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CARTA DEL PAPA JUAN PABLO II
A LAS SIERVAS DE MARÍA
MINISTRAS DE LOS INFERMOS 

 

Queridas hermanas:

1. Me es grato dirigir un cordial saludo a vosotras que, en representación de todas las Siervas de María, Ministras de los Enfermos, habéis participado en los trabajos del XXIII Capítulo General, el cual ha de ser un signo de unidad del Instituto, presente en numerosas partes del mundo, para enriquecer a la Iglesia con el carisma que os infundió la Madre Fundadora, Santa Soledad Torres Acosta, hace más de siglo y medio. Os corresponde la tarea de reforzar la fidelidad al espíritu original y discernir sobre el mejor modo de vivirlo hoy, cuando ha comenzado un nuevo milenio, en el que la Iglesia se siente especialmente llamada a mostrar palpablemente "a qué grado de entrega puede llegar la caridad hacia los más pobres" (Novo millennio ineunte, 49).

Saludo en particular a la Superiora General, a sus Consejeras e inmediatas colaboradoras, para las que pido abundantes dones divinos en su responsabilidad de guiar la Congregación con clarividencia y acompañar con espíritu fraterno a sus Hermanas en el compromiso de revivir, con audacia y creatividad, el camino de santidad señalado por vuestra Santa Madre, como habéis propuesto en el Capítulo. En efecto, la santidad, además de ser la aspiración inequívoca de toda persona consagrada, es el primer requisito para dar testimonio del Reino de Dios en el mundo y recordar a los demás la vocación a la que están llamados los cristianos (cf. Vita consecrata, 39).

2. El carisma que os caracteriza, la atención de los enfermos en sus propios hogares, sintoniza bien con la fuerza creativa de la caridad que ha de tener toda acción eclesial, a la vez que trata de plasmar concretamente la exigencia de que cada "gesto de ayuda sea sentido no como limosna humillante, sino como un compartir fraterno" (Novo millennio ineunte, 50).

En vuestro Capítulo habéis querido resaltar también la necesidad de saber estar con María y como María en el mundo del dolor. Esta dimensión mariana del carisma, tan certeramente intuido por vuestra Fundadora, evoca la figura de la Madre de Jesús que permaneció firme, de pie, junto a la Cruz, cuando prácticamente todos los demás se habían alejado. Esta escena puede ilustrar la riqueza de vuestra misión, pues en ella se muestra la fuerza de una fe inquebrantable en Cristo y la oportunidad de contemplar su rostro lacerado en cada hermano que sufre, convirtiendo así el servicio en un verdadero momento de oración.

A este respecto, el año pasado, en fechas particularmente significativas para el Instituto, pedía que la Virgen María "entre con vosotras en los hogares para mostrar a Jesús, el verdadero Salvador y Redentor de cada ser humano" (A las Siervas de María Ministras de los Enfermos, 16-II-2001, 3). Ahora os lo repito, recomendando que lo hagáis rezando el Rosario frecuentemente mientras atendéis a los enfermos. En efecto, "recorrer con María las escenas del Rosario es como ir a la ‘escuela’ de María para leer a Cristo, para penetrar sus secretos, para entender su mensaje" (Rosarium Virginis Mariae, 14). ¿Qué mejor manera de asimilar "los mismos sentimientos que Cristo" (Flp 2, 5), implorar a su Madre que vele por sus hijos enfermos o ahondar en el sentido propiciatorio del dolor?

De este modo, la pausada cadencia de las Avemarías mientras se contemplan los misterios de su divino Hijo, impregna de oración los momentos de acompañamiento de los enfermos. Además, esto podría ser una oportunidad magnífica para que ellos mismos sientan la predilección que Dios les tiene y, tal vez, despertando un sentido de fe y devoción acaso adormecido u olvidado, se unan en la medida de sus posibilidades a una oración tan querida por la Iglesia y tan apropiada para su condición (cf. Rosarium Virginis Mariae, 38).

3. Para terminar, deseo poner los frutos del Capítulo y el porvenir de la Congregación en las manos de nuestra Madre del cielo. Ella, que es Salud de los enfermos y Consuelo de los afligidos, será la mejor maestra en el cumplimiento de vuestra misión y quien os aliente, con el ejemplo de su entera disponibilidad a la voluntad de Dios (cf. Lc 1, 38), a pronunciar con gozo, generosidad y decisión el "sí" cotidiano de vuestra entrega incondicional, aún en medio de las incertidumbres que puedan ir surgiendo.

Invoco la intercesión de Santa Soledad Torres Acosta, cuya estatua he tenido la dicha de bendecir hoy, al haberse colocado en el exterior de la Basílica de San Pedro, y le pido que acreciente vuestro Instituto con nuevas vocaciones. Con estos sentimientos os imparto de corazón la Bendición Apostólica, que extiendo a todas las Siervas de María Ministras de los Enfermos.

Vaticano, 13 de noviembre de 2002


IOANNES PAULUS II

 

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