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CARTA DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
CON OCASIÓN DEL II CENTENARIO
DEL NACIMIENTO DEL CARDENAL NEWMAN

 

Al reverendísimo
Vincent NICHOLS
arzobispo de Birmingham


Con ocasión del II centenario del nacimiento del venerable siervo de Dios John Henry Newman, me uno de buen grado a usted, a sus hermanos en el episcopado de Inglaterra y Gales, a los sacerdotes del Oratorio de Birmingham y a la multitud de personas que en todo el mundo alaban a Dios por el don del gran cardenal inglés y por su perenne testimonio.

Reflexionando en el misterioso plan divino que se realizaba en su vida, Newman llegó a la profunda y permanente convicción de que "Dios me ha creado para que le preste un servicio determinado. Me ha encomendado una tarea que no ha dado a ningún otro. Yo tengo mi misión" (Meditaciones y devociones). Cuán verdadera nos parece ahora esta reflexión al considerar su larga vida y la influencia que ha ejercido desde su muerte. Nació en un tiempo particular, el 21 de febrero de 1801; en un lugar particular, Londres; y en una familia particular, primogénito de John Newman y Jemima Fourdrinier. Pero la misión particular que le encomendó Dios garantiza que John Henry Newman pertenece a todas las épocas, a todos los lugares y a todos los pueblos.

Newman nació en un tiempo agitado, que no sólo sufrió convulsiones políticas y militares, sino también espirituales. Las antiguas certezas se debilitaban, y los creyentes afrontaban, por una parte, la amenaza del racionalismo, y, por otra, la del fideísmo. El racionalismo implicaba un rechazo tanto de la autoridad como de la trascendencia, mientras que el fideísmo alejaba a la gente de los desafíos de la historia y de las tareas de este mundo, produciendo una dependencia deformada de la autoridad y de lo sobrenatural. En ese mundo, Newman llegó finalmente a una notable síntesis entre fe y razón, que eran para él "como las dos alas con las cuales el espíritu humano se eleva hacia la contemplación de la verdad" (Fides et ratio, Introducción; cf. ib., 74). La contemplación apasionada de la verdad lo llevó a una aceptación liberadora de la autoridad, que tiene sus raíces en Cristo, y al sentido de lo sobrenatural que abre la mente y el corazón humanos a toda la gama de posibilidades reveladas en Cristo. "Guíame, luz amable, en medio de la oscuridad que me envuelve, guíame tú", escribió Newman en "El pilar de la nube". Para él Cristo era la luz en medio de cualquier tipo de oscuridad. Para su tumba eligió como epígrafe:  Ex umbris et imaginibus in veritatem; al final del camino de su vida fue evidente que Cristo era la verdad que había encontrado.

Pero la búsqueda de Newman estuvo marcada por el dolor. Cuando comprendió plenamente la misión que Dios le había confiado, declaró:  "Por tanto, confiaré en él... Si estoy enfermo, mi enfermedad puede servirle; si estoy perplejo, mi perplejidad puede servirle... Él no hace nada en vano... Puede quitarme los amigos. Puede arrojarme entre desconocidos. Puede hacer que sienta desolación, que mi corazón se deprima, que no vea claro el futuro. Sin embargo, él sabe lo que hace" (Meditaciones y devociones).

Todas las pruebas que experimentó durante su vida, más que abatirlo o destruirlo, paradójicamente fortalecieron su fe en el Dios que lo había llamado, y robustecieron su convicción de que Dios "no hace nada en vano". Por eso, al final, lo que resplandece en Newman es el misterio de la cruz del Señor:  este fue el centro de su misión, la verdad absoluta que contempló, la "luz amable" que lo guió.

Al mismo tiempo que damos gracias a Dios por el don del venerable John Henry Newman en el II centenario de su nacimiento, le pedimos que este guía seguro y elocuente en nuestra perplejidad sea también un poderoso intercesor en todas nuestras necesidades ante el trono de la gracia.
Oremos para que pronto la Iglesia pueda proclamar oficial y públicamente la santidad ejemplar del cardenal John Henry Newman, uno de los paladines más distinguidos y versátiles de la espiritualidad inglesa.

Con mi bendición apostólica.

Vaticano, 22 de enero de 2001

 

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