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  MENSAJE DE SU SANTIDAD JUAN PABLO II
A LOS PARTICIPANTES EN EL ENCUENTRO ECUMÉNICO
"JUNTOS POR EUROPA"

 

A los participantes
en el encuentro ecuménico
"Juntos por Europa"


El 8 de mayo, en Stuttgart, tendrá lugar el encuentro Juntos por Europa, con la participación de movimientos católicos, evangélicos y ortodoxos, para celebrar una Jornada europea de encuentro y de diálogo. Me alegra saber que los cristianos de Europa se reúnen, precisamente cuando la Unión europea se ha ampliado con varios nuevos Estados, para reflexionar sobre las raíces cristianas y sobre el futuro del continente a la luz del Evangelio. En efecto, la luz del Evangelio ha iluminado la historia de Europa, dando así origen a una comunión de destinos de pueblos diversos. La acogida de la Palabra viva del Evangelio significó a menudo para pueblos enteros adherirse a una comunidad de cultura y de destino, como la que tomó después el nombre de Europa.

No se trata aquí de una historia muy lejana. Cuando se habla de cristianismo en Europa, se alude también a su pasado más reciente, a su presente y a su futuro. El proceso de unificación europea surgió de la amarga derrota de la humanidad que constituyó la segunda guerra mundial. A continuación, los "padres" de la unidad europea, caracterizados en su mayor parte por la fe cristiana, pusieron en marcha un proceso de unificación del continente, cuyos frutos estamos recogiendo hoy. Europa ha comenzado a promover la reconciliación y la paz entre naciones que, por desgracia, a lo largo de siglos se habían enfrentado. Desde el principio, la Santa Sede ha apoyado la integración europea, destacando  al mismo tiempo, como recordé recientemente, que para "una afirmación válida y duradera de dicha unión es necesario referirse al cristianismo como factor que crea identidad y unidad" (Discurso con ocasión de la entrega al Papa del premio especial Carlomagno, de la ciudad de Aquisgrán, 24 de marzo de 2004, n. 4:  L'Osservatore Romano, edición en lengua española, 2 de abril de 2004, p. 7).

Sin embargo, la fe cristiana representa también el presente y el futuro de Europa. Muchos miembros de movimientos religiosos, con el entusiasmo de su fe cristiana y con su conciencia de que son europeos, muestran en Stuttgart su confianza en el futuro de una Europa iluminado por el Evangelio. Los numerosos testigos de la fe que han sido víctimas de las cruentas y dolorosas persecuciones de la historia europea del siglo XX constituyen un tesoro común para las confesiones cristianas. Quiera Dios que esta herencia refuerce en los cristianos europeos el deseo de unidad y su compromiso común en favor de la obra de evangelización.

Si queremos construir una sociedad más humana, abierta a los demás y solidaria en el amor, no debemos cansarnos de abrir nuestro corazón al Evangelio. Los cristianos pertenecientes a muchos movimientos religiosos reunidos en Stuttgart testimonian que el Evangelio los ha impulsado a superar el nacionalismo egoísta y a ver a Europa como una familia de pueblos, con una gran variedad de culturas y experiencias históricas, pero, al mismo tiempo, unida en una especie de comunidad de destinos. La Europa del futuro necesita esta conciencia para participar en los grandes acontecimientos a los que está llamada por la historia.

El diálogo ecuménico contribuye de modo decisivo a desarrollar una conciencia europea fundada en la fe cristiana. Este diálogo está también en el centro del encuentro de Stuttgart, en el que los católicos reflexionarán, juntamente con cristianos evangélicos y ortodoxos, sobre cuestiones comunes relativas a la vida del continente europeo. Gracias a un diálogo atento y respetuoso, precisamente estos movimientos dan una contribución importante para consolidar entre los cristianos el mandamiento del amor que nos dio el Señor.

Sin embargo, la Europa unida no puede pensar sólo en sí misma, y encerrarse dentro de sus fronteras buscando sólo su bienestar. Europa está llamada a servir al mundo, especialmente a sus regiones más pobres y olvidadas, como África, de modo particular, afligida por tantos y tan graves problemas. No se puede construir una casa común europea sin interesarse por el bien de toda la humanidad.

"Se podría decir que para que Europa pueda construir su futuro necesita mirar más allá de sus fronteras, sobre todo hacia el inmenso hemisferio sur que, desde hace unos años, se ha convertido en el terreno en el que nace la mayor cantidad  de  conflictos  y sobre el que grava el peso de la injusticia, de una manera ya insoportable" (Carta al cardenal Edward Idris Cassidy con ocasión del VI encuentro de oración por la paz en el mundo celebrado en Bruselas, 10 de septiembre de 1992:  L'Osservatore Romano, edición en lengua española, 18 de septiembre de 1992, p. 2).
Europa necesita el compromiso y el entusiasmo de los cristianos, sobre todo de los más jóvenes, para acoger la buena nueva del Evangelio de Jesucristo. En efecto, "al inicio de un nuevo milenio, los creyentes tienen el deber urgente de un renovado compromiso para responder a los desafíos de la nueva evangelización. Desde esta perspectiva, desempeñan un papel importante los movimientos eclesiales" (Mensaje a Chiara Lubich con ocasión del 60° aniversario de la fundación del Movimiento de los Focolares, 4 de diciembre de 2003, n. 2:  L'Osservatore Romano, edición en lengua española, 2 de enero de 2004, p. 7).

La nueva evangelización da un alma a Europa y ayuda al continente a no vivir ya para sí mismo y dentro de sus fronteras, sino a construir una sociedad más humana, que respete la vida, y a tener una presencia generosa en los escenarios del mundo.

Imparto de buen grado mi bendición al obispo de Rottenburg-Stuttgart, así como a todos los obispos y sacerdotes presentes en el encuentro "Juntos por Europa" de Stuttgart. Al mismo tiempo, saludo cordialmente a los participantes en ese gran encuentro, a los movimientos que lo han organizado, y a todos los que se han unido a ellos mediante el diálogo y la oración. Oro a Dios omnipotente y misericordioso para que bendiga la obra de todos los que anuncian el Evangelio en Europa y para que nos conceda a todos una época de paz y solidaridad.

Vaticano, 6 de mayo de 2004

 

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