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MENSAJE DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
A S.E. SE
ÑOR AMADOU MATHAR M'BOW,
DIRECTOR GENERAL DE LA UNESCO,
CON MOTIVO DEL CONGRESO MUNDIAL SOBRE LA JUVENTUD*

 

Al Excmo. Señor
Amadou Mathar M’Bow
Director General de la UNESCO

En el marco de la cooperación que, desde hace años, la Santa Sede ha establecido con la UNESCO, he recibido con gozo y esperanza la noticia del Congreso Mundial sobre la Juventud, que se celebrará en Barcelona del 8 al 15 de julio. Por ello, respondiendo con gusto al deseo manifestado por Vuestra Excelencia, hago llegar mi mensaje al Congreso.

En muchas circunstancias he instado a tomar en consideración la causa de los jóvenes. Lo he recordado, ante todo, a los mismos jóvenes, en los gratos encuentros que he tenido con ellos en las distintas partes del mundo. Ellos son los primeros protagonistas de su propia vida en la aventura fascinante de crecer como hombres. Solamente infundiéndoles confianza en sí mismos y en los adultos, capacidad de saber esperar, compromiso y sentido de responsabilidad, podemos encaminarlos hacia un futuro que estimule su creatividad y avive su entusiasmo. Lo he recordado, también a los padres, a los educadores, a los hombres de cultura y a los gobernantes. A ellos corresponde, por diversos motivos, asegurar las condiciones familiares, culturales y estructurales para un futuro de justicia, paz, respeto y promoción de los derechos y de la vida de todos.

Con particular y comprensible insistencia he recordado este gozoso y sublime deber a todos los que, en la Iglesia, viven su fe en Jesucristo. A mis hermanos en el sacerdocio ministerial he pedido recientemente que renueven, junto con los jóvenes de nuestra época, el gesto, rico de sugestiva humanidad y de celo apostólico, que tuvo Jesús con el joven del Evangelio: “Poniendo en él los ojos, le amó” (Mc 10, 21). A menudo he subrayado la razón de esta tarea, interpretando una preocupación difundida y creciente, que concierne a todos los hombres de buena voluntad: “La juventud es una etapa-clave en la vida de cada hombre”.

En los jóvenes está la esperanza de la humanidad; y la esperanza, que va unida al futuro, es espera de los “bienes futuros”. Ella como virtud cristiana, está unida a la espera, activa y comprometida, de aquellos bienes eternos, que Dios mismo ha prometido al hombre en Jesucristo. Y, al mismo tiempo, ella, como virtud cristiana y humana, es la espera de aquellos bienes que el hombre debe alcanzar utilizando los talentos que la Providencia le ha dado.

Pero hoy la juventud está también amenazada, precisamente como esperanza de la humanidad y de su futuro. Los modos son diferentes, mas los resultados siguen siendo igualmente tristes y preocupantes. Muchos jóvenes se encuentran en situaciones de desesperanza tal que llegan incluso a excluir toda perspectiva razonable de un futuro prometedor. Otros sienten caer sobre su propia persona, de forma dramática, los temores que siente la humanidad: guerras, exterminio, hambre, manipulaciones, violencias e injusticias aberrantes. En las sociedades occidentales bastantes jóvenes, desorientados por la abundancia imprevista e incontrolada de oportunidades, de mensajes no pocas veces contrastantes, viven una intensa crisis de identidad y de sentido de la vida. Las preguntas fundamentales de la existencia permanecen sin una respuesta segura y tranquilizadora. A veces, estas preguntas son eludidas también por los educadores, pues prevalece un deprimente escepticismo de fondo o una praxis de vida frustrada. Un individualismo exasperado, que paradójicamente convive con una sociedad masificada, acaba a veces por quitar consistencia e interioridad a la vida personal del sujeto, llegando a quebrantar su existencia o degradándola hacia un conformismo mediocre. Esta crisis amenazadora hace a muchos jóvenes prisioneros de un presente sin horizontes o los empuja a buscar salidas que son solamente fugas existenciales, que hieren la humanidad y que, con frecuencia, desembocan trágicamente en la muerte.

Pero existen también, afortunadamente, muchas reacciones positivas y signos de esperanza. Los numerosos jóvenes que he encontrado en mis viajes apostólicos, y aquellos otros muchos venidos a Roma para celebrar conmigo el Año Santo de la Reconciliación y el presente Ano Internacional de la Juventud, alientan mi esperanza. Son ciertamente muchos y de grandes cualidades los jóvenes comprometidos actualmente en renovar la sociedad, en construir la “civilización del amor”, apasionados de Jesucristo, al que felizmente han abierto las puertas de su corazón; forman una larga cadena que lleva hacia un futuro ya cercano. Mi mirada, sin embargo, no puede detenerse sobre estos jóvenes sin preocuparme a la vez, con corazón paterno, de todos los demás.

Con estos sentimientos me congratulo con la UNESCO por la oportuna iniciativa de organizar este Congreso Mundial, con la colaboración de educadores comprometidos y de expertos ilustres. Ha sido para mí motivo de ulterior satisfacción conocer los temas a tratar en el orden del día. La educación, el trabajo, el desarrollo cultural, la colaboración internacional representan ciertamente problemas fundamentales de la vida juvenil y puntos neurálgicos de los procesos de transformación social. No pocos de los problemas que existen y preocupan a quienes aprecian a la juventud, encuentran aquí su raíz. Por ejemplo, ¿cómo pueden mirar con esperanza al futuro aquellos jóvenes que ven alejarse progresivamente la posibilidad de ganarse el pan y crearse una vida honesta mediante un trabajo seguro y gratificador? Los jóvenes buscan una sociedad donde las diferencias no obstaculicen la colaboración y donde las barreras levantadas entre los diferentes grupos sociales o entre los pueblos, a causa de odios, discriminaciones arraigadas, recelos nacionalistas o pretensiones hegemónicas, dejen paso finalmente a una convivencia serena y constructiva orientada hacia el bien y el desarrollo humano integral de todos. Pero, desgraciadamente, se tropiezan cada día con noticias y experiencias de guerra, divisiones absurdas, juegos de poder que aumentan las distancias entre países ricos y países pobres. La desesperación, que engendra la violencia o degenera en un consumismo desenfrenado, nace de causas más profundas y lejanas, que conviene individuar con claridad y valentía. Estudiar estos problemas en todas sus dimensiones reales puede dar a todos una conciencia más crítica, un motivado realismo y, al mismo tiempo, abrir perspectivas nuevas y audaces. Pudiera ser que llegarais a la conclusión de que existen dificultades que superan vuestro esfuerzo y que haya que esperar aún largo tiempo antes de que nuestras esperanzas se vean realizadas. El análisis de temas tan importantes, cuya solución escapa a menudo a las posibilidades de actuación de los jóvenes, porque atañe a competencias y responsabilidades más altas, podría constituir también un ulterior motivo de desilusión, de escepticismo e incluso de ruptura entre generaciones. El Congreso, muy sabiamente, ha reservado a la educación una atención especial.

Yo quisiera poner de relieve que la educación es mucho más que una preparación a la praxis; que no puede reducirse simplemente a la adquisición de una ciencia o al aprendizaje de una técnica. La verdadera educación comporta y asume ciertamente la ciencia, la cultura y la técnica, pero está orientada al objetivo nobilísimo de la formación de la persona, en sus dimensiones humanas integrales y en la perspectiva de sus fines más elevados. La educación es, por consiguiente, proposición y asimilación de “valores”, que son fundamento de la identidad, dignidad, vocación y responsabilidad del hombre como persona y como miembro de la sociedad. Los jóvenes, con pleno derecho, esperan tener educadores que sean auténticos maestros que sepan orientarles hacia ideales elevados y darles ejemplo de ellos con su vida. Una actitud y un clima de relativismo y de permisivismo, desarrollados frecuentemente sobre la pérdida o la erosión de valores espirituales y éticos, no han producido ciertamente buenos frutos y no ayudan al desarrollo de la auténtica personalidad de los jóvenes. Quisiera deciros: tened la valentía de proponer a los jóvenes de hoy metas elevadas y pedirles también - dándoles motivaciones - los sacrificios necesarios para conseguirlas. Esto estimulará las energías, a menudo latentes en sus espíritus, que están a la espera de educadores convencidos y expertos para hacerlas sobresalir y orientarlas de manera creativa. Sobre esta vía se podrán regenerar también estructuras y métodos de vida social anquilosada y devolver el sentido y la alegría a la existencia y al trabajo.

Excelencia, al renovar a Usted y a todos los participantes en ese importante Congreso mis más sinceros y fervientes deseos, pido a Dios Todopoderoso que bendiga los esfuerzos de todos los que trabajan por el bien de la juventud, a la que tan profundamente apreciamos.

Vaticano, 1 de julio de 1985.

IOANNES PAULUS PP. II


*Insegnamenti di Giovanni Paolo II, vol. VIII, 2 p. 105-109.

L'Osservatore Romano 8-9.7.1985 p.5.

L'Osservatore Romano. Edición semanal en lengua española n. 29 p. 1, 12.

 

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