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MENSAJE DEL PAPA
JUAN PABLO II
PARA LA CUARESMA DE 1994



«La familia está al servicio de la caridad,
la caridad está al servicio de la familia»

 


Queridos hermanos y hermanas en Cristo:

1. El tiempo de Cuaresma es un tiempo favorable que el Señor nos da, para renovar nuestra decisión de convertirnos y de fortalecer en nosotros la fe, la esperanza y la caridad, con el fin de introducirnos en la Alianza querida por Dios y gozar de un tiempo de gracia y reconciliación.

«La familia está al servicio de la caridad, la caridad está al servicio de la familia». Con este lema, que ha sido elegido para el año 1994, deseo invitar a todos los cristianos a transformar su existencia y a modificar sus comportamientos para llegar a ser fermento y para hacer crecer en el seno de la familia humana la caridad y la solidaridad, valores esenciales de la vida social y de la vida cristiana.

2. Ante todo, las familias han de tomar conciencia de su misión en la Iglesia y en el mundo. En la oración personal y comunitaria reciben el Espíritu Santo, que obra en ellas y a través de ellas cosas nuevas, y abre el corazón de los fieles a una dimensión universal. Recibiendo de la fuente del amor, cada uno se prepara para transmitir este amor mediante su vida y sus obras. La oración nos une con Cristo y transforma a todos los hombres en hermanos.

La familia es el lugar privilegiado para la educación y el ejercicio de la vida fraterna, de la caridad y la solidaridad, cuyas expresiones son múltiples. En las relaciones familiares se debe tomar con interés, acoger y respetar a los demás, los cuales han de poder encontrar el lugar que les corresponde en la familia. La vida en común es, además, una invitación a compartir, que permite salir del egoísmo. Aprendiendo a compartir y a darse se descubre la alegría inmensa que proporciona la comunión de bienes. Los padres, con delicadeza, tendrán buen cuidado de despertar en sus hijos, mediante el ejemplo y las enseñanzas, el sentido de la solidaridad. Desde la infancia, cada uno está llamado también a hacer la experiencia de lo que significa la privación y el ayuno, para forjar así su carácter y dominar sus instintos, en particular el de la posesión exclusiva para uno mismo. Lo que se aprende en la vida de familia permanece luego durante toda la existencia.

3. En los momentos particularmente difíciles por los que atraviesa nuestro mundo, pedimos que las familias, a ejemplo de María que se apresuró a visitar a su prima Isabel, sepan hacerse cercanas a los hermanos que padecen necesidad y que les encomienden en sus oraciones. Como el Señor, que cuida de los hombres, que también nosotros podamos decir: «He visto la aflicción de mi pueblo, sus gritos han llegado hasta mí» (1 Sam 9, 16); nosotros no podemos permanecer sordos a sus llamadas, pues la pobreza de un número cada vez más creciente de hermanos nuestros destruye su dignidad de hombre y desfigura a la humanidad entera: es una injuria al deber de solidaridad y de justicia.

4. Hoy nuestra atención ha de dirigirse especialmente hacia los sufrimientos y las carencias familiares. En efecto, muchas familias se hallan sumidas en la pobreza y no disponen del mínimo vital para nutrirse y alimentar a los hijos, ni para que éstos puedan crecer física y psíquicamente de modo normal, y desarrollar una actividad escolar adecuada y con regularidad. Muchas familias no disponen de medios para una vivienda digna. El desempleo se hace sentir cada vez más y acrecienta en proporciones considerables la depauperización de sectores enteros de población. Muchas mujeres se encuentran solas para hacer frente a las necesidades de sus hijos y para educarlos, lo cual lleva frecuentemente a los jóvenes a vagar por las calles, a refugiarse en la droga, en el abuso de alcohol y en la violencia. Se constata en la actualidad un aumento de parejas y de familias que atraviesan problemas psicológicos y de relación interpersonal. Las dificultades sociales contribuyen a menudo a la disgregación del núcleo familiar. Con demasiada frecuencia, no es aceptado el niño que va a nacer. En ciertos países, los menores se ven sometidos a condiciones inhumanas o son explotados vergonzosamente. Las personas ancianas y los minusválidos, al no ser rentables económicamente, son relegadas a una soledad extrema, haciéndoles sentirse inútiles. Por ser de otras razas, culturas o religiones, hay familias que son expulsadas de la tierra donde viven.

5. Ante tales flagelos, que afectan al conjunto del planeta, no podemos callar ni permanecer pasivos, pues desgarran la familia, célula básica de la sociedad y de la Iglesia. Ante todo esto hemos de reaccionar. Los cristianos y los hombres de buena voluntad tienen el deber de sostener a las familias en dificultades, facilitándoles los medio espirituales y materiales para salir de las situaciones, frecuentemente trágicas, que acabamos de mencionar.

En este tiempo de Cuaresma invito, pues, ante todo, a compartir con las familias más pobres, de manera que ellas puedan asumir, particularmente en lo que se refiere a los hijos, las responsabilidades que les compete. No se les puede rechazar por ser diferentes, débiles o pobres. Por el contrario, la diversidad representa una riqueza para la edificación común. Cuando damos a los pobres, es a Cristo a quien estamos dando, pues ellos se «revisten con el rostro de nuestro Salvador» y «son los preferidos de Dios» (S. Gregorio de Nisa, Sobre el amor a los pobres). La fe exige compartir con nuestros semejantes. La solidariedad en lo material es una expresión esencial y prioritaria de la caridad fraterna; provee a cada uno los medios de subsistencia y cómo vivir su vida.

La tierra y sus riquezas pertenece a todos. «La fecundidad de toda la tierra ha de ser la fertilidad para todos» (S. Ambrosio de Milán, Nabot VII, 33). En las horas dolorosas del presente no es suficiente, sin duda, tomar de lo superfluo, sino que se han de transformar los comportamientos y los modos de consumo, con objeto de tomar de lo necesario, no conservando sino lo esencial para que todos puedan vivir con dignidad. Hagamos ayunar nuestros deseos de poseer –a veces inmoderados– con el fin de ofrecer a nuestro prójimo aquello de que carece radicalmente. El ayuno de los ricos ha de convertirse en alimento para los pobres (cf. S. León Magno, Homilía 20 sobre el ayuno).

6. Hago una llamada particular a las comunidades diocesanas y parroquiales sobre la necesidad de encontrar los medios prácticos para ayudar a las familias necesitadas. Sé que numerosos sínodos diocesanos se han puesto ya en camino en esta dirección. La pastoral familiar ha de tener también un papel de primer orden. Por otra parte, en los organismos civiles en los que participan, los cristianos han de hacer presente siempre esta prioridad, junto con el deber imperioso de ayudar a las familias más débiles. Me dirijo también a los dirigentes de las naciones para que, tanto en su país como a nivel mundial, se esfuercen por encontrar los medios para detener la espiral de la pobreza y del endeudamiento de los hogares. La Iglesia espera que, en las políticas económicas, los dirigentes y los responsables de empresas tomen conciencia de los cambios que se han de hacer y de sus obligaciones, para que las familias no dependan únicamente de las ayudas que se les concede, sino que el trabajo de sus miembros pueda proveer de los medios para su sustento.

7. La comunidad cristiana acoge con gozo la iniciativa de las Naciones Unidas de proclamar el 1994 como Año Internacional de la familia, y en el ámbito de sus posibilidades aporta decididamente su contribución específica.

¡No cerremos hoy nuestro corazón, sino que oigamos la voz del Señor y el grito de nuestro hermanos los hombres!

Que las obras de caridad, hechas durante esta Cuaresma por las familias y para las familias, proporcionen a cada uno la alegría profunda de abrir los corazones a Cristo resucitado, «primogénito de una multitud de hermanos (Rom 8, 29).

A cuantos respondan generosamente a esta llamada del Señor les imparto de corazón la Bendición Apostólica.

Ciudad del Vaticano, 3 de septiembre de 1993

 

Copyright © Libreria Editrice Vaticana

 

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