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MENSAJE DEL SANTO PADRE
JUAN PABLO II Tema: "La vocación a la santidad"
Venerables hermanos en el episcopado;
En la Carta apostólica
Novo millennio ineunte he invitado a poner “la
programación pastoral en el signo de la santidad”, para “expresar la
convicción de que si el Bautismo es una verdadera entrada en la santidad de Dios
por medio de la inserción en Cristo y la inhabitación de su Espíritu, sería un
contrasentido contentarse con una vida mediocre, vivida según una ética
minimalista y una religiosidad superficial…Es el momento de proponer de nuevo a
todos con convicción este “alto grado” de la vida cristiana ordinaria: la vida
entera de la comunidad eclesial y de las familias cristianas debe ir en esta
dirección” (n° 31).
Tarea primaria de la Iglesia es acompañar a los cristianos por el camino de la
santidad, con el fin de que iluminados por la inteligencia de la fe, aprendan a
conocer y a contemplar el rostro de Cristo y a redescubrir en Él la auténtica
identidad y la misión que el Señor confía a cada uno. De tal modo que lleguen a
estar “edificados sobre el fundamento de los apóstoles y de los profetas,
teniendo como piedra angular al mismo Jesucristo. En Él cada construcción crece
bien ordenada para ser templo santo en el Señor” (Ef. 2. 20-21).
La Iglesia reúne en sí todas las vocaciones que Dios suscita entre sus hijos y
se configura a sí misma como reflejo luminoso del misterio de la Santísima
Trinidad. Como “ pueblo congregado por la unidad del Padre, del Hijo y del
Espíritu Santo”, lleva en sí el misterio del Padre que llama a todos a
santificar su nombre y a cumplir su voluntad; custodia el misterio del Hijo que,
mandado por el Padre a anunciar el reino de Dios, invita a todos a seguirle; es
depositaria del misterio del Espíritu Santo que consagra para la misión que el
Padre ha elegido mediante su Hijo Jesucristo.
Porque la Comunidad eclesial es el lugar donde se expresan las diversas
vocaciones suscitadas por el Señor, en el contexto de la Jornada Mundial, que
tendrá lugar el próximo 21 de abril, IV Domingo de Pascua, se desarrollará el
tercer Congreso Continental por las vocaciones al ministerio sacerdotal y a la
vida consagrada en Norteamérica. Me alegro de dirigir a los promotores y a los
participantes mis benevolentes saludos y de expresar viva complacencia por una
iniciativa que afronta uno de los problemas cruciales de la Iglesia que existe
en América y por la Nueva Evangelización del Continente. Invito a todos, para
que encuentro tan importante pueda suscitar un renovado empeño en el servicio de
las vocaciones y un entusiasmo más generoso entre los cristianos del “Nuevo
Mundo”. 2. La Iglesia es “casa de la santidad” y la caridad de
Cristo, difundida por el Espíritu Santo, constituye su alma. Por ella todos los
cristianos deben ayudarse recíprocamente en descubrir y realizar su vocación a
la escucha de la Palabra de Dios, en la oración, en la asidua participación a
los Sacramentos y en la búsqueda constante del rostro de Cristo en cada hermano.
De tal modo cada uno, según sus dones, avanza en el camino de la fe, tiene
pronta la esperanza y obra mediante la caridad (Cf.
Lumen gentium, 4.1)
mientras la Iglesia “revela y revive la infinita riqueza del misterio de
Jesucristo (Christifideles laici, 55) y consigue que la santidad de Dios
entre en cada estado y situación de vida, para que todos los cristianos lleguen
a ser operarios de la viña del Señor y edifiquen el Cuerpo de Cristo.
Si cada vocación en la Iglesia está al servicio de la santidad, algunas, sobre
todo, como la vocación al ministerio sacerdotal y a la vida consagrada lo son de
modo especialísimo. Es a estas vocaciones a las que invito a mirar hoy con
particular atención, intesificando su oración por ellas.
La vocación al ministerio sacerdotal “es esencialmente una llamada a la
santidad, en la forma que brota del sacramento del Orden. La santidad es
intimidad con Dios, es imitación de Cristo pobre, casto, y humilde; es
amor sin reserva a las almas y donación al verdadero bien; es amor a la
Iglesia que es santa y nos quiere santos, porque tal es la misión que Cristo
le ha confiado” (Pastores dabo vobis, 33). Jesús llama a los Apóstoles
“para
que estén con Él”. (Mc 3,14) en una intimidad privilegiada
(cf Lc 8, 1- 2; 22, 28). No sólo los hace partícipes de los
misterios del Reino de los cielos (cf Mt 13,16-18) sino que espera de
ellos una fidelidad más alta y acorde con el ministerio apostólico al que les
llama. Les exige una pobreza más rigurosa (cf. Mt 19, 22-23), la
humildad del siervo que se hace el último de todos (cf. Mt 20, 25-27).
Les pide la fe en los poderes recibidos (cf. Mt 17,19-21, la oración y el ayuno
como instrumentos eficaces de apostolado (cf. Mc 9, 29) y el desinterés:
“Gratuitamente habéis recibido, dad gratuitamente”. (Mt 10, 8).
De ellos espera la prudencia unida a la simplicidad y a la rectitud moral (cf.
Mt 10, 26-28) y el abandono a la Providencia (cf. Lc 9, 1-3);
19, 22-23). No debe faltarles la conciencia de la responsabilidad asumida, en
cuanto administradores de los sacramentos instituidos por el Maestro y operarios
de su viña (cf. Lc
12, 43-48).
La vida consagrada revela la íntima naturaleza de cada vocación cristiana a la
santidad y la tensión de toda la Iglesia-Esposa hacia Cristo, “su único Esposo”.
“La profesión de los consejos evangélicos está íntimamente conectada con el
misterio de Cristo, teniendo el deber de hacerlos presentes en la forma de vida
que ellos elijan, añadiéndolo como valor absoluto y escatológico (Vita consecrata, 29). Las vocaciones a estos estados de vida
son dones preciosos y necesarios, que atestiguan también hoy el
seguimiento de Cristo casto, pobre y obediente, el testimonio del primado
absoluto de Dios y el servicio a la humanidad en el estilo del Redentor
representan caminos privilegiados hacia una plenitud de vida espiritual.
La escasez de candidatos al sacerdocio y a la vida consagrada, que se registra
en algunos contextos de hoy, lejos de conducirnos a exigir menos y a contentarse
con una formación y una espiritualidad mediocres, debe impulsarnos sobre todo a
una mayor atención en la selección y en la formación de cuantos, una vez
constituidos ministros y testigos de Cristo, estén llamados a confirmar con la
santidad de vida lo que anuncian y celebran. 3. Es necesario poner en evidencia todos los medios para que las vocaciones al sacerdocio y a la vida consagrada, esenciales para la vida y la santidad del Pueblo de Dios, estén continuamente en el centro de la espiritualidad de la acción pastoral y de la oración de los fieles. Los obispos y presbíteros sean, primeramente los testigos de la
santidad del ministerio recibido como don. Con la vida y la enseñanza muestren
el gozo de seguir a Jesús, Buen Pastor y la eficacia renovadora del misterio de
su Pascua de redención. Hagan visible con su ejemplo, de modo particular a las
jóvenes generaciones, la entusiasmante aventura reservada a quien, sobre las
huellas del Divino Maestro, elige pertenecer completamente a Dios y se ofrece a sí mismo para que cada hombre pueda tener vida en abundancia. (cf.
Jn 10, 10).
Consagrados y consagradas, que viven “en el mismo corazón de la Iglesia como
elemento decisivo para su misión” (Vita consecrata, 3), muestren que su
existencia está sólidamente radicada en Cristo, que la vida religiosa es “casa y
escuela de comunión”
(Novo millennio ineunte, 43), que en su
humilde y fiel servicio al hombre aliente aquella “fantasía de la caridad”
(ibid., 50) que el Espíritu Santo mantiene siempre viva en la Iglesia. ¡No
olviden que en el amor a la contemplación, en el gozo de servir a los hermanos,
en la castidad vivida por el Reino de los Cielos, en la generosa dedicación a su
ministerio reside la fuerza de cada propuesta vocacional!
Las familias están llamadas a jugar un papel decisivo para el futuro de las
vocaciones en la Iglesia. La santidad del amor esponsal, la armonía de la vida
familiar, el espíritu de fe con el que se afrontan los problemas diarios de la
vida, la apertura a los otros, sobre todo a los más pobres, la participación en
la vida de la comunidad cristiana constituyen el ambiente adecuado para la
escucha de la llamada divina y para una generosa respuesta de parte de los
hijos. 4.
“Rogad pues, al dueño de la mies para que envíe operarios a su mies” (Mt
9,38; Lc 10, 2) En obediencia al mandato de Cristo, cada Jornada Mundial
se caracteriza como momento de oración intensa, que compromete a la Comunidad
cristiana entera en una incesante y fervorosa invocación a Dios por las
vocaciones. ¡Qué importante es que las comunidades cristianas lleguen a ser
verdaderas escuelas de oración (cf.
Novo millennio ineunte, 33),
capaces de educar en el diálogo con Dios y formar a los fieles en abrirse
siempre más al amor con que el Padre “tanto ha amado al mundo
que le dio a su Hijo unigénito”! (Jn 3, 16). La oración cultivada y
vivida ayudará a dejarse guiar por el Espíritu de Cristo para colaborar en la
edificación de la Iglesia en la caridad. En tal ambiente, el discípulo
crece en el deseo ardiente que cada hombre encuentra en Cristo y alcanza la
verdadera libertad de los hijos de Dios. Tal deseo conducirá al creyente, bajo
el ejemplo de María, a estar disponible para pronunciar un “sí” lleno y generoso
al Señor que le llama a ser ministro de la Palabra, de los Sacramentos y de la
Caridad, o pueda ser signo viviente de la vida casta, pobre y obediente de
Cristo entre los hombres de nuestro tiempo.
El Dueño de la mies haga que no falten en su Iglesia numerosas y santas
vocaciones sacerdotales y religiosas! Padre
Santo: mira nuestra humanidad, Hacen falta mensajeros valientes del Evangelio, Castelgandolfo, 8 de septiembre del 2001 IOANNES PAULUS PP. II
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