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 MENSAJE DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
 AL III CONGRESO CONTINENTAL
SOBRE LA PASTORAL DE LAS VOCACIONES AL SACERDOCIO
Y A LA VIDA CONSAGRADA

 

Señor cardenal
JEAN-CLAUDE TURCOTTE
Arzobispo de Montreal


1. Con ocasión del Congreso de Montreal sobre la pastoral de las vocaciones al sacerdocio y a la vida consagrada para nuestro tiempo, le dirijo un saludo afectuoso a usted así como a los representantes del Episcopado, a los sacerdotes, a los religiosos, a las religiosas y a los laicos de Estados Unidos y de Canadá. Me uno cordialmente a todos en la oración y expreso mis mejores deseos de que ese encuentro sea ocasión de mayor entusiasmo y de un compromiso más fuerte por parte de las personas que trabajan en ese sector.

El tema del Congreso, "Vocación:  don de Dios", expresa bien la dimensión fundamental de la vocación sacerdotal o religiosa, e invita a todos los participantes a vivir sus jornadas de encuentro en un clima ferviente, invocando la luz y la fuerza del Espíritu Santo.

Es importante recordar que una intensa vida de fe en las comunidades eclesiales y la profunda renovación espiritual a la que se dedican, favorecen una respuesta generosa por parte de quienes han sido llamados por Dios al ministerio sacerdotal o a la vida consagrada. En efecto, son sobre todo la vida de oración y un clima espiritual los que hacen posible el descubrimiento de las diversas llamadas y suscitan en los creyentes el deseo de entregarse totalmente al Señor en la vida sacerdotal o en la vida consagrada.

2. El Congreso constituye el punto de llegada de un largo e intenso recorrido preparatorio, que ha implicado a las Iglesias locales y a las familias religiosas, y que ha tenido como momentos más significativos los congresos diocesanos y regionales. Estoy seguro de que a los numerosos delegados, elegidos por las diócesis y los diversos organismos que en Estados Unidos y Canadá velan por la promoción de las vocaciones, este intenso trabajo les brindará la ocasión de dedicarse a una profunda reflexión sobre la vocación sacerdotal o religiosa a la luz de los datos bíblicos y de los documentos del Magisterio. Hoy es más importante que nunca situar el sacerdocio ministerial y la vida consagrada en la perspectiva del misterio de Cristo y de la Iglesia, para poder responder eficazmente a los desafíos y a los problemas que surgen en el ámbito social y cultural actual.

Con este fin, el censo de todas las fuerzas apostólicas que trabajan en las diversas Iglesias locales era particularmente oportuno; este trabajo constituye uno de los frutos más significativos de las actividades preparatorias. Los datos muestran que algunos seminarios están rebosantes de candidatos al sacerdocio, que algunas congregaciones religiosas tienen muchas vocaciones, entre otras causas, por la fecundidad vocacional de comunidades y movimientos eclesiales nacidos recientemente.

3. Doy gracias al Señor por estos signos de una primavera vocacional prometedora, y deseo de todo corazón que el clima de entusiasmo y de fe que se constata en numerosas comunidades eclesiales reafirme la aspiración de los que se sienten inclinados a entregarse totalmente a Cristo  para extender su reino.

A propósito de la llamada al sacerdocio ministerial, quisiera subrayar que no puede considerarse una llamada entre muchas otras; en efecto, de ella dependen la realización y el desarrollo de todas las demás vocaciones. El sacerdote representa a Cristo en sus funciones de cabeza, pastor, sacerdote y esposo, y está llamado a actuar "in persona Christi capitis" en los momentos más sagrados de su servicio a la Iglesia.

Desde esta perspectiva, la promoción de las vocaciones al ministerio sacerdotal, ministerio que es uno de los elementos constitutivos de la Iglesia (cf. Pastores dabo vobis, 16), adquiere un carácter totalmente prioritario. El Señor sigue llamando a numerosos jóvenes a este ministerio. Pero su voz es ahogada a menudo por otras llamadas que lamentablemente distraen la mente de los jóvenes, y también por algunas ideas sobre el sacerdocio y el ministerio sacerdotal que no son conformes a la fe y a la tradición eclesial.

Frente a esto, se siente la necesidad de una acción pastoral capilar, capaz de presentar esta vocación en su integridad y de ofrecer ayuda útil a los que el Señor invita:  "Venid conmigo, y os haré pescadores de hombres" (Mc 1, 17). Es necesario crear una atmósfera adecuada para esos jóvenes. Es indispensable que haya modelos elocuentes capaces de hacer que brillen ante sus ojos la grandeza y la sublimidad del sacerdocio ministerial, así como la felicidad profunda que se experimenta al entregarse totalmente a Cristo para servir a la Iglesia. Esto los animará a seguir a Jesús, que quiere enviarlos, como ministros de los sacramentos, a repetir sus palabras:  "Esto es mi cuerpo, esta es mi sangre", o también:  "Yo te perdono todos tus pecados".

Por otra parte, los hombres y las mujeres de nuestro tiempo tienen sed de la palabra de vida y piden buenos guías en el camino de la santidad.

Por todas estas razones, la promoción de condiciones favorables a la acogida positiva de una eventual llamada al sacerdocio constituye un deber urgente para todo el pueblo de Dios, especialmente para las autoridades eclesiásticas, los organismos eclesiales y las asociaciones instituidas con ese fin. Al mismo tiempo, es necesario que el cultivo de las vocaciones al ministerio sacerdotal y la formación de los futuros sacerdotes se confíen a educadores dotados de las cualidades indispensables para un serio discernimiento y para el acompañamiento de los "llamados" durante su largo camino de formación.

4. Aunque la promoción de las vocaciones al ministerio sacerdotal es importante, no hay que considerar, sin embargo, menos necesario el cultivo de las vocaciones a la vida consagrada, la cual, sin formar parte de las estructuras jerárquicas de la Iglesia, constituye un don valioso para el crecimiento y la santidad del pueblo cristiano.

El concilio ecuménico Vaticano II afirma:  "Los consejos evangélicos de castidad consagrada a Dios, pobreza y obediencia tienen su fundamento en las palabras y el ejemplo del Señor. Recomendados por los Apóstoles, los Padres de la Iglesia, los doctores y pastores, son un don de Dios, que la Iglesia recibió de su Señor y que con su gracia conserva siempre" (Lumen gentium, 43). Las personas consagradas hacen visibles los bienes futuros y testimonian la vida nueva y eterna adquirida por la redención de Cristo. Además, están llamadas a imitar más fielmente y a representar constantemente en la Iglesia la forma de vida que el Hijo de Dios asumió al encarnarse (cf. ib., 44). Nuestro mundo, sobre todo la juventud, necesita testigos y modelos de una vida profundamente realizada en la consagración a Dios.

Por tanto, no sólo los ministros ordinarios sino también las personas consagradas tienen, aunque de un modo diferente, una misión particular que cumplir para el bien de todos. Conviene reafirmar aquí lo que recordé en la exhortación apostólica postsinodal Vita consecrata, a saber, que "el problema de las vocaciones es un auténtico desafío que interpela directamente a los institutos, pero que concierne a toda la Iglesia. (...) Es necesario tener confianza en el Señor Jesús, que continúa llamando a seguir sus pasos, y encomendarse al Espíritu Santo, autor e inspirador de los carismas de la vida consagrada. (...) Además de promover la oración por las vocaciones, es urgente esforzarse, mediante el anuncio explícito y una catequesis adecuada, por favorecer en los llamados a la vida consagrada la respuesta libre, pero pronta y generosa, que hace operante la gracia de la vocación" (n. 64).

5. Sólo una comunidad cristiana más comprometida en el camino de la santidad y más determinada a afirmar el primado de lo sobrenatural y a reconocer en la liturgia "la cumbre y la fuente" de toda obra apostólica será capaz de suscitar el deseo y la alegría de entregarse totalmente al Señor y de cultivar las semillas de las vocaciones al sacerdocio y a la vida consagrada, que Jesús sigue sembrando en el corazón de tantos muchachos y muchachas.

A la vez que expreso mi deseo de que el Congreso represente un momento especial de gracia para las Iglesias de Estados Unidos y Canadá, y que vea florecer una nueva primavera vocacional, oro para que contribuya también al crecimiento de la santidad de todos los fieles.

El logotipo del Congreso, el Sembrador que siembra a manos llenas (cf. Mt 13, 3-9. 18-23), recuerda que, afortunadamente, las llamadas divinas no faltan. Pero es necesario que el grano caiga en tierra buena, es decir, en corazones dispuestos a responder con generosidad a la invitación de Jesús. La tarea de cada Iglesia consiste, pues, en preparar ese terreno humano, capaz de producir frutos abundantes.

No podría concluir este mensaje sin dirigir mi mirada a la Jornada mundial de la juventud, que se celebrará en Toronto el próximo mes de julio y para la cual todas las Iglesias se preparan activamente. Ojalá que este acontecimiento extraordinario ayude a los jóvenes a ponerse a la escucha del Señor, que los llama a servir con una generosidad cada vez más viva a la causa del Reino.

Con estos sentimientos, confío los trabajos y los proyectos del Congreso a la intercesión materna de María, Mater Ecclesiae et Regina Apostolorum, y envío de todo corazón a cada uno una bendición apostólica especial.

Vaticano, 12 de abril de 2002

 

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