Sr. Don Amadou-Mahtar M'Bow,
Director General de la
UNESCO.
El 8 de septiembre invita a usted por XVIIª vez a celebrar la
Jornada internacional de la Alfabetización. Afrontar año tras año un problema
tan difícil de domeñar, sin desaliento y con tenacidad inquebrantable, es prueba
de la fuerza de convicción de los dirigentes y miembros de la UNESCO; están
persuadidos, y con razón, de que la alfabetización es obra esencial para
promover la dignidad humana, es posible difundirla y se precisa intensificar
todavía más esta toma de conciencia a fin de fomentar nuevos pasos generosos y
sensatos.
Los aspectos varios de este problema de la alfabetización han
sido prolijamente estudiados y afrontados, y los medios empleados han dado
resultados tangibles que progresarán gracias a iniciativas públicas y privadas.
Y ello se llevará a cabo aún mejor si todos —es decir, los artífices de estos
esfuerzos y sus beneficiados— comprenden que aquí está en causa la dignidad de
la humanidad, puesto que se trata de un derecho y un deber.
Es natural pensar en el derecho de quien se ve privado de
escolarización, educación y cultivo adaptado al mundo en que debe tomar parte
activa y completa; y pensar también en el deber que tiene el mejor provisto de
compartir lo que posee, gracias sobre todo, en fin de cuentas, a la suerte de su
historia y a los esfuerzos de sus antepasados.
Pero el analfabeto tiene también el deber de exigirse a sí mismo
primeramente y luego a los demás, que se realice esta iniciación esencial y el
deber de trabajar en ella activamente.
¿Acaso esta Jornada internacional de la Alfabetización no
debería convencer todavía más a los hombres sobre los grandes principios que
presiden sus derechos y deberes?
En primer lugar, todos los deberes están estrechamente unidos
unos con otros, y en la medida en que no se llegue a satisfacer este derecho a
la alfabetización, igualmente la reivindicación de los demás derechos del hombre
se retrasa o minimiza.
Además, todos los hombres son solidarios, y en la medida en que
algunas personas vean vulnerados sus derechos en alguna parte del mundo o en
cualquier sector de su vida, en la misma medida queda afectada en su dignidad la
humanidad entera.
En fin, todos los derechos tienen deberes correlativos, y allí
donde hay negligencia en cumplir un deber, su derecho correspondiente no se
lleva a realidad. Si hay derecho a la vida, existe el deber de favorecer y
proteger la vida; si hay derecho a la paz, existe el deber de procurarla; si hay
derecho a la libertad, existe el deber de formar hombres libres; si hay derecho
a la alfabetización, existe el deber de alfabetizar y tratar de ser
alfabetizado.
Es de desear, Sr. Director General, que las naciones se hagan
amplio eco de la celebración de la XVII Jornada internacional de la
Alfabetización, y para ésta formulo votos de éxito total. Ojalá encuentren las
naciones medios para sensibilizar a la opinión pública sobre la gran miseria que
supone para adultos y niños el hecho de ser analfabetos, de modo parecido a la
dramaticidad que entraña la desnutrición a nivel de salud del cuerpo. Ojalá nos
empeñemos más en suscitar y desarrollar en el país propio y en los menos
favorecidos, medidas adecuadas, tanto nacionales como internacionales. Quiero
esperar que esta Jornada y esfuerzos contribuyan a permitir que un gran número
de hombres venzan el "handicap" de no saber leer ni escribir y puedan así
participar mejor en la cultura y vida de toda la sociedad, y encontrar también
mejor acceso a las realidades espirituales expresadas en los libros santos. Sé
que este progreso entra en los planes de Dios.
Vaticano, 5 de septiembre de 1983.
JUAN PABLO II
*L'Osservatore Romano. Edición semanal en lengua española n. 47 p.11.
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