«Yo soy el camino, la verdad y la vida» (Jn 14, 6)
Queridísimos jóvenes:
1. Me alegra mucho estar nuevamente con vosotros para anunciar la celebración de
la IV Jornada mundial de la Juventud. En mi diálogo con vosotros, esta Jornada
ocupa un lugar privilegiado, pues me ofrece la oportunidad de dirigirme a los
jóvenes, no sólo de un país, sino de todo el mundo, para decir a todos y a cada
uno de vosotros que el Papa os contempla con gran amor y esperanza, y os escucha
con mucha atención con el deseo de responder a vuestros más profundos anhelos.
La Jornada mundial de 1989 tendrá como punto central a Jesucristo en cuanto es
nuestro camino, verdad y vida (cf. Jn 14,6). Por consiguiente, deberá ser
―para
todos vosotros― la Jornada de un nuevo, más maduro y más profundo descubrimiento
de Cristo en vuestras vidas.
La juventud, por sí misma, es una riqueza singular para cada muchacho o muchacha
(cf.
Carta a los jóvenes y a las jóvenes del mundo, 31 de marzo de 1985, n. 3).
Esta riqueza consiste, entre otras cosas, en que se hacen descubrimientos muy
importantes. Cada cual se descubre a sí mismo, su propia personalidad, el
sentido de la propia existencia, la realidad del bien y del mal. Descubrís,
igualmente, todo el mundo que os rodea, el mundo de los hombres y el mundo de la
naturaleza. Y en medio de todos estos descubrimientos, no podrá faltar uno
fundamental: el descubrimiento personal de Jesucristo. Descubrir a Cristo,
nuevamente, y cada vez mejor, es la aventura más maravillosa de nuestra vida.
Por tanto, con motivo de la celebración de la próxima Jornada de la Juventud,
quisiera plantear a cada uno de vosotros algunas preguntas muy importantes, e
indicaros las respuestas.
― ¿Has descubierto ya a Cristo, que es el camino?
Sí, Jesús es ― para nosotros―
un camino que conduce hacia el Padre, el único camino. El que quiera lograr la
salvación, deberá tomar ese camino. Vosotros, jóvenes, a menudo os encontráis en
una encrucijada, sin saber cuál es el camino que debéis elegir, ni adónde ir;
son muchos los caminos errados, como también las propuestas fáciles y las
ambigüedades. No olvidéis, en esos momentos, que Cristo ―con su Evangelio, su
ejemplo y sus mandamientos― es siempre y sólo el camino más seguro que desemboca
en una felicidad plena y duradera.
― ¿Has descubierto ya a Cristo, que es la verdad?
La verdad es la exigencia más
profunda del espíritu humano. Los jóvenes, sobre todo, están sedientos de la
verdad sobre Dios, el hombre, la vida y el mundo. En mi primera Encíclica
Redemptor Hominis escribí:
«El hombre que quiere comprenderse hasta el fondo a sí
mismo ―no solamente según criterios y medidas del propio ser inmediatos,
parciales, a veces superficiales e incluso aparentes― debe, con su inquietud,
incertidumbre e incluso con su debilidad y pecaminosidad, con su vida y con su
muerte, acercarse a Cristo» (n. 10). Cristo es la Palabra de verdad pronunciada
por Dios mismo como respuesta a todos los interrogantes del corazón humano. Es
El quien nos revela plenamente el misterio del hombre y del mundo.
― ¿Has descubierto ya a Cristo, que es la vida?
Cada uno de vosotros desea
ardientemente vivir su propia vida en toda plenitud. Vivís animados por grandes
esperanzas y muy buenos proyectos para el futuro. No olvidéis, sin embargo, que
la verdadera plenitud de la vida se encuentra sólo en Cristo, muerto y
resucitado por nosotros. Solamente Cristo puede llenar, hasta el fondo, el
espacio del corazón humano. Sólo El da el valor y la alegría de vivir, y esto a
pesar de los límites u obstáculos externos.
Sí, descubrir a Cristo es la aventura más bella de toda nuestra vida. Pero no es
suficiente descubrirlo una sola vez. Cada vez que se descubre, se recibe un
llamamiento a buscarle más aún, y a conocerle mejor a través de la oración, la
participación en los sacramentos, la meditación de su Palabra, la catequesis y
la escucha de las enseñanzas de la Iglesia. Esta es nuestra tarea más
importante, como lo comprendió tan bien San Pablo cuando escribió: «Para mí la
vida es Cristo» (Flp 1,21).
2. El redescubrimiento de Cristo ―cuando es auténtico― tiene como consecuencia
directa el deseo de llevarlo a los demás a saber el compromiso apostólico. Esta
es, precisamente, la segunda línea directriz de la próxima Jornada de la
Juventud.
El mandato de Cristo se dirige a toda la Iglesia: «Id por todo el mundo y
proclamad la Buena Nueva a toda la creación» (Mc 16, 15). Toda la Iglesia, por
consiguiente, es misionera y evangelizadora, al vivir en un estado continuo de
misión (cf.
Ad gentes, 2). Ser cristianos, quiere decir ser misioneros y ser
apóstoles (cf.
Apostolicam actuositatem,
2). No es suficiente descubrir a Cristo, ¡hay que llevarlo a los demás!
El mundo actual es una gran tierra de misión, incluso en los países de antigua
tradición cristiana. En todas partes, hoy, el neopaganismo y el proceso de
secularización constituyen un gran desafío al mensaje evangélico. Pero al mismo
tiempo, se presentan ―también en nuestros días― nuevas ocasiones para anunciar
el Evangelio: se nota, por ejemplo, una creciente nostalgia de lo sagrado, de
los valores auténticos, de la oración. Por esto, el mundo de hoy tiene necesidad
de muchos apóstoles, sobre todo de apóstoles jóvenes y valientes. A vosotros,
jóvenes, incumbe ―de especial manera― dar testimonio de la fe, hoy, y
comprometeros a llevar a los demás el Evangelio de Cristo ―camino, verdad y
vida― en el tercer milenio cristiano; como también construir una nueva
civilización que sea la civilización del amor, de la justicia y de la paz.
Cada nueva generación necesita nuevos apóstoles. Es aquí donde surge una misión
especial para vosotros. Sois los primeros apóstoles y evangelizadores del mundo
juvenil, atormentado, hoy, por tantos retos y amenazas (cf.
Apostolicam actuositatem, 12). Ante todo vosotros podéis serlo y nadie puede reemplazaros en
vuestro ambiente de estudio, de trabajo y de recreo. Son muchos vuestros
coetáneos que no conocen a Cristo, o no lo conocen lo suficiente. Por
consiguiente, no podéis permanecer callados e indiferentes. Debéis tener el
valor de hablar de Cristo, de dar testimonio de vuestra fe a través de vuestro
estilo de vida inspirado en el Evangelio. San Pablo escribe: «¡Ay de mí si no
predicara el Evangelio!» (1 Cor 9, 16). Ciertamente, la mies es mucha y se
necesitan obreros en abundancia. Cristo confía en vosotros y cuenta con vuestra
colaboración. Os invito, pues, con ocasión de la próxima Jornada de la Juventud,
a renovar vuestro compromiso apostólico. ¡Cristo tiene necesidad de vosotros!
¡Responded a su llamamiento con el valor y el entusiasmo característicos de
vuestra edad!
3. El famoso santuario de Santiago de Compostela, en España, será un punto de
referencia importante para la celebración de esta Jornada en 1989. Como os lo he
ya anunciado, después de la celebración ordinaria de vuestra fiesta ―el Domingo de
Ramos― en las Iglesias particulares, os doy cita precisamente en ese santuario
adonde iré, peregrino, como vosotros, en los días 19 y 20 de agosto de 1989;
estoy seguro de que no faltaréis a esta invitación, lo mismo que estuvisteis
presentes en el encuentro de Buenos Aires, en 1987.
En la cita de Santiago
participará toda la Iglesia universal y será un momento de comunión espiritual
también con aquellos de entre vosotros que no podrán estar personalmente
presentes. En Santiago, en efecto, los jóvenes representarán a las Iglesias
particulares de todo el mundo: el Camino de Santiago y el ímpetu evangelizador
serán de todos vosotros.
Santiago de Compostela es un lugar que ha tenido un papel de gran importancia en
la historia del cristianismo; por esto, por sí solo, ya transmite a todos un
mensaje espiritual muy elocuente. Durante siglos fue «punto de atracción y
convergencia para Europa y para toda la cristiandad... Europa entera se reunió
alrededor de la memoria de Santiago, en esos mismos siglos en que se construía
como continente homogéneo y unido espiritualmente» (cfr.
«Acto europeo» en Santiago de Compostela, 9 de noviembre de 1982).
Junto a la tumba de Santiago queremos aprender que nuestra fe tiene un
fundamento histórico y, por lo tanto, no es algo vago y pasajero: en el mundo
actual, marcado por un grave relativismo y una fuerte confusión de los valores,
debemos siempre recordar que, como cristianos, reposamos sobre los cimientos
puestos por los Apóstoles, y Cristo es nuestra piedra angular (cfr. Ef 2, 20).
Junto a la tumba del Apóstol queremos también recibir nuevamente el mandato de
Cristo: «Seréis mis testigos... hasta los confines de la tierra» (Hch 1, 8).
Santiago, quien fue el primero en sellar su testimonio de fe con su propia
sangre, es ―para todos nosotros― un ejemplo y un maestro excelente.
Santiago de Compostela no es sólo un santuario; es también un camino, es decir,
una densa red de itinerarios para los peregrinos. El «Camino de Santiago» fue,
durante siglos, un camino de conversión y de extraordinario testimonio de la fe.
A lo largo de él, surgieron monumentos visibles de la fe de los peregrinos:
iglesias y numerosos hospicios.
La peregrinación tiene un significado espiritual muy profundo y puede
constituir, ya de por sí, una importante catequesis. En efecto ―como nos lo ha
recordado el Concilio Vaticano II― la Iglesia es un Pueblo de Dios en camino, en
busca de «la ciudad futura y perenne» (cf
Lumen gentium, 9). Hoy día hay en el
mundo un resurgir de la práctica de la peregrinación, sobre todo entre la
juventud. Estáis entre los más sensibles que reviven hoy la peregrinación como
camino de renovación interior, de profundización de la fe, de fortalecimiento
del sentido de comunión y de solidaridad con los hermanos y como medio para
descubrir la vocación personal. Estoy seguro de que, gracias a vuestro
entusiasmo juvenil, el Camino de Santiago tendrá, en este año, un nuevo y rico
desarrollo.
4. El programa de esta Jornada requiere mucho empeño. Para poder recibir sus
frutos es necesaria, pues, una preparación espiritual específica, realizada bajo
la guía de vuestros Pastores en las diócesis, parroquias, asociaciones y
movimientos, tanto para el Domingo de Ramos, como para la peregrinación a
Santiago de Compostela en agosto de 1989. Al comenzar esta preparación, me
dirijo a vosotros con las palabras del Apóstol Pablo: «Vivid en el amor...; vivid
como hijos de la luz» (Ef 5, 2-4). ¡Entrad en este período de preparación
con esa disposición del espíritu!
Caminad, pues, lo digo a todos vosotros, jóvenes peregrinos del Camino de
Santiago. Durante los días de la peregrinación, procurad asumir nuevamente el
espíritu de los antiguos peregrinos, valientes testigos de la fe cristiana. A lo
largo de ese camino, aprended a descubrir a Jesús que es nuestro camino, verdad
y vida.
Quisiera, en fin, dirigir una palabra especial de aliento a los jóvenes de
España. Esta vez seréis vosotros los que brindaréis hospitalidad a vuestros
hermanos y hermanas de todo el mundo. Deseo que este encuentro en Santiago deje
una huella profunda en vuestras vidas y sea, para todos vosotros, un potente
fermento de renovación espiritual.
Queridísimos jóvenes, queridísimas jóvenes: termino este mensaje con un abrazo
de paz que deseo enviar a todos vosotros, dondequiera que os halléis. Confío el
camino de preparación y celebración de la Jornada mundial de la Juventud de 1989
a la especial protección de María Reina de los Apóstoles, y a Santiago, venerado
durante siglos en el antiguo santuario de Compostela. Que mi bendición
apostólica os acompañe como signo de aliento y de mis votos para todo el
recorrido.
Vaticano, 27 de noviembre del año 1988.
IOANNES PAULUS PP. II