"URBI ET ORBI" 1998
(Pascua, 12 de abril de 1998)
1. "Vosotros sabéis lo sucedido a Jesús de Nazaret... nosotros
somos testigos de todo lo que hizo en la región de los judíos
y en Jerusalén" (Hch 10, 37-39). Estas son las
palabras que el apóstol Pedro dirigió al centurión
Cornelio y a sus familiares. Hoy hablan los testigos. Hablan los
testigos oculares de los acontecimientos del Viernes Santo, los que
sintieron miedo ante el Sanedrín. Hablan los que al tercer día
encontraron la tumba vacía. Testigos de la resurrección
primero fueron las mujeres de Jerusalén y María Magdalena; después
fueron los Apóstoles, informados por las mujeres; Pedro y Juan los
primeros, después todos los demás.
También fue testigo Pablo de Tarso, convertido a las puertas de
Damasco, al cual Cristo concedió experimentar la fuerza de su
resurrección, para que fuera el vaso elegido del ardor misionero
de la Iglesia primitiva.
2. Relamente, hoy toman la palabra los testigos: no solamente los
primeros, los testigos oculares, sino también quienes recibieron de
ellos el mensaje pascual y dieron testimonio de Cristo muerto y resucitado de
generación en generación. Algunos fueron testigos hasta
derramar su sangre y, gracias a ellos, la Iglesia ha seguido caminando incluso
entre duras persecuciones y persistentes rechazos.
Con este incesante testimonio ha crecido la Iglesia que se ha extendido
ya por toda la tierra. Hoy es la fiesta de todos los testigos, incluso
los de nuestro siglo, que han anunciado a Cristo en medio de la "gran
tribulación" (Ap 7,14), confesando su muerte y
resurrección en los campos de concentración y en los gulag, bajo
la amenaza de las bombas y los fusiles, en medio del terror desencadenado
por el odio ciego, que lamentablemente se ha apoderado de personas solas
y de naciones enteras. Todos ellos vienen hoy de la gran tribulación y
cantan la gloria de Cristo: en Él, resucitando de las tinieblas de la
muerte, se manifiesta la vida.
3. Hoy también nosotros somos testigos de Cristo resucitado y
renovamos su anuncio de paz a toda la humanidad que camina hacia el tercer
milenio. Testimoniemos su muerte y su resurrección especialmente
a los hombres de nuestro tiempo implicados en luchas fratricidas y
mortandades, que abren de nuevo las heridas de las rivalidades étnicas, y,
en diversas regiones de todos los Continentes, particularmente en Africa y
en Europa, siembran en la tierra la semilla de la muerte y de nuevos
conflictos para un triste porvenir. Este anuncio de paz es para todos los
que recorren un calvario que parece interminable, frustrados en sus
aspiraciones al respeto de la dignidad y de los derechos de la persona, a
la justicia, al trabajo, a condiciones de vida más equitativas.
¡Que se inspiren en este anuncio los responsables de las naciones y
todos los hombres de buena voluntad!, especialmente en Oriente Medio y
particularmente en Jerusalén, donde la paz está en peligro por
opciones políticas arriesgadas. Que este anuncio dé valor a
quien creyó y aún cree en el diálogo para resolver
tensiones nacionales e internacionales; que infunda en el corazón de
todos la audacia de la esperanza que nace de la verdad reconocida y
respetada, para que se abran en el mundo los horizontes nuevos y
prometedores de la solidaridad.
4. Cristo, muerto y resucitado por nosotros, ¡Tú eres el
fundamento de nuestra esperanza! Queremos hacer nuestro el testimonio de
Pedro y el de tantos hermanos y hermanas a lo largo de los siglos, para
proponerlo de nuevo en el umbral del nuevo milenio. Es verdad: "La
piedra que desecharon los arquitectos es ahora la piedra angular" (Sal
117 [118], 22). Sobre este fundamento ha sido edificada la Iglesia del Dios
vivo, la Iglesia de Cristo resucitado.
En la liturgia de hoy esta Iglesia canta un himno antiguo y siempre
nuevo. Con palabras llenas de estupor anuncia la victoria de la vida
sobre la muerte: "Mors et Vita duello conflixere mirando...". "Lucharon
vida y muerte en singular batalla y, muerto el que es la Vida, triunfante se
levanta". Parece como si esto hubiera ocurrido ayer, La Iglesia se
dirige a María Magdalena, que fue la primera en encontrar al Señor
resucitado: "Dic nobis, Maria, quid vidisti in via?". "¿Qué
has visto de camino, María, en la mañana? A mi Señor
glorioso, la tumba abandonada, los ángeles testigos, sudarios y
mortaja. ¡Resucitó de veras mi amor y mi esperanza! Venid a
Galilea, allí el Señor aguarda".
5. Hoy Tú, el Resucitado, quieres encontrarte con nosotros, en
todos los lugares de la tierra. como ayer te encontrabas con los Apóstoles
en Galilea, Gracias a este encuentro podemos repetir también todos: "Scimus
Christum surrexisse a mortuis vere: tu nobis, victor Rex, miserere". "Primicia
de los muertos, sabemos por tu gracia que estás resucitado; Rey
vencedor, apiádate de la miseria humana".
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