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MENSAJE DEL PAPA
JUAN PABLO II
PARA LA CUARESMA DE 1980

 

Cada año, en el umbral de la Cuaresma, el Papa se dirige a todos los miembros de la Iglesia y les exhorta a vivir bien este tiempo que se nos ofrece, para prepararnos a una verdadera liberación.

El espíritu de penitencia y su práctica nos conducen a desprendernos sinceramente de todo lo que poseemos de superfluo, y a veces incluso de lo necesario, y que nos impide “ser” verdaderamente lo que Dios quiere que seamos: «donde está tu tesoro, allí estará tu corazón» (Mt 6, 21). ¿Está nuestro corazón apegado a las riquezas materiales, al poder sobre los demás, a las sutilezas egoístas de dominio? En tal caso tenemos necesidad de Cristo Liberador Pascual que, si lo queremos, puede liberarnos de las ataduras de pecado que nos atenazan.

Preparémonos a dejarnos enriquecer por la gracia de la Resurrección desembarazándonos de todo falso tesoro: los bienes materiales que no nos son necesarios, son con frecuencia los medios de supervivencia para millones de seres humanos. Más allá de su subsistencia mínima, centenares de millones de hombres esperan de nosotros que les ayudemos a procurarse los medios necesarios para su propia promoción humana integral, así como para el desarrollo económico y cultural de su país.

Pero las intenciones declaradas o un simple don no bastan para cambiar el corazón del hombre; hace falta una conversión de espíritu que nos lleve a un encuentro de corazones, a compartir con los más menesterosos de nuestras sociedades, con los que están desprovistos de todo, incluso a veces de su dignidad de hombres y de mujeres, de jóvenes o de niños, con todos los refugiados del mundo que no pueden ya vivir en la tierra de sus antepasados y deben abandonar su propia patria. Es allí donde encontramos y vivimos más íntimamente el misterio del sufrimiento y de la muerte redentora del Señor. El verdadero compartir que es un encuentro con los otros, nos ayuda a liberarnos de los lazos que nos esclavizan, y por ello nos hace ver en los demás a nuestros hermanos y hermanas, nos hace descubrir de nuevo que somos hijos de un mismo Padre, «herederos de Dios, coherederos de Cristo» (Rom 8, 17), de quien recibimos los bienes incorruptibles.

Os exhorto, pues, a responder generosamente a las llamadas que, durante esta Cuaresma, lanzarán vuestros Obispos, personalmente o por medio de los responsables de las campañas de solidaridad. Seréis vosotros los primeros beneficiarios de ello, porque os pondréis así en el camino de la única verdadera Liberación. Vuestros esfuerzos unidos a los de todos los bautizados darán testimonio de la caridad de Cristo y construirán así esa “civilización del amor” a la que aspira, conscientemente o no, nuestro mundo lastimado por los conflictos de las injusticias, desengañado porque ya no encuentra verdaderos testigos del Amor de Dios.

Yo os bendigo en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.

 

Copyright © Libreria Editrice Vaticana

 

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