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MENSAJE DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
A LOS SACERDOTES DEL SAGRADO CORAZÓN DE BÉTHARRAM
CON OCASIÓN DEL 200 ANIVERSARIO
DEL NACIMIENTO DEL FUNDADOR DE LA ORDEN

 

Al padre FRANCESCO RADAELLI, s.c.j.
superior general de los Sacerdotes del Sagrado Corazón de Bétharram

1. Con ocasión del 200 aniversario del nacimiento de vuestro fundador, san Miguel Garicoits, me uno con gusto a la alegría y a la acción de gracias de los miembros de vuestro instituto esparcidos por todo el mundo, de quienes se benefician de su apostolado y de quienes participan en las diferentes celebraciones que caracterizan este segundo centenario.

Desde muy joven, Miguel Garicoits escuchó la llamada del Señor a seguirlo en el sacerdocio. La maduración de su vocación y la disponibilidad de que dio prueba están unidas a la atención de sus padres, a su amor y a la educación moral y religiosa que recibió, particularmente gracias al cuidado diligente de su madre. En su itinerario espiritual, su familia ocupa, por tanto, un lugar importante. Fue un lugar de formación de su personalidad humana y espiritual, y una «pequeña Iglesia», según la fórmula de san Juan Crisóstomo citada por el concilio ecuménico Vaticano II (cf. Lumen gentium, 11). Gracias a ella, el joven Miguel aprendió a dirigirse al Señor, a ser fiel a Cristo y a su Iglesia.

En nuestro tiempo, en el que con frecuencia se descuidan los valores matrimoniales y familiares, la familia Garicoits es un ejemplo para los matrimonios y los educadores, que tienen la responsabilidad de transmitir el sentido de la vida y hacer que se perciba la grandeza del amor humano, así como despertar el deseo de encontrar a Cristo y seguirlo. Con este espíritu, toda familia cristiana está invitada a tomar parte activa «en la misión de la Iglesia de manera propia y original, es decir, poniendo al servicio de la Iglesia y de la sociedad su propio ser y obrar, en cuanto comunidad íntima de vida y de amor» (Familiaris consortio, 50). Es deber de los pastores ayudar y sostener a los padres cristianos en sus tareas educativas.

2. La disponibilidad humilde y perseverante a la voluntad divina es el principio fundamental de la vida de vuestro fundador, de su acción y de su ministerio sacerdotal. No dejó de repetir: Ecce venio!, conformando así todo su ser con Cristo Redentor, que vino para hacer la voluntad de su Padre. Quienes confían en el Señor, se dejan modelar por él, para que Dios fecunde su acción (cf. 1 Co 3, 7). A este propósito, san Francisco de Sales solía repetir: «Dios trabajará con vosotros, en vosotros y por vosotros, y vuestro trabajo dará consuelo» (Introducción a la vida devota, III, 10). Esta actitud filial permite descubrir el amor infinito de Dios y guía a lo largo de toda la existencia por el camino de la práctica de las virtudes teologales y morales, dado que «quienes profesan su pertenencia a Cristo se reconocen por su estilo de vida» (san Ignacio de Antioquía, Carta a los Efesios, 13).

A ejemplo de san Miguel, los Sacerdotes del Sagrado Corazón de Bétharram están llamados a dirigirse al Señor, para manifestarle su amor y su completa disponibilidad. Por la plegaria, particularmente por la oración, encuentro íntimo con el Sagrado Corazón, y por la práctica de los sacramentos, encuentran la fuerza para vivir su sacerdocio en el seno de su comunidad religiosa y en los diferentes servicios que se les confían en la Iglesia. En efecto, la contemplación y la unión con Cristo son la fuente de todo apostolado; la devoción al Sagrado Corazón «purifica [las almas], las llena de consuelos sobrenaturales y las mueve a alcanzar las virtudes todas» (Pío XII, Haurietis aquas, 1956), y el encuentro con Jesús en la oración ensancha el corazón del hombre hacia las dimensiones del mundo. Al vivir hoy la espiritualidad del Corazón de Jesús, «inflamado de amor a nosotros», los sacerdotes de vuestro instituto siguen una escuela admirable, tanto para su vida personal como para sus misiones. Se deben dejar guiar por el Espíritu, para servir en la Iglesia de acuerdo con el corazón de Dios, entregándose totalmente, por amor, para la salvación de sus hermanos. Recuerden todos que «perder algo por Dios, significa encontrarlo muchas veces» (Orígenes, Homilía sobre el Génesis 7, 6).

3. San Miguel Garicoits fortaleció su vida interior y afinó su sentido pastoral mediante el estudio frecuente de la filosofía y de la teología. Así recuerda a sus hijos que tienen que formarse incesantemente, a fin de llegar a ser educadores, ya que el estudio es un elemento indispensable para todos los misioneros del Evangelio.

La formación, que sostiene el ejercicio del ministerio sacerdotal, «tiende, desde luego, a hacer que el sacerdote sea una persona profundamente creyente y lo sea cada vez más; que pueda verse con los ojos de Cristo en su verdad completa» (Pastores dabo vobis, 73). Además, los hombres necesitan recibir la enseñanza necesaria para su adhesión de fe y para el testimonio que tienen que dar en medio de sus hermanos.

San Miguel también puso gran esmero en el acompañamiento espiritual de los fieles encomendados a él, para que pudieran avanzar por el camino de la vida perfecta. En la línea de san Francisco de Sales y de san Ignacio de Loyola, como hacía vuestro fundador, hoy es más importante que nunca proponerles también de manera clara la práctica de la dirección espiritual, que permite a cada uno «progresar en el camino €de la santidad» (Manuscrito, 594). Deseo, por tanto, alentar a los miembros de vuestro instituto a asumir y proseguir las intuiciones de san Miguel, para enseñar a nuestros contemporáneos a orar, a conocer y a amar a Cristo, y a seguirlo de acuerdo con su vocación particular, puesto que la fe y el amor dan una sabiduría «secreta », «sencilla», «general» y «espiritual », que ilumina lo que conviene realizar en el mundo (cf. san Juan de la Cruz, Noche obscura II, 17).

4. La vida religiosa, forma insigne de vida bautismal, se concreta de manera particular en el ideal de la vida ascética y comunitaria, que san Miguel tanto amaba. Es muy valiosa para la Iglesia, ya que es el reflejo de la santidad y de la fraternidad que le vienen del Señor (cf. Perfectae caritatis, 8 y 10; Vita consecrata, 60). Traduce el deseo de seguir de manera radical a Cristo, en quien se encuentra la verdadera felicidad, orientando la mirada hacia el mundo futuro. Así pues, a la vez que me alegro de que surjan numerosas vocaciones religiosas en las Iglesias jóvenes, animo a los miembros de vuestro instituto a proseguir con fidelidad su compromiso religioso, con «espíritu de entrega total a Cristo y a la Iglesia» (Vita consecrata, 60), y a realizar con amor las misiones que se les confíen.

5. La Iglesia se alegra por los diferentes servicios que vuestro instituto realiza en los continentes donde está presente, en relación estrecha con los pastores locales, con el espíritu de san Francisco Javier. En particular, anima fuertemente y apoya a todos los movimientos e instituciones que se comprometen en la educación de la juventud. El futuro de la Iglesia y de la sociedad descansa, en gran parte, en la formación que se da hoy a los jóvenes. En numerosos países, los jóvenes carecen de ambiente familiar, de afecto y de estructuras que les permitan encuadrar su instrucción y llevar a cabo su maduración interior. A veces, también están sometidos a tentaciones degradantes por parte de adultos poco delicados, que dejan huellas indelebles en lo más profundo de su ser. Gracias a la presencia solícita y afectuosa de educadores maduros y equilibrados, conviene darles los medios para construir su personalidad y brindarles una formación humana y una educación espiritual y moral apropiadas, a fin de que puedan convertirse en adultos sólidos, asumir sus responsabilidades en la sociedad y ser discípulos fieles de Cristo. Despertando la inteligencia y formando los corazones y las conciencias en los valores humanos y espirituales esenciales, los educadores preparan a los pastores y a los fieles que serán los protagonistas de la evangelización del tercer milenio. La educación de los jóvenes es un apostolado eminente, ya que, ayudando a cada uno a hacer fructificar sus talentos, el verdadero pedagogo permite el desarrollo de la persona, la lleva a descubrir el amor misericordioso del Señor y la invita a tener confianza en sí misma y a ponerse al servicio de sus hermanos.

6. Desde hace algunos años, habéis sido llamados a cumplir otras misiones, además de la educación, especialmente para afrontar las nuevas formas de pobreza, mostrando a los pobres el rostro de amor y de ternura de nuestro Dios. Atentos a las necesidades de los hombres de nuestro tiempo, habéis vivido así la disponibilidad y el amor de manera renovada, entre los jóvenes, entre las familias y en el ámbito de las estructuras de asistencia social, impulsados por el deseo de promover íntegramente a toda persona confiada a vuestra solicitud pastoral. Me alegro de vuestra respuesta generosa a esos servicios eclesiales.

7. A la vez que le encomiendo a la intercesión de la Virgen María, por quien san Miguel Garicoits tenía una gran devoción, especialmente porque junto a la cruz de su Hijo ella estaba «de pie y sin perder la esperanza», le imparto de todo corazón la bendición apostólica a usted, así como a todos los miembros del instituto y a las personas que se benefician de su apostolado.

Vaticano, 5 de julio de 1997

 

© Copyright 1997 - Libreria Editrice Vaticana  

 

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