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MENSAJE DEL PAPA
JUAN PABLO II
PARA LA CUARESMA DE 1993



«Tengo sed» (Jn 19, 28)

 

Queridos hermanos y hermanas:

1. En este tiempo santo de Cuaresma, la Iglesia emprende una vez más el camino que conduce hacia la Pascua. Guiada por Jesús y siguiendo sus pasos, ella nos invita a la travesía del desierto.

La historia de la Salvación ha dado al desierto una profunda significación religiosa. Bajo la guía de Moisés, y más tarde, con la ayuda de otros profetas, el Pueblo elegido logró, en medio de privaciones y sufrimientos, vivir la experiencia de la fiel presencia de Dios y de su misericordia; se alimentó con el pan bajado del cielo y apagó la sed con el agua que brotó de la roca; el Pueblo de Dios creció en la fe y en la esperanza de la venida del Mesías redentor.

Es también en el desierto donde Juan el Bautista predicó y las multitudes acudieron a él para recibir, en las aguas del Jordán, el bautismo de penitencia: el desierto fue un lugar de conversión a fin de recibir a Aquel que viene para vencer la desolación y a muerte unidas al pecado. Jesús, el Mesías de los pobres que él colma de bienes (cf. Lc 1, 53), inauguró su misión tomando la condición del hambriento y del sediento.

Queridos hermanos y hermanas, os invito, durante esta Cuaresma, a meditar la Palabra de vida dejada por Cristo a su Iglesia para que ilumine el camino de cada uno de sus miembros.
Reconoced la voz de Jesús que os habla, especialmente en este tiempo de Cuaresma, en la Iglesia, en las celebraciones litúrgicas, en las exhortaciones de vuestros pastores. Escuchad la voz de Jesús que, fatigado y sediento, dice a la Samaritana junto al pozo de Jacob: «Dame de beber» (Jn 4, 7). Contemplad a Jesús clavado en la cruz, agonizante, y escuchad su voz apenas perceptible: «Tengo sed» (Jn 19, 28). Hoy Cristo repite su petición y revive los tormentos de su agonía en nuestros hermanos los más pobres.

Invitándonos con las prácticas cuaresmales, a avanzar por las vías del amor y la esperanza trazadas por Cristo, la Iglesia nos ayuda a comprender que la vida cristiana comporta el desprendimiento de los bienes superfluos; nos ayuda a aceptar una pobreza que nos libera y predispone a descubrir la presencia de Dios; y a dar acogida a nuestros hermanos con una solidaridad cada vez más activa en una comunión cada vez más amplia.

Recordemos la sentencia del Señor: «Y todo aquel que dé de beber tan sólo un vaso de agua fresca a uno de estos pequeños, por ser discípulo mío, os aseguro que no perderá su recompensa» (Mt 10, 42). Y poned vuestro corazón y vuestra esperanza en aquellas otras palabras: «Venid, benditos de mi Padre... porque tuve sed y me disteis de beber» (Mt 25, 34-35).

2. Durante la Cuaresma de 1993, para poner en práctica y en forma concreta la solidaridad y la caridad fraterna unidas a la búsqueda espiritual de este tiempo fuerte del año litúrgico, pido a los miembros de la Iglesia dar una particular atención a tantos hombres y mujeres que están sufriendo por la dramática desertificación de sus tierras y a aquellos que, en muchas regiones del mundo, carecen de este bien elemental pero indispensable para la vida, que es el agua.

Nos preocupa ver cómo avanza hoy el desierto y cubre tierras que hasta ayer eran prósperas y fértiles. No podemos olvidar que, en muchos casos, es el mismo hombre el causante de la esterilización de tierras que se han vuelto desérticas así como de la contaminación de aguas que eran sanas. Cuando no se respetan los bienes de la tierra, cuando se abusa, se está obrando de manera injusta y hasta criminal, por las consecuencias de miseria y muerte que conlleva para muchos hermanos y hermanas nuestros.

Nos angustia profundamente ver cómo pueblos enteros, millones de seres humanos, están sumidos en la indigencia, padecen el hambre y enfermedades por falta de agua potable. De hecho, el hambre y muchas enfermedades están íntimamente relacionadas con la sequía y la contaminación de las aguas. Allí donde escasean las lluvias y las fuentes de agua se secan, se debilita y disminuye la vida hasta extinguirse. Vastas regiones del África padecen este flagelo; y también se percibe el mismo fenómeno en ciertas regiones de América Latina y Australia.

Además, es de todos conocido que el desarrollo industrial anárquico y el empleo de tecnologías que rompen el equilibrio de la naturaleza han causado graves daños al medio ambiente provocando graves catástrofes. Corremos el peligro de dejar como herencia a las generaciones futuras el drama de la sed y de la desertificación en muchas partes del mundo.

Os invito encarecidamente a apoyar con generosidad las instituciones, las organizaciones y las obras sociales empeñadas en ayudar a las poblaciones que padecen las penurias de la sed y sufren las inclemencias de una desertificación creciente. Os exhorto igualmente a colaborar con los investigadores que se esfuerzan en analizar científicamente todos los factores de la desertificación y en descubrir los medios para combatirlos.

Pueda la activa generosidad de los hijos e hijas de la Iglesia, y también la de todos los hombres y mujeres de buena voluntad, acelerar el cumplimiento de la profecía de Isaías: «Pues serán iluminadas en el desierto aguas, y torrentes en la estepa, se trocará la tierra abrasada en estanque, y el país árido en manantial de aguas» (35, 6-7).

De todo corazón, os bendigo en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

Dado en la Ciudad del Vaticano, el 18 de septiembre de 1992

 

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