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CARTA DEL SANTO PADRE
JUAN PABLO II AL ARZOBISPO DE SANTIAGO DE COMPOSTELA CON MOTIVO DE LA
CLAUSURA DEL AÑO SANTO COMPOSTELANO
Monseñor Antonio María Rouco Varela
Arzobispo de Santiago de Compostela
Con motivo de la solemne clausura del Año Santo Compostelano de
1993, postrado espiritualmente ante la tumba del Apóstol, me uno a los Pastores
y fieles de esa Archidiócesis, de Galicia y de España entera en el ferviente
acto de acción de gracias a Dios por los muchos beneficios con que ha bendecido
a cuantos, en este tiempo de “ gran perdonanza ”, han peregrinado hasta esa
Basílica, punto de confluencia de tantos caminos a través de los siglos.
En estos días de intenso gozo espiritual, que brota de la
radiante y serena contemplación del nacimiento del Redentor, deseo dirigiros un
saludo entrañable y una palabra de aliento para que los frutos espirituales del
Año Santo Jacobeo, que se clausura, sean para todos estímulo y exigencia para
hacer cada vez más presentes los valores del Evangelio en la sociedad
contemporánea.
Nota destacada de las numerosas y sentidas celebraciones ante el
Apóstol ha sido, sin duda, la catolicidad, la dimensión universal. En efecto,
gentes de los más apartados rincones del mundo se han dado cita en Santiago de
Compostela para confesar su fe cristiana e implorar a Dios su gracia y su
perdón. El Pórtico de la Gloria, evocadora imagen de la Jerusalén celeste, ha
sido de nuevo el umbral que han atravesado multitud de peregrinos y penitentes
en busca de Aquel que es “el Camino, la Verdad y la Vida” (Jn 14, 6).
Por ello, en esta circunstancia, deseo reiterar mi llamada a
hacer del Camino de Santiago un centro privilegiado de vida cristiana que
conduzca siempre a Cristo, Redentor del mundo, de quien procede la luz que
ilumina para no extraviarse por caminos que no son verdaderos ni conducen a la
Vida.
Los sacrificios de miles de personas que, a pie o de modos
diversos, han recorrido la Ruta Jacobea; las fervientes oraciones de multitud de
peregrinos en su itinerario espiritual; las masivas concentraciones de jóvenes,
familias, profesionales, gentes del mundo del trabajo y de la cultura para
venerar al Apóstol; las solemnes celebraciones litúrgicas en las que han
participado varios millones de personas recibiendo la sagrada Eucaristía; las
incontables confesiones sacramentales selladas con la reconciliación y el perdón
divino. Todo ello representa un sublime canto de alabanza a Dios, que hace de
este Año Santo Compostelano un hito relevante en la historia de la Iglesia
española.
Ruego al Todopoderoso que este tiempo de gracia, que ha supuesto
el Año Jacobeo, sea voz profética que, desde esos lugares de la península
ibérica que llamaron Finisterre, llegue hasta los confines de la tierra como
llamada a la nueva evangelización de España, de Europa, del mundo.
A la maternal intercesión de la Santísima Virgen, que en el
Pórtico de la Gloria se nos presenta con el expresivo gesto de aceptación de la
voluntad divina, encomiendo los frutos espirituales del Año Santo Compostelano
que hoy se clausura. Ella, a la que veneramos también como Virgen del Camino,
fue la válida sostenedora del Apóstol Santiago, que la tradición presenta como
el primer evangelizador de España y protector de su pueblo en los avatares de la
historia.
Que el Señor siga derramando abundantes dones de paz, amor y
progreso humano y espiritual sobre todos los amadísimos hijos de la noble Nación
española, mientras, en señal de benevolencia y prenda de la constante asistencia
divina les imparto una especial Bendición Apostólica: En el nombre del Padre, y
del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.
Vaticano, 31 de diciembre de 1993.
JOANNES PAULUS PP. II
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