Amadísimos hermanos y hermanas;
queridos jóvenes:
1. En este momento cruzamos el umbral del año 2001, y nos adentramos en el
tercer milenio cristiano. Al llegar la medianoche, que marca este histórico
paso, nos detenemos, con el corazón rebosante de gratitud, a considerar las
vicisitudes alternas del siglo y del milenio pasados. Dramas y esperanzas,
alegrías y sufrimientos, victorias y derrotas: sobre todo ello domina la
convicción de que Dios guía los acontecimientos de la humanidad. Él camina con
los hombres y no cesa de realizar maravillas. ¡Cómo no darle gracias en esta
noche! ¡Cómo no repetirle: In te Domine speravi, non confundar in
aeternum! Sí, "En ti, Señor, he puesto mi esperanza; no me veré defraudado
para siempre".
2. Al final del acostumbrado encuentro de oración que marca cada día del Año
jubilar, y que hoy se realiza en la noche al clausurarse el año 2000, nuestra
mirada se dirige a Cristo, Salvador del hombre. Sin él la vida no alcanza su
último destino. Es él quien con su sabiduría y con la fuerza de su Espíritu
nos ayuda a afrontar los desafíos del nuevo milenio. Es él quien nos hace
capaces de gastar nuestra vida para la gloria de Dios y para el bien de la
humanidad. Debemos partir nuevamente de él y ser sus testigos en el
futuro que nos espera.
Dejémonos atraer por su amor y en el camino de la vida experimentaremos la
alegría que brota de servirlo fielmente cada día. Este es mi deseo cordial,
que formulo para todos los creyentes y para todos los hombres y mujeres de
buena voluntad. En este momento quiero tener un recuerdo especial, acompañado
de mi oración, para los que sufren, para los que pasan dificultades y para
quienes viven momentos de pena. Para cada uno invoco la ayuda providente del
Señor.
Mi mirada se ensancha ahora al mundo entero. Deseo que el nuevo milenio traiga
a todas las naciones paz, justicia, hermandad y prosperidad. En particular,
pienso en los jóvenes, esperanza del futuro: que la luz de Cristo
Salvador dé sentido a su vida, los guíe en el camino de la vida y los haga
fuertes en el testimonio de la verdad y al servicio del bien.
Encomiendo estos deseos a la intercesión de María: