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CARTA DEL PAPA JUAN PABLO II,
OBISPO DE ROMA,
A LA IGLESIA QUE ESTÁ EN HOLANDA

 

Queridos hermanos y hermanas:

El Sínodo particular que reunirá a todos los obispos de la provincia eclesiástica de los Países Bajos con el Papa comenzará sus trabajos el 14 de enero. La idea de convocar un Sínodo de esta índole nació a raíz de mis numerosas entrevistas con el cardenal Johannes Willebrands, Presidente de vuestra Conferencia Episcopal, y con cada uno de vuestros obispos. Ellos se hallan a la cabeza de la Iglesia que debe llevar a cabo, en este momento, en vuestro país, su misión en unión con la Iglesia universal, al servicio de su gran tarea: la renovación del hombre y del mundo en Jesucristo según la enseñanza del Concilio Vaticano II.

Vosotros sabéis que este Concilio ha marcado la orientación común, el camino común, por así decir, que la Iglesia universal y cada Iglesia particular debe seguir. El tema del Sínodo, que al mismo tiempo define su tarea, concierne precisamente a este camino postconciliar de la Iglesia holandesa: el ejercicio de la labor pastoral de la Iglesia de los Países Bajos en las actuales circunstancias, a fin de que la Iglesia se manifieste más todavía como "communio". Todo esto representa también un significado especial para la unidad y la comunión de la Iglesia universal, pues la Iglesia realiza su universalidad, o su catolicidad, en la unidad y en la diversidad al mismo tiempo. Como dice la Constitución Lumen gentium: "En virtud de esta catolicidad, cada una de las partes colabora con sus dones propios con las restantes partes y con toda la Iglesia. de tal modo que el todo y cada una de las partes aumentan a causa de todos los que mutuamente se comunican y tienden a la plenitud en la unidad" (núm. 13).

La comunidad del Pueblo de Dios que constituye la Iglesia en vuestra patria ha aportado, en el curso de su ya vieja existencia de varios siglos, y sobre todo en las generaciones más recientes, una riqueza de dones útil para la unidad de la Iglesia universal y para todas sus partes. Como es natural, rindo aquí homenaje a la excepcional aportación que los Países Bajos han dado a la actividad misionera de la Iglesia universal. La Iglesia católica en los Países Bajos puede también alegrarse por lo que ha realizado en el campo de la enseñanza, de la atención a enfermos y marginados, y en el del apostolado de los laicos. Este Sínodo examinará de nuevo la vida de la Iglesia en Holanda con relación a las tareas que condicionan su testimonio de cara a la sociedad presente, y en relación con la contribución que está llamada a dar a la misión universal de la Iglesia.

Los problemas más importantes que actualmente se plantean en la Iglesia de los Países Bajos constituirán el objeto de la reflexión en común de los obispos, en razón de su responsabilidad especial de cara a la Iglesia. En este contexto, quiero citar aquí las palabras pronunciadas por el cardenal Bernard Alfrink el 9 de abril de 1969: "Por su parte, los obispos tienen una responsabilidad propia, irreductible. No pueden contentarse con reflejar la voz de su pueblo; deben también emplazarlo frente a la Palabra del Señor... Los obispos deben hacer oír su propia voz. No solamente como la de un creyente en medio de la masa, sino como la de un hombre encargado de una misión, que va en cabeza".

El Sínodo de los Obispos manifiesta de una manera especial la colegialidad del Episcopado, que, en comunión con el Papa y bajo su dirección, ejerce la autoridad suprema en el servicio pastoral de la Iglesia. Desde la clausura del Concilio, los obispos de la Iglesia universal han celebrado ya varios Sínodos Generales. Por vez primera, algunos obispos se reunirán ahora en un Sínodo particular. Es vuestra esperanza y la mía que, también bajo esta modalidad, este Sínodo sepa cumplir con su tarea de forma fructífera.

En esta ocasión, deseo dirigir a la comunidad católica de los Países Bajos una ferviente llamada en vísperas del Sínodo, en el momento en que celebramos la manifestación de Jesús en su bautismo. Vuestros obispos lo han hecho ya. ¡Que no falte vuestra oración, particularmente durante la celebración del Sínodo! Las ideas y las propuestas que me habéis hecho llegar a través de vuestros obispos son preciosas. Pero es sobre todo nuestra oración común lo que es indispensable cuando se trata de lo que debe conducirnos a Dios y de lo que debe acercarnos al bien, a la verdad, al amor y a la paz. Es, pues, sobre todo vuestra oración lo que ahora os pido, como Presidente del Sínodo. Doy las gracias también a cuantos a su oración pueden añadir igualmente su sacrificio, su sufrimiento personal y su consagración al servicio de los demás.

Esta invitación, que dirijo a todos los miembros de la comunidad católica de los Países Bajos, quiero hacerla extensiva, con verdadero espíritu ecuménico, a nuestros hermanos y hermanas de las demás Iglesias y Comunidades cristianas. En efecto, el Sínodo particular se celebra mientras todos los cristianos se unen en la oración por la unidad, bajo el tema: "Venga tu Reino". Además pedimos unidos a Dios por la promoción de la verdadera unidad que debe crecer en todos. También es cierto que en esta oración encuentran su lugar propio los problemas a tratar por el Sínodo de una Iglesia cuyos miembros comparten con otros cristianos, desde hace ya varias generaciones, la vida de una misma comunidad nacional.

Junto con vuestros dos cardenales y vuestros obispos imparto mi bendición pastoral especial a todos los sacerdotes, a todos los religiosos y religiosas, y a todos los queridos hermanos y hermanas de los Países Bajos. Confío el Sínodo a la intercesión de María, Madre del Señor y Madre de la Iglesia, que en vuestro país es venerada de nodo particular en numerosos lugares.

Vaticano, en la fiesta de la Manifestación del Señor, 6 de enero de 1980.

IOANNES PAULUS PP. II

 

 © Copyright 1980 - Libreria Editrice Vaticana

 

 

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