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MENSAJE DE JUAN PABLO II
A LOS PARTICIPANTES EN
LA LXXIV SEMANA SOCIAL DE FRANCIA

 

 

Al señor Jean Boissonnat
Presidente
de las Semanas sociales de Francia

1. En vísperas del gran jubileo del año 2000, es muy conveniente que las Semanas sociales de Francia aborden el tema:  "De un siglo a otro, el Evangelio, los cristianos y los desafíos de la sociedad" durante su LXXIV sesión, que se celebra en París del 25 al 28 de noviembre, casi cien años después de su fundación, en 1904. Doy gracias al Señor por el trabajo realizado durante el siglo XX por vuestra institución, según el espíritu de la encíclica Rerum novarum del Papa León XIII. Me uno mediante la oración a los organizadores y a los participantes en ese encuentro, pidiendo al Espíritu Santo que haga fructificar los trabajos de esa nueva sesión.

Diez años después de la caída del muro de Berlín y en el marco actual de la mundialización, me alegra la amplia reflexión que pretendéis realizar sobre los problemas complejos que la realidad política, económica y social plantea a nuestra sociedad, apoyándoos en la doctrina social de la Iglesia, con el deseo de llevar a cabo una obra innovadora para preparar el futuro, sobre todo en Europa. Es particularmente importante desarrollar una cultura social cuyo centro sea el hombre, como persona y como miembro de un pueblo.

2. Las diferentes Semanas sociales han sido encuentros notables que han contribuido a numerosas transformaciones en la vida pública, y constituyen una hermosa página de la historia del catolicismo social, escrita por inspiración de Marius Gonin y Adéodat Boissard. Han estimulado a numerosos fieles que, mediante su compromiso, han querido vivir los principios en los que se basa la doctrina social de la Iglesia. Los diferentes presidentes que se han sucedido:  Henri Lorin, Eugène Duthoit y muchos otros, han querido servir a la Iglesia difundiendo su mensaje social. Mi predecesor el Papa Pío XII escribió en 1954 al señor Charles Flory, presidente entonces:  "Hoy como ayer, las Semanas sociales, firmes en la doctrina, valientes en la investigación y fraternas en la colaboración de todos, deben ser para los católicos y para sus diversos movimientos una encrucijada viva en la que, a la luz de exposiciones sustanciales, se confronten las experiencias, se forjen las convicciones y maduren las iniciativas de acción".

3. Para realizar un discernimiento cristiano verdaderamente fecundo sobre los problemas de la sociedad, es necesario en primer lugar dirigir la mirada hacia el Evangelio y, por tanto, hacia la actitud misma de Jesús; Cristo es el modelo de todo comportamiento humano. "El mensaje social del Evangelio no debe considerarse una teoría, sino, por encima de todo, un fundamento y un estímulo para la acción" (Centesimus annus, 57). El Señor nos revela la verdad sobre el hombre y nos invita a estar atentos a cada persona, sobre todo a las más débiles y frágiles de nuestra sociedad. La Escritura y los Padres de la Iglesia invitan incesantemente a los hombres a entablar relaciones de caridad, fraternidad, solidaridad y justicia (cf. Filemón, 16-17; Didaché; Carta a Bernabé; san Justino, Diálogos 11, 2). La vida de las primeras comunidades cristianas y del período patrístico también es ejemplar. Con este espíritu, convendría sin duda referirse a autores como san Ambrosio y san Juan Crisóstomo, que supieron poner de relieve las consecuencias sociales de las exigencias evangélicas y responder a las diversas situaciones nuevas que los cristianos debían afrontar entonces. Ya desde los primeros siglos, los cristianos se comprometieron en la vida social para responder a las necesidades que surgían en su tiempo. Pensemos, sobre todo, en la reflexión y la actividad sociales del siglo IV, debidas en particular a Melania la mayor y a Rufino, a Palladius y a Inocencio el italiano, a Melania la menor y a su esposo Pinianus, en los alrededores de Jerusalén, como nos informa Basilio de Cesarea, a san Jerónimo y a Paula, en las proximidades de Belén, así como en las numerosas actividades en la región de Antioquía y Damasco.

4. La política es el campo más vasto de la caridad y la solidaridad. Sin embargo, "la caridad que ama y sirve a la persona no puede separarse jamás de la justicia" (Christifideles laici, 42), puesto que, como señalaba san Luis, la justicia es la primera cualidad de los gobernantes (cf. Enseñanzas a su hijo mayor Felipe). Por su parte, los fieles laicos "de ningún modo pueden abdicar de la participación en la política, es decir, de la multiforme y variada acción económica, social, legislativa, administrativa y cultural, destinada a promover orgánica e institucionalmente el bien común" (Christifideles laici, 42). Eso mismo lo subrayaba ya un texto de la Iglesia primitiva refiriéndose a los cristianos:  "El lugar que Dios les ha asignado es tan noble, que no les está permitido abandonarlo" (Carta a Diogneto, n. 6). Ante Dios, en la oración, el cristiano toma conciencia de su misión, discierne las acciones que conviene llevar a cabo y encuentra la fuerza para realizarlas. Para comprometerse en la res publica también es importante dedicar atención particular a cada persona y prestar un servicio humilde a todos sus hermanos, que se identifica con el servicio al bien común, cuidando especialmente la probidad y la honradez. En efecto, toda función social implica desarrollar su vida interior, que orienta la acción y le confiere profundidad y su sentido verdadero.

5. Durante su larga historia, desde san Martín de Tours hasta san Vicente de Paúl, vuestro país ha sabido encontrar en su seno admirables ejemplos de entrega generosa por el bien de los pobres y de los más necesitados. Para afrontar los nuevos desafíos del próximo milenio, sin duda Francia suscitará también laicos conscientes de que deben desplegar plenamente su capacidad cristiana para trabajar en "el campo propio de su actividad evangelizadora, (...) el mundo vasto y complejo de la política, de la sociedad, de la economía, y también de la cultura, de las ciencias y las artes, de la vida internacional, de los medios de comunicación social, así como otras realidades abiertas a la evangelización como el amor, la familia, la educación de los niños y jóvenes, el trabajo  profesional"  (Evangelii  nuntiandi, 70). La construcción del mundo actual y la revitalización de las relaciones sociales son una responsabilidad que Dios ha confiado a los hombres; abren a la esperanza, dado que la construcción de la ciudad terrena es una preparación activa para la llegada de un mundo nuevo, signo del Reino que ha de venir (cf. Didaché, 16).

6. Los hombres están llamados a trabajar en una colaboración cada vez más estrecha, en todos los sectores de la sociedad, promoviendo los derechos fundamentales de todo ser humano. Cada uno tiene su lugar en la ciudad, y debe asumir la responsabilidad que le corresponde en la construcción de la casa común, según el principio de subsidiariedad desarrollado ampliamente por los Papas (cf. León XIII, Rerum novarum, 2; Pío XI, Quadragesimo anno). A este propósito, ¡cómo no recordar el valor fundamental del matrimonio y de la familia, que es la célula primaria de la sociedad! Cuando ya no se observan los principios fundamentales, cuando las leyes positivas ya no hacen referencia a la ley natural, es evidente que "toda la vida social se ve progresivamente comprometida, amenazada y abocada a su disolución" (Veritatis splendor, 101). Corresponde a la autoridad legítima asegurar el buen funcionamiento de las estructuras del Estado, la transparencia en la administración pública, la imparcialidad en el servicio público, el uso justo y honrado de los fondos públicos, y el rechazo de los medios ilícitos para obtener o conservar el poder, en virtud del valor mismo de la persona y de las exigencias morales objetivas (cf. ib.). Se constata que "en numerosas sociedades, incluidas las europeas, los responsables parecen haber renunciado a las exigencias de una ética política que tenga en cuenta la trascendencia del hombre y la relatividad de los sistemas de organización de la sociedad. Es hora de que se pongan de acuerdo para conformarse a ciertas exigencias morales que conciernen tanto a los poderes públicos como a los ciudadanos" (Discurso al Cuerpo diplomático, 15 de enero de 1994, n. 8:  L'Osservatore Romano, edición en lengua española, 21 de enero de 1994, p. 19). Nuestros contemporáneos deben poder recuperar la confianza en el valor de la actividad política, que es un baluarte contra el totalitarismo financiero y económico.

7. En vísperas del próximo milenio, los cristianos están llamados a entrar en este nuevo mundo como protagonistas, esforzándose por innovar, para promover la justicia y la dignidad del hombre, y por construir con todos los hombres de buena voluntad una sociedad que respete a todos los seres humanos. Tienen el deber de mostrar que los valores humanos y cristianos son el fundamento de la edificación social, y que la libertad religiosa y la de la institución eclesial son libertades fundamentales que abren el camino al respeto de las demás libertades y deben servir para mejorar la vida de las personas y no para buscar desenfrenadamente poder o dinero. También es preciso subrayar el peligro de las ideologías, desde el comunismo hasta el liberalismo, que paralizan a las sociedades y hacen que aumenten las diferencias entre las personas y los pueblos.

8. El siglo que se acerca a su fin ha sido escenario de un desarrollo importante del compromiso social cristiano en vuestro país; basta recordar algunas grandes figuras cristianas, como Jean Le Cour Grandmaison, Émile Marcesche, Robert Garric, Joseph Folliet, Madeleine Delbrêl, los abades Godin, Daniel y Guérin, Raoul Follereau, Edmond Michelet, Robert Schumann, Jacques Maritain, el padre Gaston Fessard, monseñor Jean Rodhain y el beato Frédéric Ozanam. Os invito a proseguir la obra emprendida por vuestros predecesores y a seguir siendo protagonistas de la vida pública; así proporcionaréis a nuestros contemporáneos los elementos que necesitan para analizar la situación actual y encontrar nuevas energías, a fin de que puedan cumplir hoy su misión en el seno de la sociedad. La Iglesia cuenta también con vosotros para participar en la formación de las conciencias y dar a los jóvenes la educación cívica que los convertirá en ciudadanos responsables, capaces de asumir en el futuro sus compromisos al servicio de su país.

Los cristianos comprometidos en la vida social están llamados a ser, como dice el profeta Isaías (cf. Is 21, 11-12), centinelas en la atalaya, que deben discernir las expectativas y las esperanzas de los hombres de este tiempo y tener siempre la valentía de defender al ser humano y los valores esenciales en la construcción de la sociedad. Es importante velar para que los hombres y los pueblos no se vean sometidos a la opresión de estructuras políticas, económicas y sociales. Del mismo modo, todo cristiano está invitado a ser fiel en el cumplimiento del deber de su estado y de su misión diaria, mostrando así a sus hermanos el valor de servicio que reviste cualquier acción en la ciudad terrena.

Encomendando el encuentro de las Semanas sociales de 1999 a la intercesión de los santos de vuestra tierra, imparto de todo corazón a los organizadores y a todos los participantes, así como a todos vuestros seres queridos, la bendición apostólica.

Vaticano, 17 de noviembre de 1999

 

© Copyright 1999 - Libreria Editrice Vaticana

 

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