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CARTA DE SU SANTIDAD JUAN PABLO II
A LA IGLESIA QUE ESTÁ EN POLONIA
CON MOTIVO DEL NOMBRAMIENTO
DEL NUEVO ARZOBISPO DE GNIEZNO Y VARSOVIA

 

En las manos del cardenal Franciszek Macharski, metropolitano de Cracovia, y de los arzobispos y obispos polacos,
para toda la comunidad de la Iglesia católica en Polonia,
para el clero diocesano y las familias religiosas, tanto masculinas como femeninas,
para todos los hermanos y hermanas en la gracia del santo bautismo,
para todos los hombres de buena voluntad.

Queridos hermanos y hermanas,
estimados connacionales:

1. En los últimos días de junio, coincidiendo con la solemnidad de los Santos Pedro y Pablo, se cumplió el mes de luto litúrgico por la muerte del llorado cardenal Stefan Wyszynski, primado de Polonia. El "padre del siglo futuro" (Is 9, 6, Vulgata) lo llamó a Sí en la jornada significativa de la Ascensión del Señor —el 28 de mayo—; luego, el último día de mayo, mes de María, fue el de su solemne funeral en la plaza de la Victoria de Varsovia y, sucesivamente, en la catedral de la archidiócesis capital.

¡Cuánto habría que decir y escribir sobre esta figura extraordinaria! Y pienso que la forma más apropiada de hacerlo nos la indica la sagrada liturgia cuando, durante el primer mes después de la muerte, nos recomienda ante todo que nos recojamos en la plegaria y nos dediquemos, ante Dios solo, al recuerdo de todo lo que para nosotros está vinculado a la persona del difunto. De esta manera su figura y su obra, purificada por múltiples sufrimientos, alcanzan la dimensión más completa —tanto en la historia de la Iglesia como en la de la nación—, mientras nosotros no cesamos de repetir después de su muerte: "Deum, cui omnia vivunt, venite adoremus. Deum, cui ipse vivit, venite adoremus". Ipse: él, que sintetizó el tema de todo su ministerio episcopal y de su servicio cómo Pastor en las palabras: "Soli Deo".

Es posible que tenga también algún significado la circunstancia de que la Iglesia universal haya como saludado al gran primado de Polonia con la solemnidad que el día de Pentecostés tuvo lugar en la basílica de San Pedro y en la de Santa María la Mayor en Roma. El significado y contenido de aquella solemnidad, que reunió a los representantes del Episcopado de todo el mundo, parecía coronar de forma particular la extraordinaria riqueza de espíritu del difunto, de la que hemos sido testigos durante tantos años. Aquella riqueza se manifestaba en el amor hacia la Iglesia en el Espíritu Santo y en la singular filial entrega a la Esposa del Espíritu Santo y Madre de la Iglesia.

Por ello, ahora, cuando ya ha transcurrido un mes después de la partida del cardenal Stefan Wyszynski, podemos confesar juntos en el espíritu del luto cristiano, el cual es sobre todo espíritu de esperanza, que hemos devuelto a "Dios solo" a quien pertenecía sobre todo a Dios, mientras a nosotros se nos había dado como Pastor y primer obispo en Polonia con vistas a una profunda edificación. En nuestros tiempos, durante los treinta años de su servicio pastoral, él fue un auténtico testimonio de Cristo entre los hombres, fue el maestro y educador en el espíritu de toda la verdad sobre el hombre; y al mismo tiempo que nos amaestraba y ponía en práctica su servicio pastoral, él procuró, a semejanza de Cristo y de su Madre, servir a los hombres y a la nación que el buen Dios había puesto en el camino de su misión. Como intrépido portavoz de la dignidad del hombre y de sus inviolables derechos en la vida personal, familiar, social y nacional, el difunto primado fue también un singular ejemplo de vivo amor a la patria y debe ser considerado como uno de los hombres más grandes de la historia de Polonia.

Este hombre, que Dios nos envió en el momento oportuno, lo hemos devuelto a Dios al llegar la hora del cumplimiento de los días de su existencia terrena. Por ello, hemos transformado en plegaria de reconocimiento y de adoración "a Dios solo" los justos sentimientos de condolencia producidos por su pérdida: Deum, cui omnia vivunt, venite adoremus... Deum, cui ipse vivit, venite adoremus!

2. Al dirigirme a vosotros, estimados hermanos y hermanas, y a la vez connacionales, por medio de este escrito, deseo pediros también que aceptéis con espíritu de fe y de unidad cristiana al sucesor del difunto primado, que, después de cumplirse el tiempo del luto litúrgico, os he mandado estos mismos días. La elección del obispo es siempre una tarea importante, para la cual la Iglesia implora la luz y la fuerza del mismo Espíritu Santo con humildad y oración. En el caso de la sucesión en la sede del primado de Gniezno, unida a la sede arzobispal de Varsovia, dicha tarea es, por razones comprensibles, particularmente importante. Así, pues, junto con mis hermanos del Episcopado polaco, he procurado buscar con humilde plegaria la ayuda del Espíritu Santo y no dudo que en esta ocasión nos han acompañado también las no menos fervorosas oraciones de tantas personas de nuestra tierra, que aman realmente a la Iglesia.

El sucesor en la sede de Gniezno y de Varsovia, mons. Józef Glemp, es precisamente un sacerdote de la Iglesia de Gniezno. Fue durante muchos años estrecho colaborador del difunto primado. Ordenado obispo el 21 de abril de 1979, fue enviado a la Iglesia de Warmia, vinculada al gran nombre del siervo de Dios, el cardenal Hosio, y desde entonces realizó el servicio de Pastor de aquella Iglesia, teniendo así la posibilidad de prepararse para aquellas tareas pastorales mucho más amplias que se convierten ahora en su misión.

En estos momentos él asume su servicio en las sedes arzobispales de Gniezno y Varsovia. Al mismo tiempo, con él se inicia en cada una de estas sedes —e indirectamente en toda la Iglesia en Polonia— un nuevo capitulo que se irá escribiendo paso a paso bajo la guía del nuevo Pastor. Que en este capítulo prosiga y perdure la palabra viva del Espíritu Santo y la presencia materna de la Madre de la Iglesia, así como la mediación de todos los santos patronos de Polonia, especialmente la de San Adalberto y de San Estanislao. Que se distinga en él la madurez cristiana de la vida personal, familiar, social y nacional en todos los sectores.

Al presentar tales deseos al nuevo primado de Polonia, lo bendigo al mismo tiempo de todo corazón con la bendición del siervo de Cristo y del Sucesor de San Pedro en la Sede Romana.

3. El llorado cardenal Stefan Wyszynski ha sido justamente llamado el primado del milenio, porque a él le tocó en suerte hacer pasar a la Iglesia de Polonia por el dintel de aquel gran aniversario, que tuvo la importancia fundamental no sólo para la Iglesia, sino también para toda la nación. El milésimo aniversario del bautismo, recibido el año 966 por el primer soberano histórico de Polonia, fue algo más que el mero recuerdo de un acontecimiento histórico del pasado, y se convirtió ante todo en un gran testimonio de identidad, que, uniendo a las generaciones en la dimensión de diez siglos, inició el nuevo milenio en las mismas fuentes de la idéntica gran verdad sobre el hombre, sobre la familia y sobre la sociedad, de la que la Iglesia no cesa de ser garante y servidora evangélica.

El espíritu de este servicio ha constituido la nota dominante del servicio pastoral de más de treinta años, realizado por el primado difunto de la misma forma que constituye la nota dominante de todo el incansable trabajo de la Iglesia en Polonia. Es comprensible que este servicio exija libertad correctamente entendida: la Iglesia necesita esa libertad —se trata de libertad de religión y de libertad de conciencia— para un objetivo que no es otro sino el único y exclusivo de poder servir al hombre y a la sociedad, al hombre y a la nación; para poder servirles en la verdad y en el amor nacidos del Evangelio, contribuyendo así a la auténtica dignidad de todo hombre y también al progreso de la sociedad, que no puede medirse con el metro de las conquistas exclusivamente materiales. Más aún, los mismos éxitos materiales deben hallar su plena garantía en la certeza de que el hombre, gracias a ellos, puede desarrollarse como hombre y la vida de toda la nación puede llegar a ser cada vez más justa y solidaria.

¡Queridos hermanos y hermanas! ¡Estimados connacionales míos! La clementísima Providencia de Dios ha predispuesto que todos los acontecimientos de las últimas semanas, tan importantes para la Iglesia, no menos que para la nación de Polonia —acontecimientos a los que me refiero en esta carta—, sucedieran mientras yo estoy en el hospital. He participado espiritualmente en ellos mediante el sufrimiento, que se ha convertido en mi "porción", por gracia de Cristo Señor. También desde el hospital os escribo esta carta con motivo del final del período de luto por la muerte del cardenal Stefan Wyszynski, de venerada memoria. E igualmente en el hospital, a pesar de los progresos de la convalecencia, me ha tocado nombrar al sucesor del cardenal Stefan Wyszynski y transmitirle la bendición de la Sede de San Pedro.

En el hospital vivo profundamente —junto con todos los sucesos de la Iglesia, de la familia humana y de cada nación— los importantes problemas que desde el año pasado se suceden y se desarrollan en mi tierra natal. Y no ceso de agradecer a Dios todo aquello en lo que se ha manifestado y constantemente se manifiesta la madurez de mis connacionales; madurez que confirma el convencimiento internacional de que ellos tienen el pleno derecho de decidir acerca de los problemas que afectan a su patria: al país y al Estado; al mismo tiempo, no ceso de rogar a Dios para que toda esta difícil tarea de múltiple renovación, a la cual tienden millones de hombres de buena voluntad —a pesar de las diferencias en el campo de las opiniones particulares e incluso fundamentales— pueda continuar desplegándose y realizándose dentro del pleno respeto de los derechos del hombre y de los derechos de la nación.

Si después del período de nuestro luto, debido a la muerte del gran primado de Polonia, y con motivo de iniciarse el ministerio de su sucesor, os escribo una carta sobre este tema, queridos hermanos y hermanas míos, lo hago no sólo en espíritu de justa solicitud, sino también en espíritu de esperanza cristiana y humana. Porque la esperanza nos permite siempre esperar la victoria del bien.

Por tanto, en el espíritu de tal esperanza, de la que dio un testimonio tan fuerte y elocuente ante todos nosotros durante treinta años el difunto primado del milenio, y haciéndome presente con el pensamiento en Jasna Góra, a los pies de aquella Madre que ya desde generaciones no cesa de ser Madre de nuestra esperanza: os bendigo de todo corazón como hermano vuestro en Cristo y al mismo tiempo como Pastor de la Sede de Pedro en Roma, a quien el Señor ha confiado una particular solicitud por todas las Iglesias.

Roma, 7 de julio de 1981.

 

JOANNES PAULUS PP. II

 

© Copyright 1981 - Libreria Editrice Vaticana

 

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