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MENSAJE DEL SANTO PADRE
JUAN PABLO II
URBI ET ORBI
Pascua, 15 de abril de 2001
1. “En la resurrección de Cristo hemos
resucitado todos” (cf. Prefacio pascual II).
Que el anuncio pascual llegue todos los pueblos de la tierra y que toda persona de buena voluntad se sienta protagonista en este día en que actuó el
Señor, el día de su Pascua, en el que la Iglesia, con gozosa emoción, proclama que el Señor ha resucitado realmente. Este grito que sale del corazón
de los discípulos en el primer día después del sábado, ha recorrido los siglos, y ahora, en este preciso momento de la
historia, vuelve a animar las esperanzas de la humanidad con la certeza inmutable de la resurrección de Cristo, Redentor del hombre.
2. "En la resurrección de Cristo
hemos resucitado todos”
El asombro incrédulo de los apóstoles y las mujeres que acudieron al sepulcro al salir el sol, hoy se convierte en experiencia colectiva de todo el Pueblo de
Dios. Mientras el nuevo milenio da sus
primeros pasos, queremos legar a las jóvenes generaciones la certeza fundamental de nuestra
existencia: Cristo ha resucitado y, en Él, hemos resucitado todos. "Gloria a ti, Cristo Jesús, ahora y siempre tú reinarás." Vuelve a la memoria este canto de
fe, que tantas veces, a lo largo del periodo jubilar, hemos repetido alabando a Aquel que es “el Alfa y la Omega, el Primero y el
Último, el Principio y el Fin"(Ap 22,13). A Él permanece fiel la Iglesia
peregrina "entre las persecuciones del mundo y los consuelos de Dios" (S.
Agustín). A Él dirige la mirada y no teme. Camina con los ojos fijos en su rostro, y repite a los hombres de nuestro
tiempo, que Él, el Resucitado, es "el mismo ayer, hoy y siempre" (Hb 13,8).
3. En aquel dramático viernes de Pasión, en que el Hijo del hombre “obedeciendo hasta la muerte y muerte de cruz”(Flp 2,8), terminaba la vida terrena del
Redentor. Una vez muerto, fue depositado
de prisa en el sepulcro, al ponerse el sol. ¡Qué ocaso tan singular! Aquella hora oscurecida por el avanzar de las tinieblas señalaba el fin del “primer acto” de la obra de la
creación, turbada por el pecado. Parecía el triunfo de la
muerte, la victoria del mal. En cambio, en la hora del gélido silencio de la
tumba, comenzaba el pleno cumplimiento del designio salvífico, comenzaba la
«nueva creación». Hecho obediente por el amor hasta al sacrificio
extremo, Jesucristo es ahora “exaltado” por Dios que “le otorgó el
Nombre, que está sobre todo nombre” (Flp 2,9). En su nombre recobra esperanza toda existencia
humana. En su nombre el ser humano es rescatado del poder del pecado y de la muerte y devuelto a la Vida y al Amor.
4. Hoy el cielo y la tierra cantan “el nombre”inefable y sublime del Crucificado
resucitado. Todo parece como antes, pero, en realidad, nada es ya como
antes. Él, la Vida que no muere, ha redimido y vuelto a abrir a la esperanza a toda existencia
humana. “Pasó lo viejo, todo es nuevo”(2 Co 5,17). Todo proyecto y designio del ser
humano, esta noble y frágil criatura, tiene hoy un nuevo “nombre” en Cristo resucitado de entre los
muertos, porque “en Él hemos resucitado todos”. En esta nueva creación se realiza plenamente la palabra del
Génesis: “Y dijo Dios: ‘Hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza’”(Gn 1,26). En la Pascua Cristo, el nuevo Adán que se ha hecho “espíritu que da vida” (1 Co
15,45), rescata al antiguo Adán de la derrota de la muerte.
5. Hombres y mujeres del tercer milenio, el don pascual de la luz es para
todos, que ahuyente las tinieblas del miedo y de la tristeza; el don de la paz de Cristo resucitado es para
todos, que rompa las cadenas de la violencia y del odio. Redescubrid hoy, con alegría y
estupor, que el mundo no es ya esclavo de acontecimientos inevitables. Este mundo nuestro puede cambiar: la paz es posible también allí donde desde hace demasiado tiempo se combate y se muere, como en Tierra Santa y
Jerusalén; es posible en los Balcanes, no condenados ya a una preocupante incertidumbre que corre el riesgo de hacer vana toda propuesta de entendimiento Y tú, Africa, tierra
martirizada por conflictos en constante acecho, levanta la cabeza con confianza apoyándote en el poder de Cristo
resucitado. Gracias a su ayuda tu también, Asia, cuna de seculares tradiciones
espirituales, puedes vencer la apuesta de la tolerancia y de la
solidaridad. Y tú, América Latina, depósito de jóvenes promesas, solo en Cristo encontrarás capacidad y corage para un desarrollo respetuoso de cada ser
humano. Vosotros, hombres y mujeres de
todo continente, sacad de su tumba ya vacía para siempre, el vigor necesario para vencer las fuerzas del mal y de la
muerte, y poner toda investigación y progreso técnico y social al servicio de un futuro mejor para todos.
6. “En la resurrección de Cristo hemos
resucitado todos”.
Desde que tu tumba, Oh Cristo, fue encontrada vacía y Cefas, los
discípulos, las mujeres, y “más de quinientos hermanos” (1 Co 15,6) te vieron
resucitado, ha comenzado el tiempo en que toda la creación canta tu nombre “que está sobre todo nombre” y espera tu retorno definitivo en la gloria. En este
tiempo, entre la Pascua y la venida de tu Reino sin fin, tiempo que se parece a los dolores de un parto
(cf Rm 8,22), sosténnos en el compromiso de construir un mundo más
humano, vigorizado con el bálsamo de tu amor. Víctima
pascual, ofrecida
por la salvación del mundo, haz que no decaiga este compromiso nuestro, aun cuando el cansancio haga lento nuestro paso. Tú, Rey
victorioso, ¡danos, a nosotros y al mundo la salvación eterna!
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