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CARTA DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
A LOS MISIONEROS DEL SAGRADO CORAZÓN

 

 

A los Misioneros del Sagrado Corazón

Me alegra enviaros un cordial saludo con la feliz ocasión del 150° aniversario de la fundación de vuestro instituto. En efecto, vuestra sociedad de vida consagrada nació el 8 de diciembre de 1854, el mismo día en que mi predecesor el beato Papa Pío IX proclamó el dogma de la Inmaculada Concepción de la bienaventurada Virgen María.

Vuestro fundador, el padre Jules Chevalier, con razón consideraba la institución de los Misioneros del Sagrado Corazón como fruto de la intercesión de María. Con gran devoción a la Madre de Dios, se dirigía a ella en todas las dificultades que debía afrontar, venerándola con el título:  "Nuestra Señora del Sagrado Corazón de Jesús". Como Madre de Jesús, María conoce su corazón, intercede por nosotros ante él y nos guía hacia él, enseñándonos a vivir como hizo ella, en el amor a su Hijo, al servicio de la palabra de Dios, con solicitud por los demás.

El padre Chevalier consideraba al Sagrado Corazón de Jesús como el lugar de encuentro de Dios con el hombre. En efecto, del corazón de Jesús se derrama sobre los hombres y sobre las mujeres el amor de Dios; en el Corazón de Jesús es donde la humanidad se reconcilia con Dios. Jesús nos invita a una "espiritualidad del corazón", imitando su abandono, su obediencia, su valentía, su fidelidad y su amor. Os deseo fervientemente, queridos hermanos, que sigáis encontrando inspiración y fuerza en esta espiritualidad y en el carisma de vuestro fundador, al cumplir vuestra vocación en la Iglesia y en el mundo.

"¡Vosotros no solamente tenéis una historia gloriosa que recordar y contar, sino una gran historia que construir! Poned los ojos en el futuro, hacia el que el Espíritu os impulsa para seguir haciendo con vosotros grandes cosas" (Vita consecrata, 110). Que vuestro jubileo sea un tiempo de gran alegría y acción de gracias, así como una oportunidad para profundizar en vuestro compromiso de Misioneros del Sagrado Corazón de Jesús, para la gloria de Dios y el bien de toda la familia humana.

Asegurándoos mi afecto en el Señor y encomendándoos siempre a la protección maternal de María Inmaculada, de corazón os imparto mi bendición apostólica como prenda de gracia y paz en nuestro Salvador Jesucristo.

Castelgandolfo, 1 de septiembre de 2004

 

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