URBI ET ORBI
(Navidad, 25 de diciembre de 1997)
1. "La tierra ha visto a su Salvador" Hoy, Navidad del Señor,
vivimos profundamente la verdad de estas palabras: la tierra ha visto a su
Salvador. Lo han visto en primer lugar los pastores de Belén que,
al anuncio de los ángeles, se apresuraron con alegría hacia la
pobre gruta. Era de noche, noche llena de misterio. ¿Qué
vieron sus ojos? Un Niño acostado en un pesebre, con María
y José solícitos a su lado. Vieron un niño pero,
iluminados por la fe, en aquella frágil criatura reconocieron a Dios
hecho hombre, y le ofrecieron sus pobres dones. Iniciaron así,
sin darse cuente, aquel canto de alabanza al Emmanuel, Dios venido a
habitar entre nosotros, que se extendería de generación en
generación. Cántico alegre, que es patrimonio de cuantos, hoy, se
dirigen espiritualmente a Belén, para celebrar el nacimiento del Señor, y
alaban a Dios por las maravillas que ha realizado. También nosotros
nos unimos con fe a este singular encuentro de alabanza que, según
la tradición, se renueva cada año en Navidad, aquí, en
la Plaza San Pedro, y que concluye con la bendición que el Obispo de
Roma imparte Urbi et Orbi:
Urbi, es decir, a esta Ciudad que, gracias al ministerio de los
santos Pedro y Pablo, ha "visto" de manera singular al
Salvador del mundo.
Et Orbi, es decir, al mundo entero, en el que se ha difundido
ampliamente la Buena Nueva de la salvación, que ha llegado ya
hasta los confines extremos de la tierra. La alegría de Navidad ha
llegado a ser así patrimonio de innumerables pueblos y naciones. En
verdad, "los confines de la tierra han contemplado la victoria de
nuestro Dios" (Sal 97/98,3)
2. A todos, pues, va dirigido el mensaje de la solemnidad de hoy. Todos
están llamados a participar de la alegría de la Navidad. "Aclama
al Señor, tierra entera, gritad, vitoread, tocad" (Sal 97/98,4). Día
de extraordinaria alegría es la Navidad. Esta alegría ha
inundado los corazones humanos y ha tenido múltiples expresiones en
la historia y en la cultura de las naciones cristianas: en el canto litúrgico
y popular, en la pintura, en la literatura y en cada campo del arte. Para
la formación cristiana de generaciones enteras, tienen gran
importancia las tradiciones y los cantos, las representaciones sacras y,
entre todas, el portal. El cántico de los ángeles en Belén ha
encontrado así un eco universal y multiforme en las costumbres,
mentalidades y culturas de cada tiempo. Ha encontrado un eco en el corazón
de cada creyente.
3. Hoy, día de alegría para todos, día lleno de
tantos llamamientos a la paz y la fraternidad, se hacen más intensos
e incisivos el clamor y la súplica de los pueblos que anhelan la
libertad y la concordia, en situaciones de preocupante violencia étnica
y política. Hoy resuena más fuerte la voz de quienes están
comprometidos generosamente en derribar barreras de miedo y de agresividad, para
promover la comprensión entre hombres de distinto origen, raza y
credo religioso. Hoy día nos resultan más dramáticos
los sufrimientos de gente que huye a las montañas de su propia tierra o
busca atracar a las costas de los Países vecinos, para perseguir la
esperanza incluso leve de una vida menos precaria y más segura. Más
angustioso es hoy el silencio, lleno de tensiones, de la multitud, cada vez
mayor, de nuevos pobres: hombres y mujeres sin trabajo y sin casa, muchachos
y niños ofendidos y profanados, adolescentes enrolados en las guerras
de los adultos, víctimas jóvenes de la droga o atraídos
por mitos falaces. Hoy es Navidad, día de confianza para pueblos por
largo tiempo divididos, que finalmente se han vuelto a encontrar y tratar. Son
perspectivas a menudo tímidas y frágiles, diálogos
lentos y arduos, pero animados por la esperanza de alcanzar finalmente
acuerdos respetuosos de los derechos y de los deberes de todos.
4. ¡Es Navidad! Esta humanidad nuestra descarriada, en camino hacia
el tercer milenio, te espera, Niño de Belén, que vienes a
manifestar el amor del Padre. Tú, Rey de la paz, nos invitas hoy a no
tener miedo y abrir nuestros corazones a perspectivas de esperanza. Por
esto "cantemos al Señor un cántico nuevo, porque ha hecho
maravillas" (cf. Sal 97/98,1). Este es el mayor prodigio obrado por
Dios: El mismo se hizo hombre y nació en la noche de Belén, ofreció
por nosotros su vida en la Cruz, resucitó al tercer día según
las Escrituras y a través de la Eucaristía permanece con
nosotros hasta el fin de los tiempos. En verdad "... la palabra se
hizo carne, y acampó entre nosotros" (Jn 1,14). La luz de la
fe nos ayuda a reconocer en el Niño recién nacido al Dios
eterno e inmortal. Somos testigos de su gloria. De omnipotente como era, se
revistió de extrema pobreza. Esta es nuestra fe, la fe de la Iglesia, que
nos permite confesar la gloria del Hijo unigénito de Dios, aunque
nuestros ojos no vean más que al hombre, un Niño nacido en la
gruta de Belén.
Dios hecho hombre yace hoy en el pesebre y el universo lo contempla
silenciosamente. ¡Que la humanidad pueda reconocerlo como a su
Salvador!
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