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MENSAJE DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
AL CARDENAL ANGELO SODANO
EN EL 50° ANIVERSARIO
DE SU ORDENACIÓN SACERDOTAL

   

Al venerado hermano
ANGELO SODANO
Cardenal de la santa Iglesia romana
Secretario de Estado


Mientras pasan los intensos días del gran jubileo, con especial alegría me uno a ti, venerado hermano, que estás a punto de celebrar el 50° aniversario de tu ordenación sacerdotal. Esta feliz conmemoración me impulsa a congratularme vivamente contigo por un tiempo tan largo pasado al servicio de Dios y de la Iglesia, pues aprecio tu solícita y probada prudencia al juzgar las vicisitudes humanas, así como tu profunda sensibilidad para promover proyectos e iniciativas pastorales con respecto a la obra de la Iglesia en el mundo.

Me alegra manifestar mi afecto a los cardenales y a los obispos que recuerdan el aniversario de su ordenación. Con mayor alegría te lo manifiesto a ti, mi primer colaborador en la Secretaría de Estado, que asistes tan de cerca al Papa en su solicitud por la Iglesia universal y en las relaciones con las autoridades de los Estados.

Aprovecho esta ocasión para expresarte mi más viva gratitud por la ayuda que me has dado durante estos años a mí y a la Iglesia.

Al contemplar el tiempo transcurrido, compruebo que ha estado lleno de compromisos. Después de obtener el título de doctor en sagrada teología y en derecho canónico, recibiste, hace cincuenta años, la ordenación sacerdotal en la espléndida catedral de Asti. Al principio, trabajaste en la formación de los alumnos del seminario y en la pastoral de la juventud. En el año 1959, llamado al servicio de la Sede apostólica, después de realizar los estudios en la Academia eclesiástica pontificia, desempeñaste el oficio de secretario en las nunciaturas apostólicas de Ecuador, Uruguay y Chile.

Al volver a Roma, trabajaste en el Consejo para los Asuntos públicos de la Iglesia.
Mientras tanto, siendo muy conocidas tus cualidades de espíritu e inteligencia, Pablo VI, mi predecesor de feliz memoria, el 30 de noviembre de 1977, te eligió arzobispo titular de Nova di Cesare y te nombró nuncio apostólico en Chile, donde, durante más de diez años, consolidaste las relaciones con esa nación.

Finalmente, en 1988, yo mismo te encomendé el cargo de Secretario del Consejo para los Asuntos públicos de la Iglesia, que al año siguiente cambió su nombre por el de segunda sección de la Secretaría de Estado para las Relaciones con los Estados.

En 1990, conociendo tus dotes y tus méritos, te nombré pro-secretario de Estado y, luego, en el consistorio de 1991, te asocié al Colegio de los padres cardenales, encomendándote el cargo de Secretario de Estado.

En esta circunstancia te expreso mi aprecio por la valiosa labor que has realizado y realizas para bien de mi ministerio, así como por tus sabios consejos y tu constante devoción al Papa y a la Sede apostólica.

Así pues, mientras me congratulo contigo por el 50° aniversario de tu sacerdocio y por la asidua y solícita laboriosidad con la que te has consagrado por completo a la Sede apostólica, de corazón te doy las gracias a ti y a Dios, pidiéndole que te conserve por muchos años y te enriquezca con la abundancia de sus dones celestiales. Que el amor de la santísima Madre de Dios te sostenga siempre, te dé vigor y te fortalezca en las diversas circunstancias de la vida.

Por último, como signo de mi singular estima y de mi afecto, te imparto, venerado hermano, la bendición apostólica, que extiendo a tus seres queridos y a cuantos participen de alguna manera en tu jubileo sacerdotal, tanto en Roma como en la diócesis suburbicaria de Albano y en la querida diócesis de Asti.

Vaticano, 14 de septiembre, fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz, de 2000, vigésimo segundo año de mi pontificado.
  

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