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MENSAJE DE SU SANTIDAD JUAN PABLO II
A LOS PARTICIPANTES EN LA 44ª SEMANA SOCIAL DE LOS CATÓLICOS ITALIANOS
Al venerado hermano
Señor cardenal
CAMILLO RUINI
Presidente de la
Conferencia episcopal italiana
1. En el siglo XX la comunidad eclesial realizó un notable esfuerzo para leer la
realidad social a la luz del Evangelio y ofrecer de modo cada vez más puntual y
orgánico su contribución a la solución de la cuestión social, convertida ya en
una cuestión planetaria (cf.
Novo millennio ineunte, 52). Expresión
emblemática de este compromiso es el largo camino de las Semanas sociales de
los católicos italianos. Este itinerario, iniciado en 1907 en Pistoia, llega
este año a Bolonia, donde la 44ª "Semana" afrontará el tema: "Democracia:
nuevos escenarios, nuevos poderes".
Me alegra dirigirle mi cordial saludo a usted, señor cardenal, a los
organizadores y a los participantes, proponiendo algunas reflexiones, con el
deseo de contribuir a mantener vivas la inspiración elevada de la fe y la
solicitud generosa y clarividente para la edificación de una sociedad justa,
solidaria y pacífica.
2. El tema elegido para la presente edición constituye un lógico desarrollo del
que se afrontó en la precedente edición, celebrada en Nápoles en 1999: "¿Qué
sociedad civil para la Italia del futuro?". Como afirmé en aquella ocasión, "la
aceptación de los principios éticos en los que se funda la convivencia civil y,
en particular, el respeto sincero del principio de subsidiariedad, constituyen
las condiciones para una nueva maduración del espíritu público y de la
conciencia cívica de todos los ciudadanos" (Mensaje a los participantes en la
XLIII Semana social de los católicos italianos, n. 3: L'Osservatore
Romano, edición en lengua española, 3 de diciembre de 1999, p. 11). Es
sabido, a este propósito, que el concilio Vaticano II deseó que todos los
ciudadanos tengan "la posibilidad efectiva de participar libre y activamente en
el establecimiento de los fundamentos jurídicos de la comunidad política, en el
gobierno del Estado, en la determinación de los campos y límites de las
diferentes instituciones y en la elección de los gobernantes" (Gaudium et
spes, 75).
El Papa Pablo VI, de venerada memoria, en la carta apostólica
Octogesima
adveniens, ya señalaba cómo el acceso a la dimensión política era una
exigencia actual del hombre. "Para hacer frente a una tecnocracia creciente
-escribió-, hay que inventar formas de democracia moderna, no solamente dando a
cada hombre la posibilidad de informarse y de expresar su opinión, sino de
comprometerse en una responsabilidad común" (n. 47).
3. En la carta encíclica
Centesimus annus quise valorar positivamente y
sostener la instauración de la democracia: "La Iglesia aprecia el sistema de la
democracia en la medida en que asegura la participación de los ciudadanos en las
opciones políticas y garantiza a los gobernados la posibilidad de elegir y
controlar a sus propios gobernantes, o bien la de sustituirlos oportunamente de
manera pacífica" (n. 46).
Sin embargo, a la luz de la doctrina social de la Iglesia, la democracia está
estrechamente unida al Estado de derecho y a una concepción global de la
persona. Una auténtica democracia "requiere que se den las condiciones
necesarias para la promoción de las personas concretas, mediante la educación y
la formación en los verdaderos ideales, así como de la "subjetividad" de la
sociedad mediante la creación de estructuras de participación y de
corresponsabilidad" (ib.).
4. En Italia, la democracia y la libertad política aparecen ya bien consolidadas
y penetradas en la conciencia colectiva, en particular gracias a su tenaz y
prolongado ejercicio, que se ha realizado a partir del final de la segunda
guerra mundial, con la contribución determinante de los católicos.
Sin embargo, a nadie pasan inadvertidos los riesgos y las amenazas que, para un
auténtico orden democrático, pueden derivar de ciertas corrientes filosóficas,
visiones antropológicas o concepciones políticas no exentas de prejuicios
ideológicos. Perdura, por ejemplo, la tendencia a considerar que el
relativismo es la actitud de pensamiento que mejor corresponde a las formas
políticas democráticas, como si el conocimiento de la verdad y la
adhesión a ella constituyeran un impedimento. En realidad, a menudo se tiene
miedo de la verdad porque no se la conoce. La verdad tal como Cristo la ha
revelado es para la persona humana garantía de auténtica y plena libertad.
Si la acción política no se confronta con una instancia ética superior,
iluminada a su vez por una visión integral del hombre y de la sociedad,
acaba por someterse a fines inadecuados, si no ilícitos. La verdad, en cambio,
es el mejor antídoto contra los fanatismos ideológicos, en el ámbito
científico, político o incluso en el religioso. En efecto, el mensaje evangélico
ofrece la centralidad de la persona como punto de referencia supraideológico, en
el que todos pueden inspirarse. Sin este arraigo en la verdad, el hombre y la
sociedad quedan expuestos a la violencia de las pasiones y a
condicionamientos abiertos y ocultos (cf. ib.).
5. Por tanto, como expertos en disciplinas sociales y como cristianos, estáis
llamados a desempeñar un papel de mediación y de diálogo entre ideales y
realidades concretas. Un papel que a veces es también de "pioneros", porque
se os pide que indiquéis nuevas pistas y nuevas soluciones para afrontar de modo
más justo los problemas urgentes del mundo contemporáneo.
La reflexión sobre el sistema democrático hoy no puede limitarse a considerar
sólo los ordenamientos políticos y las instituciones, sino que debe ensanchar su
horizonte a los problemas planteados por el desarrollo de la ciencia y de la
tecnología, a los que han surgido en el sector de la economía y de las finanzas
por la difusión de la globalización, a las nuevas reglas para el gobierno de las
organizaciones internacionales, a los interrogantes surgidos a causa del
desarrollo creciente y rápido del mundo de las comunicaciones, para elaborar un
modelo de democracia auténtico y completo.
6. Por eso, los católicos están invitados no sólo a comprometerse para hacer
viva y dinámica la sociedad civil —con la promoción de la familia, del
asociacionismo, del voluntariado, etc.—, oponiéndose a límites y
condicionamientos indebidos establecidos por el poder político o económico, sino
también a reconsiderar la importancia del compromiso en las funciones
públicas e institucionales, en los ambientes donde se adoptan decisiones
colectivas significativas y en el ámbito de la política, entendida en el sentido
elevado del término, como muchos desean hoy. En efecto, no se puede olvidar que
son propios de la vocación del fiel laico el conocimiento y la puesta en
práctica de la doctrina social de la Iglesia y, por consiguiente, también la
participación en la vida política del país, según los métodos y los instrumentos
del sistema democrático. Algunos también están llamados a un servicio especial a
la comunidad civil, asumiendo directamente funciones institucionales en el campo
político.
La comunidad eclesial espera mucho de la "Semana" de Bolonia. Por tanto, deseo
que dé provechosas aportaciones para la amada nación italiana y, al mismo tiempo
que aseguro un particular recuerdo en la oración, envío de corazón al Comité
científico organizador, a los relatores y a todos los participantes una especial
bendición apostólica.
Vaticano, 4 de octubre de 2004
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