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CARTA DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II  
A MONSEÑOR GIULIO SANGUINETI
EN EL VI CENTENARIO DEL NACIMIENTO DE NICOLÁS V

 

 

Venerado hermano
Monseñor GIULIO SANGUINETI
Obispo de La Spezia-Sarzana-Brugnato

He sabido con gran satisfacción que esa diócesis de La Spezia-Sarzana-Brugnato está conmemorando con oportunas iniciativas el sexto centenario del nacimiento del Papa Nicolás V. Con este motivo, me complace enviarle a usted, a la entera comunidad diocesana y a todos los que toman parte en la celebración del año dedicado a ese Papa, mi saludo cordial y mis mejores deseos. Me alegra que se recuerde la figura y la obra de ese gran Pontífice.

Tommaso Parentucelli, que nació en Sarzana el 15 de noviembre del año 1397, supo poner al servicio del ministerio sacerdotal las cualidades heredadas de su tierra ligur, en el confín con la Toscana, además de la preparación adquirida con tenaz esfuerzo, oración y estudio durante sus años de formación.

Ordenado sacerdote en el año 1421, fue primero, durante veinte años, secretario del cardenal y obispo de Bolonia, el beato Niccolò Albergati, y luego profesor de teología en la universidad boloñesa, tomando parte activamente en dos concilios, el de Basilea, en el año 1433, y el de Ferrara-Florencia, para la unión con las Iglesias orientales, de 1438 a 1443.

La divina Providencia quiso que después fuera obispo de Bolonia y cardenal. En marzo del año 1447, el Señor lo llamó a guiar la Iglesia universal, como Sucesor del apóstol Pedro.

Durante los años de su pontificado, hizo fructificar de modo amplio y eficaz los valiosos talentos de naturaleza y gracia de que Dios lo había dotado: un profundo espíritu de humildad y mansedumbre, una piedad ardiente, un extraordinario amor a la paz, una singular pasión por la cultura literaria y las artes, y una fina habilidad diplomática.

Hasta su muerte, en el año 1455, llevó a cabo una actividad muy variada, influyendo de manera notable en la Iglesia y en la sociedad. Fue Obispo de Roma en un período histórico caracterizado por acontecimientos cruciales: el fin del cisma de Occidente, la paz de Lodi, que acabó con un largo período de guerras en Italia, el gran jubileo de 1450, «año de oro» de la cristiandad del siglo  XV, y la caída de Constantinopla.

Nicolás V fue plenamente consciente del tiempo en que le tocó vivir, marcado por el paso del medioevo a la época moderna. Se esforzó por lograr que los creyentes aceptaran con valentía ese cambio de época, preparándose para afrontar también en el ámbito cultural la edad nueva, el humanismo. Sus iniciativas apostólicas pueden interpretarse desde esa perspectiva: desde su notable interés por la cultura humanística, hasta la fundación del primer núcleo de la Biblioteca apostólica vaticana, testimonio de su vivo interés por el valor del libro, «medium» cultural por excelencia de la edad moderna.

Un lugar especial ocupa en su pontificado el acontecimiento jubilar del año 1450, que constituyó una singular ocasión de renovación de la Iglesia, orientada hacia la nueva época. Consideró el jubileo como el momento propicio para reafirmar con fuerza la unidad de la Iglesia y renovar la invitación ecuménica, dirigida sobre todo a la Iglesia de Oriente. Trabajó con todas sus fuerzas para que en ese Año santo la Iglesia pudiera presentarse unida y reconciliada.

El recuerdo de dicho jubileo nos hace pensar, con significativas sugerencias, en el del año 2000. Como entonces, también ahora es muy ardiente el anhelo de unidad, el deseo de una auténtica renovación religiosa que implique a los cristianos de todo el mundo. Como entonces, también ahora es preciso que los creyentes tomen una conciencia madura y responsable del papel que están llamados a desempeñar en esta fase crucial de nuestro tiempo, que marca el paso del segundo al tercer milenio.

Deseo de corazón que el recuerdo de mi venerado predecesor permita a todos conocer mejor el mensaje, la sabiduría y la audacia pastoral que lo distinguieron. Su vida y su ministerio brindan también a los hombres de nuestro tiempo valiosas indicaciones sobre el compromiso necesario para la nueva evangelización. En efecto, hoy, como en los tiempos en que vivió Nicolás V, urgen un coherente testimonio evangélico, un valiente camino ecuménico y un serio diálogo con las diversas culturas y religiones, para afrontar con seriedad los desafíos del tercer milenio.

Pido al Señor que colme este año conmemorativo de abundantes frutos espirituales para esa comunidad diocesana y, a la vez que invoco la protección de María, Madre de la Iglesia, le envío de corazón a usted, venerado hermano, y a cuantos están encomendados a su cuidado pastoral, una especial bendición apostólica.

Castelgandolfo, 2 de septiembre de 1998

 

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