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MENSAJE DEL SANTO PADRE
JUAN PABLO II
A LOS PUEBLOS DE EUROPA CON MOTIVO
DEL XV CENTENARIO DEL NACIMIENTO DE SAN BENITO
Al venerado hermano Martino Matronola, O.S.B.
Abad de Montecassino
El 21 de marzo próximo se inaugurará oficialmente en todo el mundo el XV
centenario del nacimiento de San Benito. Este acontecimiento revestirá
solemnidad particular en Montecassino ante los restos sagrados del Patriarca
venerado, donde se reunirán junto a mi Secretario de Estado, el cardenal
Agostino Casaroli, numerosos Embajadores, Representantes cualificados y dignos
de las naciones de Europa. Será ésta una corona de agradecimiento y gloria al
que fue Padre y Maestro de Europa, y a quien mi predecesor Pablo VI, de
venerada memoria, proclamó Patrono principal de Europa.
Como ya dije a principios de año, "esta fecha y esta figura tienen tal
elocuencia que no será suficiente una conmemoración cualquiera", y claro está
que todavía tendré ocasión de hablar de éste Santo que pertenece a la historia
de la Iglesia y del mundo entero. Pero en esta circunstancia me agrada dirigir a
las naciones europeas, a través de sus Representantes, un mensaje paterno
inspirado en la obra que realizó San Benito por designio admirable de Dios en
este antiguo continente, a través de su regla y sus hijos.
En los primeros siglos siguientes a su muerte, la regla benedictina invadió
pacíficamente Europa, a excepción de los países de la esfera bizantina que, sin
embargo, sintieron su influencia. Además de Italia, enseguida también Galia,
Inglaterra, Bélgica, Frisia, Alemania. entera y Suiza fueron sembradas de
monasterios benedictinos. Pasó un poco de tiempo, y también la Península
Ibérica, Holanda, Irlanda, Bohemia, Dinamarca, Suecia, Noruega, Polonia, Hungría, Dalmacia, Albania y hasta Palestina, Siria y
Constantinopla conocieron la actividad santificadora y civilizadora de los
hijos de San Benito.
La obra admirable que llevaron a cabo, delineada con acentos particulares por mi
predecesor Pablo VI, de venerada memoria, cuando proclamó Patrono de Europa al
Santo, fue obra de unión de los pueblos fundada en una misma fe cristiana.
Pueblos que por historia, tradiciones, educación y carácter eran diferentes,
hasta el punto de enfrentarse en guerras feroces, se sintieron todos cristianos,
todos creyentes en Dios y todos hijos por la fe de un mismo Padre celestial y de
la Iglesia de Roma. La misma lengua latina, hablada corrientemente por los
hombres de cultura y utilizada en la liturgia, era vínculo y expresión de dicha
unidad ideal.
Esta unidad de fe y sentimientos que se halla en la base de las distintas fases
de la historia del alto medioevo, fue el tejido espiritual creado por los
benedictinos que, por otra parte, encontraban en su regla los principios
inspiradores de la educación y formación a la unidad. La consistencia de la
familia monástica, formada por la regla con un jefe único que es a la vez padre
y maestro responsable de todos los miembros, con una jerarquía de personas y
valores bien delimitada, con el voto de estabilidad, con una reglamentación muy
precisa de oración y trabajo, con relaciones fraternas alimentadas de viva
caridad, era toda una escuela y un modelo para los monjes evangelizadores y
para los pueblos recién evangelizados.
Esta unidad quiere ser el tema y el objeto de mi mensaje en este momento tan
significativo, en que Representantes de las naciones europeas están reunidos en
honor del Maestro y Padre de sus pueblos, pueblos igualmente queridos todos de
la Iglesia.
Cuando desde hace tiempo se trabaja laudablemente por la unión europea —parcial
por ahora todavía— y se han dado ya tantos pasos jurídicos e institucionales
notables en este sentido, suscitando tantas esperanzas en las naciones
interesadas, me es grato augurar la vuelta y recuperación de la unidad moral y
espiritual lograda por San Benito, para que se cree un clima estable y sincero
de concordia, de comprensión mutua, de orden y, consecuentemente, de paz entre
los pueblos de Europa, como es deseo vehemente de todos.
El Patriarca casinense formó a los monjes y los hizo guías de las nuevas
naciones "per ducatum Evangelii". El substrato de la cultura general europea ha
estado impregnado de cristianismo, y afortunadamente sigue estándolo todavía.
Es necesario que el Evangelio continúe siendo el libro más conocido y amado
especialmente de los jóvenes y de sus educadores, para que sobre sus
enseñanzas se levante y consolide una auténtica unidad de espíritus capaces de
traernos la paz.
Dé mayor valor a estos deseos míos la intercesión del gran Patrono y siga
irradiando su espíritu desde ese lugar sobre Europa y el mundo, hasta hacer
brotar frutos de auténtico progreso cristiano y cívico.
Con estas ideas invoco sobre su persona, sobre los Embajadores de las naciones
europeas y sobre todos los presentes, abundancia de favores celestiales e
imparto de corazón la bendición apostólica.
Vaticano, 19 de marzo de 1980, II año de mi pontificado.
IOANNES PAULUS PP. II
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