, habéis llevado sobre vuestros hombros. También tú, venerable hermano nuestro, has participado en esta misma cruz y también muchos hermanos tuyos en el Episcopado que, sufriendo dolores e injurias por Cristo, guardaron fidelidad a la cruz hasta el último aliento de su vida. Lo mismo hay que decir de otros muchos sacerdotes y religiosos, varones y mujeres, y de fieles laicos de vuestra Iglesia. Así pues, la fidelidad a la cruz y a la Iglesia resulta un testimonio peculiar por el que los fieles cristianos de vuestra nación se disponen en este mismo tiempo a celebrar el primer milenio de la religión cristiana en "Rus".

6. El Concilio Vaticano II ha emprendido de nuevo la gran obra del ecumenismo. Desea la Iglesia ciertamente promover la unidad de los cristianos, mientras intenta claramente nuevas vías que- están más de acuerdo con la mentalidad de los hombres de nuestro tiempo. El mismo afán se han propuesto, a la vez, también otras comunidades cristianas, entre las que se encuentran las Iglesias sui iuris o autocéfalas de Oriente. Así lo demuestran muchas declaraciones, promulgaciones, delegaciones y, ante todo, la plegaria común que nos une a todos para cumplir la voluntad de nuestro Señor, expresada en su misma oración: "Padre... que sean uno" (Jn 17, 11). La actividad ecuménica de nuestros días, esto es, la propensión al acercamiento mutuo y a la comunión —sobre todo entre las Iglesias de Occidente y Oriente— no puede ni abandonar ni disminuir la importancia y utilidad de cada uno de los esfuerzos para restaurar la unidad de la Iglesia, que se hicieron en los siglos anteriores y que tuvieron un resultado feliz, aunque sólo parcialmente. Como ejemplo de esta verdad, figura vuestra Iglesia entre las otras iglesias católicas orientales, que gozan de propio rito. Sin duda el auténtico espíritu ecuménico —de acuerdo con el significado más actual de la palabra— debe manifestarse y probarse por la especial consideración hacia vuestra Iglesia, así como hacia las demás Iglesias católicas de Oriente, que tienen ritos diversos. En adelante esperamos mucho por esta razón y por el testimonio del espíritu ecuménico, que manifiestan nuestros hermanos, patriarcas y obispos, así como el clero y todas las comunidades de las Iglesias ortodoxas, a cuyas tradiciones y fórmulas de piedad miran con suma veneración y estima la Iglesia católica y la Sede Apostólica. Por lo demás, la misma necesidad surge del principio de la libertad religiosa, que constituye una de las más importantes enseñanzas de la misma "Declaración de los derechos del hombre" (Organización de las Naciones Unidas, u ONU, año 1948), y que se encuentra en la constitución de cada una de las naciones. En virtud de ese principio que la Sede Apostólica ha invocado y predicado muchas veces, le es licito a cada uno de los hombres creyentes, confesar la propia fe y participar en la comunidad de la Iglesia a la que pertenece. Pero la observancia de este principio de la libertad religiosa pide que en la vida y en la práctica se reconozcan los derechos de la Iglesia, a la que pertenece cada uno de los habitantes del Estado.

7. Al acercarse, pues, la solemne conmemoración del primer milenio de la religión cristiana en "Rus", la gran comunidad de la Iglesia católica desea vehementemente abrazaros, queridísimos hermanos y hermanas, con benevolencia, oración y caridad. Nos mismo —que ejercemos el ministerio de primer Siervo de esta comunidad— rogamos e invitamos a todos, más aún, a todo el Pueblo de Dios, a que hagan lo mismo. Así, pues, con el interesante anuncio de la preclara conmemoración de vuestro aniversario y con la exhortación ferviente a orar religiosamente nos dirigidnos a todas las Iglesias y comunidades cristianas con las que aún no tenemos comunión plena; pero a todas las cuales nos unió el único Cristo. Ojalá nuestros pensamientos e intenciones —es decir, siguiendo a Cristo que envió a sus Apóstoles "hasta el extremo de la tierra"— se dirijan ahora a la región santa "Rus", que hace mil años acogió el Evangelio y recibió el bautismo. Esforcémonos de buen grado a repetir la historia de esa sociedad cristiana. Penetremos con admiración y amor en su mismo espíritu, decimos, de fe, oración v sumisión constante a la Providencia divina. Detengámonos con la mente en cada uno de los lugares donde es alabado Cristo y es honrada su Madre. Finalmente. mientras encomendamos a nuestro divino Salvador. por medio de la misma Madre de Dios, a todos los herederos de ese bautismo que recibió felizmente "Rus" ya hace un milenio, renovemos con ellos los vínculos de unión espiritual y de comunión ante el que es "padre del siglo futuro" (Is 9, 6).

Vaticano. 19 de marzo de 1979, año I de nuestro Pontificado.

IOANNES PAULUS PP. II

 

© Copyright 1979 - Libreria Editrice Vaticana

 

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